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Semillas

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Hubo mañanas en las que miles de lápices eran acariciados
por niños con harapos y sonrisas que eclipsaban la miseria.

Hubo tardes en las que el sudor del campesino
se traducía en agua para la tierra que por fin labraba
sin ver cómo el fruto
quitaba el hambre de bocas que no eran las suyas.

Pero llegó una noche
con balas silbando acordes
de un luto vestido por el odio.
La muerte lloró culpable de su propia vergüenza
mientras los verdugos reían cobijados
por la injusticia que aún les ampara.

Después de esa noche, hubo muchas más noches,
tantas, que hasta la razón dejó de contarlas
por miedo a caer por el precipicio de la locura.

Miles de vidas fueron enterradas en cunetas                                         
bajo el manto del silencio
mientras la desmemoria amenazaba
con apagar la llama del recuerdo
que aún las mantenía vivas.

Años más tarde,
las madres, las viudas,
los hijos, los nietos
y todos aquellos que creyeron
que por fin el alba iluminaría tanto miedo
vieron cómo la niebla cubrió toda esperanza
y los mismos que les robaron la luz
seguían contándoles el mismo guión
que cada vez más gente se negaba a interpretar.

Imagen: Jesús Martín López (Wesl)

Pero un otoño el sol se negó a seguir sentado
en el banquillo de los acusados
que como tantos otros,
seguía sin saber cuál era su delito
y en Priaranza del Bierzo comenzó a florecer la verdad,
y la primavera se extendió a todo El Bierzo,
y a todo León
y en toda España germinaron tantas semillas
que después de sesenta y cuatro años
la palabra genocidio se sentía pequeña.

Por fin la verdad se empezó a engalanar de justicia
y los ojos de aquellas madres, viudas,
hijos y nietos
pudieron descansar al darle a los suyos
la despedida que nunca tuvieron.

Abel Aparicio. Poemario, Tintero de Tierra, editado en castellano y en leonés. Prólogo de Santiago Macías y epílogo de Emilio Gancedo.