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Sexo, guerra y amistad en el Beirut acribillado

Zena El Khalil escribe su experiencia sobre una sociedad desorientada por la batalla y el consumo

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Hay cientos de razones para ver en Beirut, I Love You (Siruela) un testimonio que escapa de la crónica tópica de un corresponsal que llega a una ciudad que no es la suya, aunque la conozca desde hace años. Porque jamás sabrá lo que es regresar al pueblo de los abuelos tras 22 años de ocupación y encontrarse con que la casa se ha convertido en un centro de la barbarie con cabinas para interrogatorios, celdas de detención, salas de tortura y despachos para la administración de los israelíes estadounidenses. Jamás sabrán qué es ver esa monstruosidad llena de la mierda de los presos, a los que no les pusieron siquiera sanitarios en las celdas.

El testimonio del Beirut maltratado ha regresado a las manos de sus protagonistas y Zena El Khalil es una de ellos. Durante los ataques a Líbano de julio de 2006, su blog beirutupdate.blogspot.com fue aclamado, visitado y difundido en los sitios digitales de la CNN y la BBC. Parte de aquellas crónicas electrónicas fueron publicadas en The Guardian y Der Spiegel, y de hecho Beirut, I Love You es un libro que ha mamado mucho blog, como se desprende del lenguaje directo, inmediato y con imágenes tan contundentes como para hacer olvidar las vistas de las fachadas agujereadas tras la guerra.

Zena dice que lo ha escrito con el estómago ('No me hace falta retórica para hablar del dolor', explica) y sólo de ahí podía brotar el ansia sin empaque con el que relata el impacto de las nuevas generaciones, educadas al sino del capitalismo, con la autoridad tradicional y el fanatismo religioso de las generaciones precedentes. 'Juramos que nunca seríamos como ellos', escribe Zena, que estos días está en España para participar en el Hay Festival de Segovia (este domingo, a las 12 de la mañana).

Ha escrito un libro que es un repaso a su memoria, una descripción de la identidad volátil del país en el que vive: 'Beirut es una puta. Da la bienvenida a todos y seguirá siendo un crisol para dialogar o para luchar', explica a este periódico la autora al hablar del Líbano como un territorio cruzado, en el que 'nunca ha existido una identidad nacional, porque es un país que se creó con fronteras artificiales'. Un lugar a la espera de un rostro propio.

Esa encrucijada de la identidad pasa en la actualidad por la negación tanto de la fe ciega en un idealismo peligroso, que induce a participar en matanzas y a discriminar por motivos religiosos, como del dogma capitalista por el que la población llegó a creer que 'la solución para vivir en la posguerra era comprar, comprar y comprar'. Ha surgido una masa crítica que busca su propia identidad, 'y lo que no hacían con las armas lo hacían con el sexo'.

A un corresponsal en Beirut tampoco le mirará un médico por encima y le recomendará Prozac al instante para superar el profundo pesimismo en el que Zena cayó ante una ciudad que se entregaba en su reconstrucción al gigante empresarial. 'Podría decirse que tomar pastillas era la única forma que teníamos de seguir siendo humanos', escribe.

Y así fue cómo aprendieron a reconciliarse con ellos mismos en una ciudad destrozada, acostándose con el mayor número posible de personas. 'Al poseer sus cuerpos, recuperábamos los nuestros. Vivimos la guerra. Sobrevivimos a ella. Nuestros cuerpos estaban vivos y la única forma de asegurarnos de ello era exaltarlos', relata Zena que explica que el sexo se convirtió en una adicción y que, con la escasez de hombres en el país, 'dejamos a un lado la vergüenza y recurrimos las unas a las otras'.

Pero sobre la alegría de Zena hay una contención evidente. No es amargura, porque como ella misma dice, la población del Líbano respira a base de mirar al futuro y esperanzarse. Pero le es imposible escapar a la guerra, ni en una charla cualquiera, ni mucho menos en su trabajo como artista (con el que la semana que viene aterriza en una muestra en Torino, Italia), se libra. 'Hemos experimentado la guerra incluso antes de la creación del país, así que nos acostumbramos a crecer con la guerra al fondo. Lo malo es que mucha gente llega a ser complaciente con la guerra. Me pregunto si podremos vivir sin ella porque con la guerra hay drama y negocio. La gente se aprovecha de ella y los beneficios de sus negocios dependen del conflicto', se lamenta.