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Sexo en la habitación

Los actores porno dinamitan la industria al filmar sus propias escenas y venderlas a plataformas de pago sin intermediarios

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El porno respira aires nuevos: el objeto pasa a ser sujeto. Los verdaderos hacedores de esta revolución son los actores, que por fin se llaman entre ellos, quedan en la habitación de un hotel y, cámara al hombro, ruedan escenas que después venden a plataformas de pago. Y de un plumazo se quitan de encima a las productoras y distribuidoras, que vienen menguando las ganancias de las porn stars. Esta liberación llega a traducirse en una diferencia salarial de miles de euros.

'El fenómeno existe y tiene una razón lógica', explica Pablo Dobner, cofundador y director ejecutivo de la productora Lust Films. 'En las últimas décadas las productoras de entretenimiento para adultos se han dedicado a hacer un porno repetitivo, aburrido y machista, de manera que era cuestión de tiempo que los actores tomasen las riendas. Pan comido'.

No obstante, la iniciativa de los intérpretes no afecta a todos por igual. Según Dobner, 'las productoras que anteponen cantidad a calidad están acusando las mayores pérdidas'; un colectivo con el que Lust Films no se identifica, ya que hace un tipo de porno anticanónico: con la mujer como figura central. Los valores que incorpora esta productora se traducen en un apoyo manifiesto a la nueva estrategia de los actores. 'Son ellos los que ponen el cuerpo, los que están en el circo. Son los nuevos gladiadores de nuestra época; atletas', comenta a su favor.

Esta dinámica ha generado un nuevo equilibrio en la industria del porno. Los actores -antes, uno de los últimos eslabones de la industria- han tomado el control de sus propias ganancias; mientras que los intermediarios rebajan sus ingresos y, por tanto, su producción. Ahora, la pelota está en el tejado de las productoras y las opciones parecen limitadas: o siguen como hasta ahora o se convierten a un porno atípico, con mensajes que superen los tradicionales roles de género.

'Lo tienen complicado', vaticina el actor porno Max Cortés, que compara a las productoras con las agencias de viajes. Cortés ha pasado de ver cómo otros controlaban, cortaban y distribuían sus escenas a montar su propia productora. El salto del VHS al DVD supuso una época dorada que para Max se traducía en unas cuatro películas por semana, mientras que ahora los encargos para productoras representan un minúsculo porcentaje de su trabajo, porque el grueso son rodajes propios.

Este cambio ha implicado una mayor inversión en promociones. 'Siempre ha habido un puñado de actores que nos hemos preocupado por esto. Al fin y al cabo tu nombre no deja de ser una marca a través de la que se hace negocio. Nadie va al cine para ver una película de la Paramount, sino para ver a George Clooney. Y si al público no le gusta lo que haces, tienes la oportunidad de dar la cara y mantener una comunicación muy directa con el usuario', dice en referencia a su propia página web.

Así las cosas, el remedio para las productoras parece pasar por un cambio de mentalidad, con EEUU como referente. Las compañías allí se están volcando en la producción de escenas sueltas con temática muy concreta que luego descargan en Internet y posteriormente editan en DVD. Justo lo contrario de lo que sucede en el mercado español, donde se piensa primero en la película y después en ofrecerla fragmentada en la Red.

Cortés critica que las productoras y distribuidoras tradicionales llevan un retraso de cinco años. Es como si no entendieran que 'ya no se venden películas. Ahora se venden archivos', reitera. No en vano, la organización de la oferta porno de Internet -por temáticas específicas: anal, tetas gigantes, bukkake- prioriza la producción de escenas en lugar de películas.

En cualquier caso, no toda la responsabilidad la tienen los actores. La erosión de las productoras y distribuidoras también viene marcada por la consolidación de Internet como plataforma masiva de consumo. 'Es un fenómeno que está explotando por la preferencia a la Red en detrimento de la copia física', señala Dobner. Cualquiera que trabaje en el sector puede certificarlo.

'Hablando con las productoras y las distribuidoras, la conclusión que sacas es que cada vez hacen menos contenidos', señala Jorge Muñoz, de 3G Sex. En parte, es uno de los culpables de que el consumo de porno esté cambiando, puesto que su empresa ofrece vídeos eróticos a través del móvil. Su filosofía no consiste en batirse en duelo con Internet, sino en ofrecer un complemento, para esos momentos de apretón. 'No podemos competir con el tamaño de la pantalla de un portátil. Pero el teléfono te permite una movilidad mucho mayor'. Sus contenidos son así susceptibles de ser consumidos en un baño público o una playa solitaria.

'El porno se consume en momentos muy dispares y sin ningún tipo de criterio', opina Muñoz. Un argumento que sustenta la campaña promocional de 3G Sex, en la que Nacho Vidal interpreta a un asalariado que sacia su lujuria en el WC de una oficina. Muñoz se metió en el sector en 1999 y hoy sus consumidores españoles se cuentan por cientos de miles. 'En España hay dos unidades de negocio que siempre funcionan: los tarots y el sexo', dice con sorna.

Lo que se entiende menos es que, existiendo plataformas gratuitas de vídeos porno -la más famosa, YouPorn-, haya consumidores que sigan pagando por ver determinado contenido. Para Muñoz, la respuesta está en el morbo. 'Aunque resulte incomprensible para algunos, la realidad es que hay auténticos adictos al género que pagan por ver al personaje que les caiga en gracia', llámese Dunia Montenegro, María Lapiedra o Pablo Fross. Actores que, conscientes de ello, se dejan caer de vez en cuando por festivales eróticos o platós de televisión. Sabedores de que su permanencia en el negocio depende, en parte, de los flashes que los deslumbren y los shows que proponen.


Sonia Baby, por ejemplo, aprovechó la última edición del Ficeb (Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona en Madrid) para subrayar su estatus de acróbata vaginal y extraerse cien metros de bandera. Este tipo de hechos confiere un plus diferenciador a los productos del actor, sean archivos de Internet o artículos de merchandising.

La diferenciación con el porno amateur también es esencial para los actores metidos a productores, como el propio Max Cortés. 'El todo vale ya no sirve en Internet. Si alguien paga por un producto es para acceder a contenidos de calidad, quizá con una marca, actualizados y que los pueda guardar en su disco duro o incluso compartir', reivindica.

Los intérpretes han movido ficha y los usuarios ya han reaccionado. Queda por ver qué harán los intermediarios.