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El último refugio del arameo

En la pequeña localidad de Maalula, a 50 kilómetros de Damasco, se sigue hablando la lengua de Cristo y de sus discípulos  

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A Maalula hay que ir a oír, más que a ver. Porque en esta pequeña localidad siria, a poco más de 50 kilómetros de la capital, Damasco, no hay grandes monumentos ni importantes vestigios del pasado arrancados de la tierra por arqueólogos. De hecho, su gran tesoro ni se toca ni se ve. Simplemente, se escucha.

Es la lengua que hablan sus 5.000 habitantes: el arameo. La misma que hablaron Jesucristo y sus discípulos. La misma que el Imperio Persa llegó a propagar desde Egipto a la actual India en su época de máximo esplendor. La misma que, sin embargo, ahora está a un paso de la extinción porque ya sólo la hablan poco más de 18.000 personas.

Muchos de ellos viven, precisamente, en Maalula, un pueblo de mayoría cristiana en un país musulmán, Siria, que siempre se ha mostrado tolerante con las otras confesiones. Por ello, al llegar a esta localidad encaramada a 1.550 metros de altitud es más fácil que a uno le saluden con el ibla jatita hola en arameo que con el tradicional salam alekum de los países árabes.

En sus calles, el saludo ibla jatita, se impone aún al salam alekum

La primera impresión al arribar a Maalula es la de entrar en un pueblo de postal. Encaramado al acantilado de colores bíblicos que dibujan los Montes Qalamoun, sus humildes casas juegan a funambulistas desde hace siglos mientras dan brochazos malvas y blancos al paisaje con sus fachadas.

En la parte alta del acantilado aún se distinguen las entradas de las cuevas que en su día sirvieron de morda a los primeros habitantes. Abajo, unas cuantas higueras, álamos y viñas se empeñan en desmentir que la tierra desértica donde está enclavado sea necesariamente estéril. Entre ambos, la maraña de calles donde despuntan iglesias e incluso una mezquita se retuerce en un laberinto tan empinado que parece hecho a la medida de los burros que suben y bajan por ellas.

Cuenta la historia que hasta aquí llegó una de las primeras mártires del cristianismo, Santa Tecla. Huía de los romanos, que querían matarla por haberse olvidado de su condición principesca y convertirse al cristianismo. Acorralada por la orografía, la fugitiva se encomendó a Dios, quien abrió un desfiladero en mitad de la roca para que pudiera escapar de sus perseguidores.

De este relato, Maalula supo obtener su porvenir. En primer lugar, porque le cambió el nombre. Del romano Seliócopolis, paso al actual, derivado, precisamente, de una palabra aramea, mala entrada, que hace referencia a la salvadora apertura en la roca. Y en segundo, porque allí se instaló un convento en honor a la mártir, que hoy guarda celosamente los restos de la santa y que no sólo atrae al lugar a peregrinos cristianos, sino también a muchos musulmanes y turistas.

Muchos llegan sólo para oír el Padre Nuestro en la lengua de Cristo

Estos últimos llegan ansiosos hasta aquí y hasta el otro gran centro religioso de la localidad, el monasterio de San Sergio y San Baco, casi con la única intención de poder escuchar el rezo del Padre Nuestro en arameo. La atmósfera bizantina de ambos templos acompaña. La luz de las velas tiembla ante las corrientes de aire y hacen aparecen y desaparecen los iconos cuajados de oro. Sin embargo, poco más oirán allí en la vieja lengua de Jesucristo, porque la liturgia se celebra casi en su totalidad en árabe, la misma lengua en la que están escrita las biblias que hojean los feligreses.

Con cierta frustración, muchos se dirigen después a las tiendas de los templos, donde por unas pocas libras sirias adquieren grabaciones para volver a escuchar la vieja lengua cuando abandonen Maalula. Mientras, en las calles de la pequeña localidad siria, niños y adultos siguen saludando al que se cruza en su camino con un ibla jatita que suena milenario.