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El poder real de las mujeres con poder

El incidente parlamentario entre Rajoy y la vicepresidenta Salgado provoca las críticas de políticas y directivas

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Mariano Rajoy se esforzó 'por no ser agresivo' con la vicepresidenta económica, Elena Salgado, alardeó la secretaria general del PP. Según María Dolores de Cospedal, el líder de su partido no fue el pasado martes en el Congreso más contundente porque, al ser él un hombre, hubiera quedado como cuando 'un chico le pega a una chica en el colegio'. Un día después, Salgado explicaba en una entrevista en TVE que no estaba preparada para recibir ese nivel de insultos y descalificaciones durante la presentación de los Presupuestos Generales del Estado. Sin embargo, rechazaba la distinción entre 'chicos y chicas'.

Esas referencias son 'peyorativas', critica Ana Bujaldón, presidenta de FEDEPE (Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias). 'Recurrir a temas de género para desviar la atención es una salida fácil. Lo que sí es cierto es que estos debates se plantean en términos de guerra: ganar, derrotar, machacar...', señala Bujaldón.

La principal queja de las féminas es que ni se las escucha ni valora

Un lenguaje que tiene mucho que ver con el rol masculino clásico y que muchas políticas acaban imitando. De ahí, conclusiones como las de Michelle Bachelet, presidenta de Chile: 'Cuando una mujer llega sola a la política, cambia la mujer; cuando muchas mujeres llegan a la política, cambia la política'.

El estilo comunicativo de los espacios públicos ha sido establecido por los varones, ya que ellos lo han ocupado tradicionalmente. Y las mujeres no suelen conocer esos códigos, analiza Estrella Montolio, profesora de la Universitat de Barcelona y asesora en comunicación. En cualquier caso, la principal queja de las mujeres que ostentan algún tipo de poder suele ser que no se sienten escuchadas ni valoradas.

Durante el debate en el Congreso, Rajoy evitó dirigirse a Salgado y preferió referirse al presidente del Gobierno. Ese ninguneo, habitual en la confrontación política paradesestabilizar al adversario, es el pan de cada día de políticas y directivas. 'Está demostrado que la voz de las mujeres se escucha menos. En el Parlamento noruego se ha visto de manera empírica que cuando es una diputada la que toma la palabra, los colegas varones se sienten más tentados a salir fuera del hemiciclo, comprobar los mensajes del móvil, etc', destaca Montolio.

Que una mujer no pegue un puñetazo en la mesa para hacerse oír no quiere decir que no sea capaz de hacerlo, aclara Rosa Escapa, experta en igualdad de oportunidades. Sencillamente, no es el modelo en el que ha sido socializada ni el que cree más adecuado, añade. En este sentido, se pregunta qué habría hecho Rajoy con Salgado si no hubiera contenido su agresividad: '¿Revolcarla en el suelo? ¿Pisarle el cuello? A un hombre tampoco hay motivo para tratarlo con menos respeto'.

'Algunos no están acostumbrados a acatar la autoridad de una mujer'

Socialización aparte, suavizar las formas es a veces una estrategia. Alejandra Echevarría, responsable de un equipo de arqueólogos, admite que da las órdenes a los obreros de la excavación con delicadeza: 'Algunos no están acostumbrados a acatar la autoridad de una mujer. Por eso, cuando veo que prefieren dirigirse a un arqueólogo hombre antes que a mí, que soy la jefa, intento no ponerme como una energúmena. Evito el enfrentamiento y no doy órdenes directas. Les digo: Vamos a hacer las cosas así y pido todo por favor'.

Precisamente, esa 'horizontalidad' y modestia en las formas provoca muchos malentendidos en las reuniones mixtas de dirección, en las que ellos roban el turno de palabra constantemente a sus colegas mujeres. Según Montolio, 'se ha observado que dicho robo coincide con momentos en los que las mujeres están llevando a cabo prefacios de autodisminución ritual del tipo bien, a lo mejor lo que voy a decir ya lo sabéis todos... o bueno, no estoy completamente segura, pero me parece que...'. Con estas introducciones retóricas la mujer sólo intenta no parecer prepotente, y así lo entienden sus compañeras. Los varones, no.

Para complicar la comunicación, los temas de los que ellos saben mucho y de los que suelen hablar en las comidas de trabajo resultan ajenos a las mujeres. Una profesional entrevistada por María Antonia García de León en Herederas y heridas (Cátedra, 2002) admitía su sorpresa al asistir a esas reuniones: 'Hablan de los últimos coches, de restaurantes y, al menos delante de una mujer, no de mujeres. Se saben las últimas cosechas, los últimos coches y los últimos restaurantes del mundo. Grandes parrafadas, pero a la hora de la verdad, poco eficaces'.

Asistir o no a esas comidas es clave para escalar puestos de poder, pero la mayoría de las directivas prefiere prescindir de las últimas copas, que no tienen nada que ver con el trabajo, y acortar la jornada, asegura Ana Bujaldón. 'Ellas se plantean, por ejemplo, que la maternidad tiene que ser responsable y, con las actuales jornadas de un cargo directivo, eso es absolutamente inviable'. Por eso, como Bachelet, están convencidas de que las cosas sólo cambiarán cuando dejen de ser un porcentaje irrisorio.