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La reina madre aguanta el tipo

Madonna abre su gira española con un concierto en Barcelona ante cerca de 45.000 personas

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A pesar de que su último disco, Hard Candy, no sea un trabajo sustancioso y que el olfato empiece a jugarle malas pasadas (lo de llamar al productor y DJ PaulOakenfold como artista invitado fue una baratija), cuando esta segunda tanda de conciertos de la Sticky & Sweet Tour haya terminado, Madonna habrá completado en dos tiempos la gira más lucrativa de la historia de un artista en solitario.

Pocos días después de presentar sus condolencias en persona a los familiares de los dos operarios fallecidos en el montaje del escenario para su concierto en Marsella y de visitar al herido más grave de los ocho que dejó el accidente, la reina del pop aterrizó en Barcelona el pasado domingo para recalcar que su trono no se ha movido de sitio. Al menos, 200 de sus fans más entregados pasaron la noche del domingo al lunes al raso o en tiendas de campaña para poder acceder al recinto antes que nadie, en una maniobra que ya es toda una costumbre clásica en los conciertos mainstream, aunque aún queden entradas a la venta. Mañana actuará en Madrid y el día 25, en Zaragoza.

Y, efectivamente, el trono estaba ahí, justo donde debía, en el centro del escenario, decorado en el respaldo con una doble M. Flanqueada por otras dos inmensas M de diamante tipo Swarovski a lado y lado del escenario, Madonna irrumpió entronizada ante unas 45.000 personas con el tema Candy Shop, acompañada por bailarines, con su propia voz desdoblada, y con una presentación de hechuras cabareteras y suave actitud de dominatrix, más bien benevolente.

La canción, el primero de los singles de su último álbum, da sólo para un arranque tibio y la coreografía recordaba a una puesta al día de aquellos combos de bailarines televisivos de los años setenta, que en realidad no ha dejado de repetirse hasta hoy con mínimas innovaciones. A la reina le bastaba con guiñar un ojo para levantar aullidos. La enlazó con The Beat Goes On, interpretada encima de un Rolls-Royce blanco, a juego con su sombrero de copa, y con Pharrell Williams y Kanye West enlatados en las pantallas gigantes. Luego llegó el turno Human nature, elegante, un poco sleazy piernas abiertas, guitarra Les Paul en ristre, aunque algo anodina.

Sin el paladar para la suntuosa lujuria que la diva suscitaba en la época Erotica, Madonna retiene habilidades para ir avanzando por su propio show plácidamente. Y eso que las piezas de su último disco no dejan lugar para el lucimiento total de la estrella. Pero si antes capitalizaba cualquier gesto para convertirlo en un acto de provocación refrescante, ahora invierte en sobriedad. Cerró el primer bloque del concierto con Vogue, la mejor hasta el momento. Era su primera mirada atrás, antes del primero vídeo de interludio, amenizado por el baile de dos boxeadores enzarzados en un combate danzado en un ring en el centro de la pasarela.

Un scratcher inauguró el tramo old skool de la noche. Si hasta aquí, el show no podía tener mucha más cuerda que la rienda que permite Hard Candy, la segunda parte arrancó con Madonna saltando la comba al ritmo de Into the groove. Y el escenario se llenó de colorido chillón. Dibujos de Keith Haring en la pantalla, coreografías a medio camino entre el proto-rap y la gimnasia urban, Madonna sacaba musculito antes de retroceder hasta Holiday, de su disco de debut. No faltaron los fragmentos de Beat It que ha ido incrustando en esta gira como recuerdo a Michael Jackson, mientras un bailarín emulaba los pasos del moonwalk. 'Vivimos tiempos difíciles: es una suerte estar vivo', dijo.

En Shes not me, la artista incluso se permitió el lujo de mirar hacía atrás con ironía: cantó 'esta no soy yo' a tres bailarinas disfrazadas de la época Vogue, Material Girl y Like a Virgin... antes de darse un beso en la boca con su propio alterego virginal. Music fue la encargada de cerrar el bloque de antiguallas y a dar la bienvenida a un bloque glocal. '¿Habláis español, motherfuckers?', chilló, antes de entregarnos una horrible Spanish Lessons. Y retocó La Isla Bonita con aires zíngaros.

El público que pida un modelo de mujer atractiva a los 50 y primera en gimnasia, tendrá Madonna para rato. Aunque a partir de ahora, habrá que buscar en ella un rol de referencia de cómo hacerse mayor y no tanto a una descubridora de tendencias. No es tan extraño: quizá llegó la hora de que Madonna compita menos con Beyoncé que con Sharon Stone. Por poner un ejemplo de mujer inteligente, fotogénica y con poco que añadir artísticamente.