Publicado: 05.11.2014 07:00 |Actualizado: 05.11.2014 07:00

Réquiem por el Café Central

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Le han encendido tantas velas en los últimos meses que podría prescindir de la luz eléctrica para albergar a la parroquia que acude cada noche a este santuario del jazz madrileño a escuchar la palabra, el acorde o la tecla de los santones del género. "Nunca quise que fuese el templo de nada", reniega sin embargo Gerardo Pérez (Bercial, 1952), pero el Café Central se muere y no encajan otras palabras en la esquela prematura que puedan definir mejor al finado que templo, si acaso catedral, no por el tamaño del local sino por su talla espiritual, cincelada durante más de tres décadas por los ecos de los instrumentos que resuenan en las paredes. Echará el cierre y los espejos seguirán reflejando el sudor de las frentes, los mofletes inflados, la vibración perenne del mármol de las mesas. Le han puesto fecha de caducidad: el 31 de diciembre todo habrá acabado. Y todo, en el Central, es todavía más.

Gerardo se vino a la capital en 1968 a hacer el Preu y con él, toda la familia. "No fue una época politizada, los politizados éramos nosotros", recuerda aquel simpatizante del PTE, dos veces en la cárcel por organizar actos y por militar en la sopa de siglas antifranquista. Estudió Derecho, pero nunca ejerció, porque después de trabajar de camarero decidió abrir con cuatro amigos un espacio de música en directo sin altibajos en el escenario. De los colegios mayores a la plaza del Ángel, donde se hicieron fuertes en una antigua casa de marcos y molduras abierta en 1908, dada por muerta en la guerra (la civil, valga el oxímoron) y que resucitó de entre los fantasmas de la Transición para convertirse en el octavo mejor club de jazz europeo, como profetizó en su día la revista Wire.

"Mi pasión nació en un festival que tuvo lugar en el Pío XII. El último día tocó Tete Montoliu, quien unió un tema con otro hasta que, pasada media hora, dejaba de tocar para descansar y que pudiésemos aplaudir. Aquel concierto fue decisivo en mi vida", confiesa el fundador y programador del Central, que dio un paso de gigante con los catorce conciertos seguidos que desplegó en 1988, seis años después de la apertura, el cuarteto de George Adams y Don Pullen. "Nos puso en el mapa mundial", afirma Pérez, que se pierde a la hora de recordar a todos los artistas que pasaron por la tarima, de Lou Bennett al citado pianista barcelonés, quien llegaría a tocar durante cinco semanas para salvar al café de la quiebra.

"[Tiene] el mejor público del mundo, y es mucho decir", sentenció entonces Montoliu, el antídoto contra el revés económico que había supuesto el Mundial del 94, pues ya se sabe que verano y fútbol en Madrid son una combinación letal para todo negocio que no cuente con terraza. Hubo otras Copas del Mundo, otros agostos aciagos y otras crisis, empezando por esta última, pero ningún viento ni marea pudo con el Central. Si cierra ahora es por el fin de los contratos de renta antigua, que condena al local, a sus actuales cuatro socios, a los 35 trabajadores y a los amantes del jazz, que cuentan con más oferta pero saben que aquí juegan sobre seguro. "Y quiero matizar lo de renta antigua, porque estamos pagando 5.000 euros al mes", asegura Gerardo, quien apostó por una programación estable y continua para que los músicos pudiesen desarrollar su directo y el público, elegir cualquier día para escuchar a sus ídolos.

"La música tiene que formar parte de la vida cotidiana y del ambiente de la ciudad. La cultura no es sólo para el fin de semana, por eso ofrecemos conciertos de lunes a domingo". En principio, de jazz, ese estilo musical que se gestó tras un choque de trenes procedentes de Europa y África en un andén de Nueva Orleans, aunque luego incluyó a otros nombres como Javier Ruibal, Zenet, Lucrecia, María del Mar Bonet o Javier Krahe, el santa claus iconoclasta que siempre llegaba por Navidad. "No soy un purista", deja claro la alma mater del Central, cuyas semanas dieron lugar a numerosos discos, algunos grabados en el propio local y otros, en el apéndice de un estudio, pues el café servía de involuntaria sala de ensayo y era una pena no aprovechar el ritmo alcanzado.

De aquí o a partir de aquí salieron álbumes firmados por Pedro Iturralde, Chano Domínguez, Marc Miralta o Ben Sidran, un habitual en noviembre que solía recalar en la plaza del Ángel dos días antes de comenzar sus bolos para disfrutar como espectador de las actuaciones de sus colegas. Una costumbre que explica el respeto que le profesa tanto el público a los músicos como estos a las paredes del Central, que no es cueva oscura sino templo luminoso a pie de calle con amplios ventanales por vidrieras. Ahora que llega el invierno, los curiosos que pasean por el barrio de las Letras empañan esos cristales cuando cae la noche a la caza de un instante eterno. Porque el jazz, hasta ahora, consistía en tocar el momento presente, aunque en el caso del Central pronto será pasado. Excepto que algo o alguien lo remedie, concluye Gerardo: "Nosotros, mientras, seguiremos aquí, esperando a que sea un juez el que nos diga que tenemos que irnos".