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Rousset llevará el barroco francés desde Versalles al Auditorio Nacional

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Como marco para un concierto de música barroca del período del rey Sol, el Salón de los Espejos de Versailles no tiene seguramente rival.

Pero esa galería de 77 metros de longitud en la que Le Brun reflejó en techo y paredes en forma de alegorías los éxitos políticos, militares y económicos de Luis XIV no puede competir en condiciones acústicas con el moderno Auditorio Nacional de Madrid.

Así lo reconoce a Efe el director y clavecinista Christophe Rousset antes del concierto que ofreció el miércoles en medio de la magnificencia de los 375 espejos, los marcos dorados, los nichos poblados por héroes guerreros y diosas de la caza, las decenas de candelabros, programa que, salvo con algunas modificaciones, repetirá el 13 de diciembre en el auditorio madrileño.

"En Madrid no habrá piezas vocales porque así lo desearon los organizadores", señaló Rousset, quien explica que el concierto de Versalles, en el que ofreció, al frente del conjunto "Les Talens Lyriques", composiciones de Michel-Richard de Lalande, Marc-Antoine Charpentier, André Campra y, como estupenda propina, un aria de la ópera "Psyché", de Lully, es un encargo del Centro de Música Barroca de Versalles.

Fundado en 1987, este centro, subvencionado por las administraciones central y locales, tiene como objetivo investigar, editar y promocionar el riquísimo patrimonio musical francés de los siglos XVII y XVIII, en buena parte todavía por descubrir, según explican sus responsables.

Es un período en el que se ha especializado Rousset, que comenzó como miembro de Les Arts Florissants, donde fue varios años ayudante de William Christie, pasó por Il Seminario Musicale hasta fundar su propio conjunto de instrumentos de época para promover, junto a compositores mucho más conocidos como Händel o Bach, a los maestros del barroco francés y el napolitano, contemporáneos de aquéllos.

Para los conciertos de Versalles y Madrid, Rousset eligió, entre otras, algunas de las "sinfonías" o suites orquestales que compuso Lalande para su interpretación durante las cenas del Rey Sol, que, aunque solían durar menos de una hora, estaban acompañadas siempre de un ceremonial muy preciso.

Cada una de las sinfonías de Lalande comienzan por una obertura "a la francesa" e incluye una serie de deliciosas danzas - el rey Sol era él mismo un gran bailarín- como gavotas, rigodones, minuetos o sarabandas, así como arreglos vocales procedentes de ballets o diversiones y caprichos que combinan aires marciales con pasajes de melancólica dulzura.

"Luis XIV tenía una visión política del arte, quería dominar el mundo también a través de la música y encargó a Lully que creara un estilo musical francés" frente al italiano que era el imperante en aquel momento, explica Rousset.

"Aprovechó además el privilegio de la edición de partituras para su difusión por otros países como Italia, Austria, Alemania o España, país que estaba, sin embargo, más sujeto a la influencia italiana pese a que su nieto, Felipe V, pasó a ocupar el trono español", agrega el músico.

"Händel utilizó la obertura francesa y Bach también. Su ritmo punteado deja su huella, por ejemplo, en El Arte de la Fuga, de Bach, que éste llama "alla francese".

"La producción francesa de ese período es enorme sin que haya mediocridades, con independencia de los gustos personales de cada uno", afirma Rousset, según el cual "queda todavía muchos tesoros por descubrir".

Rousset se lamenta, sin embargo, de que, a diferencia de lo que ocurrió en los años ochenta, la tendencia actual sea a "concentrarse en lo ya descubierto", en compositores como Händel o Monteverdi, por ejemplo.

"Los promotores o programadores tienen miedo, han perdido el gusto del riesgo. Por eso hay que elogiar casos como el de Cecilia Bartoli, que asume riesgos como ha hecho con Farinelli o la Malibrán. Bartoli llena salas y vende discos, y yo la aplaudo por ello", afirma,

El fundador de Les Talens Lyriques ha trabajado mucho el repertorio inédito español con compositores como Manuel García ("Il Califfo di Bagdad") o Vicente Martín y Soler (La Capricciosa Corretta), ha editado la obra completa de Arriaga y ha publicado un disco con zarzuelas de era barroca con María Bayo, la soprano galardonada ayer con el Premio Nacional de Música de España.

Para Rousset, aparte de la pasión de descubrir partituras nuevas, la música antigua ofrece la ventaja de que no tiene el peso de la tradición. "Es un repertorio virgen y la libertad de interpretación es mucho mayor", explica.

"Por eso es necesario encontrar el sonido adecuado, y hay que trabajar mucho más con la orquesta y los cantantes, que no tienen modelos en los que apoyarse", agrega Rousset, que trabaja actualmente en dos obras de Gluck: "Ifigenia en Tauris" y "Ifigenia en Áulide", esta última poco representada actualmente.

Su próxima cita tras el concierto madrileño, que incluirá piezas de Charpentier, Lalande y Couperin, será el 10 de julio en Santiago de Compostela con obras mucho más conocidas: un concierto de clavecín, instrumento que interpretará él mismo, y la Cantata de Bodas, de Bach. Joaquín Rábago.