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Regreso al futuro

Rubalcaba y Rajoy empujan a España hacia nuevas reconversiones

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Damas y caballeros, desempolven sus boinas porque, con esta campaña, se inaugura el regreso a la España del pasado. Por un extraño capricho de la historia o por un justo castigo de los dioses a nuestra vanidad, en lugar de avanzar en el concierto de las naciones civilizadas, al país se le indica ahora el camino de regreso a las casillas de salida; como a los malos jugadores de la oca. Pase lo que pase en estos 15 días y en los cuatro años siguientes. Gane quien gane y se oponga quien se oponga, la España de los próximos años se parecerá mucho a un lisérgico episodio de Cuéntame. Retorna el 'vente a Alemania, Pepe', el debate sobre el encaje territorial, el cuñao que te hace un apaño en B y la crisis de representatividad. Vuelve la fuga de capitales y el 'usted no sabe con quién está hablando'. Regresa la vigilancia internacional sobre las finanzas e infraestructuras, como ya ocurriese con el Plan de Estabilización del 59 y también, mucho me temo, vuelve lo castizo y lo irracional bullendo entre Twitter y TDT.

Por eso esta campaña es tan triste incluso antes de empezar. Porque nos devuelve hacia escenarios feos y pobres de los que nuestra soberbia inmobiliaria creyó estar definitivamente a salvo. Rubalcaba y Rajoy son como Michael J. Fox y Doc, el profesor loco de Regreso al futuro. A bordo de un bólido que viaja hacia atrás, empujan a España hacia nuevas reconversiones, hoy adornadas con eufemismos como reinvención y reforma. Los dos grandes partidos nos muestran así rutas polvorientas: Rubalcaba regresa al felipismo y Mariano tira de Aznar. Ambos hablan con solidez de un país que se funde bajo sus pies. Las demás fuerzas, ahogadas por esta ficción galdosiana de Restauración borbónica basada en turnos de partidos, usan sus voces como balizas, para marcar su posición en el enmohecido mapa político.

La España de los próximos años se parecerá mucho a 'Cuéntame'

Estamos sumergidos en un clima extraño, denso, con calima, bochornoso. Ni frío ni calor. Algo muy parecido a lo que ya vivimos en la campaña de las elecciones municipales. Una especie de otredad, de ensimismamiento. Un vivo sin vivir en mí, que parecen transmitir todos los candidatos. Levantamos de nuevo, como en aquellos días, la carpa donde se desarrolla el circo de las paradojas. Donde resulta que es Mariano el hombre encargado de traer la felicidad a España. Un sainete en el que Rubalcaba hace de outsider juvenil e izquierdista, que llega con aire fresco para asustar a la banca. Es lo que los americanos suelen llamar un miscasting, un error en el reparto de papeles, que convierten a buena parte de las candidaturas en funciones imposibles de obras mil veces representadas. La gran fiesta de la democracia que al final se queda en un triste piscolabis, de esos de naranjada y canapé de fuagrás.

Caramba, la verdad es que no ha empezado muy alegre esta sección, pero no se apuren. Uno siempre tiene la esperanza de que cuando los políticos se pongan a hablar, nos vuelva a entrar esa risa tonta que llevamos puesta desde mayo del año pasado. Aquella primavera en que los poderes mundiales en bloque llamaron a Zapatero para decirle que la fiesta española se había terminado. Y como diría hoy Gil de Biedma: 'Que la crisis iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde'. Ahora, que leemos programas y escuchamos propuestas a cual más irreal o inaplicable, entendemos cuan oxidado estaba todo en nuestra maquinaria de representación política.

La gran fiesta de la democracia al final se queda en un triste piscolabis

Pero ánimo. Tenemos la esperanza de que el 15-M vuelva a arrebatar la agenda a los partidos y consiga que el debate se mueva entre las gentes y no entre los asesores. De que la locura del referéndum griego prenda de alguna manera en las conciencias de los pueblos recortados y se exija otra voz política. Tengo la esperanza de que Mariano, ante el marrón que le espera, haga como la novia de la peli El graduado y salga huyendo del altar. Que Rubalcaba enloquezca y acampe enfrente de algún ministerio de los que ha sido responsable. En fin, como todo buen demócrata, uno conserva la esperanza, al inicio de la campaña, de que esta vez todo les salga al revés.