Público
Público

Los siete porqués

¿Por qué a Rajoy ya no hay quién lo mueva?¿Por qué ha ganado Alberto Núñez Feijóo?¿Por qué ha perdido Ibarretxe a pesar de ser el más votado?¿Por qué ha triunfad

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

¿Por qué a Rajoy ya no hay quién lo mueva?

Por Jesús Maraña

El actual presidente del Partido Popular se jugaba ayer su futuro político. Nadie, ni siquiera en su entorno más cercano, apostaba un euro por la continuidad de Mariano Rajoy si ayer se hubiera renovado la mayoría progresista en Galicia y si el PP se hubiera hundido en Euskadi.

No ha ocurrido ninguna de las dos cosas. En Galicia, la madre de todas las batallas del 1 de marzo para Rajoy, la derecha ha reconquistado la Xunta de la mano de su fiel escudero Núñez Feijóo.

En el País Vasco, el pronóstico de una debacle tras la dimisión de María San Gil tampoco se ha cumplido, y el PP tendrá en su mano la opción de convertir al socialista Patxi López en el primer lehendakari no nacionalista desde la restauración de la democracia.

Asediado por los escándalos de corrupción; acuchillado los martes y los jueves por Esperanza Aguirre, los lunes y miércoles por Gallardón, los viernes por el mismísimo José María Aznar y la semana completa por los medios de comunicación supuestamente afines, Rajoy se sentirá seguramente hoy el tipo más feliz del mundo.

Es la primera vez que disfruta una victoria desde que Aznar le dejó su envenenada herencia. Pero sobre todo es su gran ocasión para repartir coces a quienes llevan años poniéndole zancadillas.

Aunque su triunfo tenga más que ver con la grave crisis económica y con los errores de sus adversarios que con su forma de hacer oposición o con sus dotes de liderazgo, el caso es que Mariano Rajoy encontró ayer los motivos que necesitaba desesperadamente para agarrarse al sillón hasta las próximas elecciones generales.

Por Marco Schwartz

La victoria del PP en Galicia constituye sin duda un golpe para José Luis Rodríguez Zapatero, ya que la pérdida de poder autonómico nunca es buena noticia dentro de la estrategia estatal de cualquier partido. El jefe del Ejecutivo y líder del PSOE, a quien conviene la extrema debilidad de Mariano Rajoy en una complicada coyuntura de crisis económica, tendrá ahora enfrente a un rival con más oxígeno político.

Sin embargo, el revés gallego queda compensado con creces por el éxito socialista en Euskadi, por el que Zapatero apostó de manera muy personal y que permitirá un cambio histórico de color en el Gobierno autonómico. Lo ocurrido representa una victoria incontestable de la política vasca de Zapatero, que ha sido objeto de una virulenta contestación desde el PP y sus medios afines.

El presidente emprendió un proceso de paz -finalmente frustrado- y desactivó el desafío del lehendakari Ibarrtexe invitándolo a plantear su plan soberanista en el Congreso de los Diputados. Los conservadores acusaron al presidente del Gobierno de romper la unidad de España, dar alas a ETA y traicionar a las víctimas del terrorismo.

El resultado en Euskadi hace añicos ese caballo de batalla del PP: la aproximación de Zapatero al conflicto vasco ha socavado el poder del PNV, ha disparado los apoyos sociales del PSE y ha creado un clima propicio para que buena parte de los votantes del mundo abertzale radical se decantara ayer por la opción soberanista, pero pacífica, de Aralar.

Por Ignacio Escolar

Mucho tiempo después, frente al resultado de las urnas, Emilio Pérez Touriño habría de recordar el día en que no quiso adelantar las elecciones. La crisis era entonces tan reciente que para Zapatero aún carecía de nombre, y para mencionarla se limitaba a señalarla con el dedo.

Alberto Núñez Feijóo ha aprovechado ambos errores: el de Zapatero y el de Touriño. Y del peor momento de la crisis económica, y de los problemas de un bipartito divorciado, ha sido capaz de construir su momento.

La victoria de Feijóo es también la victoria de Mariano Rajoy, que no sólo se jugaba todo en estas elecciones sino que se ha empleado a fondo para ganar. Lo ha hecho por partida doble: en Galicia y en Génova. Y también ha demostrado que no hace falta ser el candidato más valorado para vencer.

A pesar de que nunca estuvo en duda que el PP sería el partido más votado, las encuestas siempre daban a Feijóo una peor nota que a su rival.

Touriño era el presidente de Galicia; Feijóo, el chico de los recados de Fraga. El PP y su coro mediático han sido muy hábiles a la hora de vapulear la imagen de su rival con la crisis como telón de fondo.

Que el coche de Touriño es más caro que el de Obama es un mensaje que entiende todo el mundo. Que el Tribunal de Cuentas investiga la gestión del cabeza de lista del PP en A Coruña es mucho más difícil de digerir.

Poco importa que el famoso coche oficial sea igual al que usan otros altos cargos de todos los partidos, el mismo modelo que gasta otro Alberto, hoy también un poco derrotado: Alberto Ruiz-Gallardón. 


Ibarretxe ha vivido la victoria más amarga posible. Tanto, que se convertirá en una derrota en toda regla. De las ocho elecciones celebradas con anterioridad al 1-M, el PNV sólo había llegado a la cifra de 30 escaños en dos ocasiones: en 1984 (logró 32) y en 2001 (obtuvo 33).

En el primer caso todavía no se había producido la escisión de Eusko Alkartasuna, mientras que en el segundo el PNV afrontó en coalición con EA la embestida del dúo ultra Oreja-Redondo. Ahora, Ibarretxe ha logrado sus 30 escaños en solitario.

Pero no ha sido suficiente para el PNV, porque su crecimiento se ha producido a costa del batacazo de los otros dos partidos que fueron sus socios durante las dos últimas legislaturas: Eusko Alkartasuna y Ezker Batua. Es cierto que el tripartito incrementa en uno los 32 diputados que tenía, pero se ha quedado sin el colchón de la izquierda abertzale para tener una mayoría relativa en la Cámara vasca.

Y es que la prohibición de la marca de Batasuna (esta vez D3M) ha sido finalmente decisiva en el reparto de escaños, al permitir que por primera vez desde la recuperación de la democracia sean los partidos constitucionalistas quienes tengan mayoría absoluta.

Una situación que no se daría si se contabilizaran las papeletas de D3M. La carrera política de Juan José Ibarretxe parece tocar a su fin. Ha sido un candidato invicto en cuatro contiendas, aunque finalmente ha sido derrotado. 

Por Vicente Clavero

Igual que Antonio Basagoiti ha intentado mostrar la cara menos bronca del PP, Patxi López también se ha cuidado mucho de hostigar al nacionalismo vasco con la aspereza que en campañas no muy lejanas exhibieron sus antecesores.

La política pop de uno y el ofrecimiento del socialismo como 'punto de encuentro' por parte del otro han deparado, sin embargo, una cosecha muy dispar en las urnas.

La oferta edulcorada y pretendidamente moderna del PP ha echado para atrás a la porción de sus votantes más identificada con los planteamientos aguerridos de María San Gil. Por el contrario, desmarcarse con meridiana claridad del frente españolista ha proporcionado importantes réditos a Patxi López, que tiene todas las papeletas para ser el nuevo lehendakari.

Si Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros no fueron capaces de desalojar al PNV de Ajuria Enea en 2001 por más empeño que pusieron, los actuales representantes del bloque constitucional sí obtuvieron ayer un respaldo suficiente para hacerlo, aunque a la postre quizás necesiten el concurso de algún incómodo invitado.

El partido de Rosa Díez, que se alimenta del descontento con las dos principales fuerzas mayoritarias, ha arañado un escaño que puede ser imprescindible, lo que sin duda será aprovechado por sus habituales palmeros mediáticos para proclamar con desparpajo que lo suyo sí que es una importante victoria. 

Por Fernando López Agudín

El voto de oro que ETA pedía a la izquierda abertzale, llamado así por el color amarillo de sus papeletas, es, a juzgar por los resultados de las urnas, oro devaluado.

Su electorado se ha bifurcado entre el voto armado, que justifica el terrorismo, y el voto desarmado a Aralar, que condena el asesinato político. Hasta tal punto que Aintzane Ezenarro es la gran triunfadora de estas elecciones autonómicas vascas. Ha cuadruplicado
sus escaños.

No tiene nada de anómalo, si se tiene en cuenta la conocida existencia de dos estrategias políticas contrapuestas en el seno de la izquierda abertzale.

La factura de la ruptura de la última tregua ETA comienza a pagarla. Aproximadamente una tercera parte de su base social ha desobedecido la consigna de voto nulo y ha optado por hacer política con su presencia en el parlamento de Vitoria.

Es toda una evidencia que los nueve diputados del Partido Comunista de las Tierras Vascas van a ser sustituidos por los cuatro de Aralar. Nada expresa mejor su fracaso. De contar con un grupo parlamentario afín a contar con uno que no controlan.

El balance no puede ser más desastroso para ETA. Pretendía denunciar la ilegalización de las sucesivas siglas cobertura de Batasuna y mostrar así su fuerza social. Pues bien, ni lo uno ni lo otro. Su propio electorado decreciente, de un 12% hace cuatro años al 8% de ayer, ha respondido lúcidamente a tanto disparate armado.

Por Salomé García

Los equipos de Touriño y Quintana tienen hoy una buena oportunidad de echarse los trastos a la cabeza. Están bien entrenados para hacerlo. En estos cuatro años han fabricado más líos que decisiones de Gobierno. Hoy ambos tienen razones para el reproche. Cada uno de ellos ha regalado al PP parte de su electorado, desencantado con un matrimonio nacido imposible.

La derrota del bipartito se ha fabricado en las grandes ciudades, donde la crisis económica pega más fuerte. En Vigo, el PSOE ha caído un 5% respecto de 2005. Los socialistas han aguantado mejor en Santiago, donde es Quintana el que se ha dejado otro 5%. Pero el símbolo de la derrota del bipartito es A Coruña. Las caídas de ambos partidos (un 6% el PSOE y un 7% el BNG) se llaman debacle. ¿Se arrepentirá hoy Touriño de no haber escuchado a José Blanco cuando le aconsejó convocar a los gallegos el pasado octubre?

Tras la decisión errónea de la fecha electoral vino una campaña anodina, falta de reflejos para atajar las acusaciones de despilfarro (el coche, el despacho, el yate...) y escasa de argumentos para dar la batalla a favor del gallego, pese a la evidencia de que el bilingüismo se colocaba por vez primera como arma arrojadiza de la derecha.
¿Y la corrupción del PP? Provoca desafección hacia los políticos entre los indecisos de la izquierda. Y es un excelente resorte para llamar a la autodefensa en el electorado de derechas.