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Rebeldía en Monteleón

Tras el 2 de mayo, a pesar de que el ejército acató las órdenes galas, algunos militares se sublevaron

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Abril de 1808. El alzamiento se masca por las calles de Madrid. A finales de ese mes, el rey José I prohibió las concentraciones de ciudadanos por la capital del reino, haciendo explícitas las sospechas de las autoridades francesas.

Por entonces, el Capitán General de Madrid, Francisco Negrete y Adorno, se había convertido en el emisario de Murat, Comandante del Ejército. Sus órdenes eran claras: ningún oficial debía moverse de su acuartelamiento y era obligado colaborar con las autoridades galas.

Mientras, el pueblo esperó. Y al final encontró amparo con la reacción de parte del ejército, que convirtió en héroes a los resistentes del Cuartel de Monteleón, situado en el barrio de Universidad.

Las sombras rodeaban los preparativos de una supuesta rebelión en el ejército. Los datos se perdieron entre el caos de aquellos días y las mitificaciones posteriores de la historia oficial.

Dos son los personajes fundamentales para comprender la sublevación de los militares en Madrid: el cántabro Pedro Velarde y el sevillano Luis Daoíz.

El primero de ellos, el Capitán Velarde, secretario de la Junta Económica de Artillería dependiente del Estado Mayor, participó activamente en la preparación de la insurrección.

Su tío hizo público posteriormente, en 1814, un documento titulado Plan para el levantamiento y la defensa militar española. La idea esencial del texto consistía en extender por los cuarteles y fábricas una serie de órdenes precisas para comenzar una lucha organizada.

Ésta tendría lugar una vez que hubiera sido posible dotar a la población civil de armamento. Pero su desarrollo se paralizó debido a la dificultad de extenderlo sin poner bajo sospecha a los franceses.

Velarde, antiguo profesor del Colegio de Artillería de Segovia, conocía a la mayor parte de la joven oficialidad -habían sido alumnos suyos-, lo que podía acelerar las adhesiones a una probable insurrección.

Aun así, la mayor parte de los mandos no quería dejar clara su postura al respecto. Velarde llegó a entrevistarse con el Ministro de la Guerra, el afrancesado O'Farrel, sin obtener respuesta.

Sólo consiguió el apoyo incondicional de un compañero, el Capitán Luis Daoíz, al mando de la 2ª Batería del 3º Regimiento destinada en el Cuartel de Monteleón. Una vez comenzó la insurrección popular y su posterior represión a sangre y fuego, las autoridades españolas acataron las órdenes de Murat.

El francés, que había ordenado disparar a la multitud para sofocar el levantamiento, intentó atraer al propio Velarde, a lo que el capitán respondió: 'No puedo separarme del servicio de España sin la voluntad expresa del rey, de su cuerpo y de sus padres'.

Salvo excepciones, los más de 3.000 soldados que se encontraban acuartelados en Madrid fueron meros espectadores de la lucha en las calles.

Supuestamente afines a los ideales ilustrados, el origen aristocrático de los mandos les hacía desconfiar de los movimientos populares radicalizados que identificaban con el caos absoluto y la anarquía. El ejército prefirió las garantías del orden francés a la agitación, por muy patriótica que ésta fuera. Pero hubo una única excepción: Monteleon.

A las 8 de la mañana del 2 de mayo, el capitán Daoíz llegó al cuartel al tiempo que Velarde intentaba convencer a sus jefes de la Junta Superior, lo que fue imposible. Daoíz, unido a varios soldados y oficiales, así como a la 3ª Compañía del III Batallón de los Voluntarios del Estado, comenzó el levantamiento.

El capitán asumió la Jefatura del Recinto mientras que Velarde, recién llegado, organizó el reparto de armas. 'Es preciso batirnos; es preciso morir. ¡Vamos a batirnos con los franceses!', arengó.

El resto de los generales, al enterarse de la sublevación, exigió a Daoíz y Velarde su rendición incondicional. Sin embargo, los capitanes se negaron, aduciendo deficiencias reglamentarias en la orden. Ante la resistencia a las tropas del General Musnier, Murat mandó a su segundo, el General Lagrange, con toda la artillería.

El cuartel se rindió a las pocas horas, hacia el mediodía. Los dos capitanes que abanderaron el alzamiento murieron en la lucha. El ejército había abandonado al pueblo de Madrid.