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El ruido de los humanos en los océanos amenaza la vida salvaje

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El ruido generado por el ser humano en los mares y océanos se está convirtiendo en una creciente amenaza para las ballenas, delfines y tortugas, animales que usan el sonido para comunicarse, buscar comida y encontrar pareja, dijeron expertos en vida salvaje el miércoles.

Los motores resonantes de los barcos, las inspecciones sísmicas de compañías de gas y petróleo y los invasivos sónares militares están provocando una "confusión acústica y cacofonía de sonidos" bajo el agua, asustando a los animales marinos y afectando su conducta.

"Actualmente hay evidencias que relacionan fuertes ruidos bajo el agua con algunos de los mayores varamientos de mamíferos marinos", expresó Mark Simmonds, director científico de la Sociedad de Conservación de Ballenas y Delfines, en una rueda de prensa en Roma.

Simmonds, quien habló al margen de una conferencia de la ONU sobre migración de las especies, dijo que también existen crecientes indicadores de que ciertos daños en el tejido de los cetáceos estarían vinculado al ruido.

Los expertos sospechan que los animales que se asustan tienden a sumergirse erráticamente y sufren algo similar al "síndrome de descompresión" que le ocurre a los buzos.

Las personas experimentan este síndrome cuando suben desde aguas profundas, donde hay mucha más presión, a la superficie en un período de tiempo muy corto, tras permanecer sumergidos a mucha profundidad o muy prolongadamente.

Según el nuevo informe de la Fundación Internacional para el Bienestar Animal "Ruido oceánico: apágalo", la distancia sobre la que las ballenas se pueden comunicar se ha acortado en un 90 por ciento como resultado del aumento de los niveles de ruido.

Durante los últimos 50 años, el sonido de baja frecuencia bajo el agua ha aumentado al doble cada 10 años, mientras que el número de barcos se ha triplicado, dijo el informe.

Además, agregó que el sonido producido por armas de aire comprimido en la investigación sísmica en exploraciones de petróleo puede viajar a más de 3.000 kilómetros de su fuente.

/Por Silvia Aloisi/