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Tiempo de recortes: La cooperación al desarrollo

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Augusto Klappenbach es filósofo y escritor

Estamos en tiempos de recortes. La reducción del gasto en sanidad y educación en 10.000 millones ha provocado -con razón- la indignación de la oposición  y de buena parte de la sociedad española, que denuncia la violación de esas 'líneas rojas' que hasta hace poco constituían una barrera infranqueable en la batalla por la reducción del déficit. Pero mucha menor repercusión ha tenido el recorte proporcionalmente mucho mayor que ha sufrido la ayuda al desarrollo en los presupuestos del Estado: nada menos que un 54%, es decir 1.389 millones menos que el año anterior.

La justificación habitual es clara y me temo que compartida por una buena parte de la opinión pública: antes de preocuparse por otros países solucionemos los problemas que tenemos en casa. En una situación en la que ha aumentado la pobreza en España no se pueden distraer tantos recursos para dedicarlos a paliar la miseria de países extranjeros. Para concluir con el famoso tópico: la caridad bien entendida empieza por casa.

Algunos datos: menos de una cuarta parte de los habitantes de este planeta podemos satisfacer lo que hoy se entiende por necesidades básicas. Es decir, comida, agua potable, domicilio y trabajo digno, sanidad y educación elemental. Todo ello, por supuesto, según las  posibilidades del actual nivel de desarrollo: hace algunos siglos muchas de estas necesidades hubieran sido imposibles de satisfacer o se hubieran considerado satisfechas de un modo que hoy nos parecería indigno de cualquier ser humano. Y conviene agregar que de esa mayoría que no satisface esas necesidades una gran proporción padece hambre severa (unos mil millones) o sufre  malnutrición y condiciones higiénicas que llevan a la muerte a millones de personas al año, con una importante proporción de niños. En los últimos años, esa proporción ha disminuido levemente sobre todo por el crecimiento de China y la India, pero ya se considera imposible cumplir el proyecto de los Objetivos del Milenio de reducir a la mitad (solo a la mitad) el número de hambrientos para el año 2015. Todo ello pese al informe sesgado del Banco Mundial, que quiere tranquilizar nuestras conciencias pretendiendo que la pobreza extrema está en retirada. Véase el excelente artículo de V. Navarro en Público del 22 de marzo.

Los habitantes de las zonas deprimidas del tercer mundo cambiarían gustosos nuestros problemas por los suyos: nuestra crisis les parecería un problema trivial comparado con los de su tierra. Es verdad que en nuestro mundo está aumentando la existencia de situaciones dramáticas que afectan a necesidades básicas: ya se pasa hambre en Europa. Pero en algunas aldeas de Mali o Niger la vida cotidiana de muchas familias transcurre esperando la muerte por hambre de algunos de sus hijos sin posibilidad de recurrir a ninguna clase de ayuda. Ante ello, tenemos derecho a preguntarnos si las fronteras políticas de nuestro mundo son tan infranqueables como para considerar que estos problemas, que suceden a pocos kilómetros de nosotros, requieren una atención menor que problemas menos graves dentro de nuestros países. Es decir, si la cercanía es más importante que la urgencia, ya que una disminución de la ayuda exterior puede significar la muerte por hambre de más de una persona. Y teniendo en cuenta que algunas de las causas de esas situaciones desesperadas -no las únicas, es verdad- hay que buscarlas en las herencias coloniales y la voracidad especulativa de respetables empresas de nuestro mundo desarrollado. Parece que la famosa globalización se limita a globalizar las finanzas, mientras que las necesidades básicas de los seres humanos deben resolverse en el interior de sus fronteras.

Se me ocurren tres tipos de razones para asumir estas situaciones como un problema  propio. La primera consiste en la reacción afectiva ante las situaciones de sufrimiento e injusticia, los sentimientos de compasión y culpa que experimentamos ante las escenas desgarradoras que nos ofrece la televisión. Es verdad que esos sentimientos pueden ser el primer paso para enterarse del problema, pero creo que la compasión por sí misma no es el mejor camino para enfrentarlo. La compasión siempre es molesta y resulta frecuente la huída de esas imágenes y el consiguiente olvido de lo que ha provocado ese mal momento. La emoción, por sí sola, dura poco y no llega a generar una actitud duradera.

La segunda razón consiste en lo que se ha llamado el egoísmo racional: debemos preocuparnos por los demás porque esa es la condición necesaria para que mis propios problemas sean atendidos por los otros. Se trataría de un pacto tácito de la humanidad en su conjunto, que exige la solidaridad de todos con todos como la mejor manera de asegurar nuestros propios intereses. Pero creo que el egoísmo no es razón suficiente: muchas de estas situaciones difícilmente pueden perjudicar nuestros intereses y en cualquier caso no es ese cálculo el que exige ayudar a superarlas. Aun cuando es verdad que un mundo menos injusto aseguraría una mejor calidad de vida para todos.

Creo que la razón más seria para preocuparse por la situación del tercer mundo consiste en el derecho que tiene toda persona, por el hecho de serlo, de satisfacer sus necesidades básicas y vivir dignamente. No se trata de un derecho que nosotros podamos conceder graciosamente sino de una prerrogativa que todo ser humano posee por el mero hecho de haber nacido. Y quien puede contribuir a conseguirlo debe hacerlo. Se trata de un derecho y un deber cuyo reconocimiento constituye la condición indispensable para superar el actual tribalismo y construir una civilización de alcance universal. ¿La división artificial del mundo en estados independientes es razón suficiente para desentenderse de la mayor parte de la humanidad?  Y si es así: ¿será verdad que todavía estamos en la prehistoria del género humano?