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"La sociedad, a veces, te empuja a aislarte y a culpabilizarte"

María del Rocío Gómez fue víctima de violencia de género durante un año y medio. Denunció y su pareja fue condenada, pero ella tardó seis años en recuperarse del todo. Ahora preside la asociac

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La voz de María del Rocío Gómez, entrecortada a veces por la emoción y otras por un principio de risa tímida, es la prueba de que se puede salir de la violencia machista. Y no sólo del infierno del maltrato físico y psicológico. También de la culpabilidad, del miedo, de la inseguridad y del resto de secuelas que permanecen en la víctima incluso cuando el maltrato cesa y el agresor es condenado. A María del Rocío le hicieron falta seis años para superar 18 meses de maltrato ininterrumpido. 

"No aceptaba lo que me había ocurrido porque me sentía culpable y por eso no podía salir adelante. No había llegado a un hospital con la cabeza abierta ni me había desangrado a cuchilladas, y parece que si no llegas a ese punto no has sufrido maltrato. Eso es lo que percibes, a veces, de algunas instituciones y de la sociedad. Al final te lo acabas replanteando todo, incluso haber denunciado, y piensas que igual tampoco es para tanto porque no has estado a punto de morir. Eso era lo que me impedía seguir", recuerda Rocío por teléfono.

Esta mujer de 41 años denunció a su pareja en junio de 2006, cuando finalmente fue consciente de lo que estaba viviendo. "Siempre digo que el día en que me dio la gran paliza, yo almacené en una parte de mi cerebro: 'Eso a mí no me ha ocurrido'. Con respecto a todo el mundo, mantuve la relación de pareja con normalidad y yo, para sobrevivir, hice lo mismo. Pero llegó un momento en que me di cuenta de dónde estaba viviendo y qué tipo de relación tenía. Me dio un ataque de pánico. No quería estar ahí pero no sabía cómo irme". Rocío vivió así durante dos semanas. Tras una nueva agresión, pidió ayuda a su familia y su pareja se fue de casa. Ella cambió la cerradura y se instaló en la vivienda conyugal, que era de su propiedad.

"Al mes de irse de casa, mi pareja intentó volver y recibí en un día entre 60 y 80 llamadas de teléfono, con mensajes escritos y de voz. Eso me salvó. Jamás escuché esos mensajes, se lo entregué todo a la Policía Nacional y esa fue la prueba, entonces puse la denuncia porque ya no era mi palabra contra la suya", cuenta. En noviembre de 2009 se celebró el juicio y el agresor fue condenado.

Después de ese episodio, Rocío siguió haciendo su vida. "No estaba bien, pero intentaba seguir adelante. Me volqué en el trabajo y, como era delegada comercial, viajaba mucho. No me daba cuenta de que lo que estaba haciendo era retrasar mi recuperación", reconoce. "Tenía muchos conflictos en mi vida personal, con mi familia, incluso me enamoré de otro chico. Luego tuve un accidente de moto y me tuve que ir a casa de mi madre, en Sevilla. Me quedé en paro y me hundí".

Fue en ese momento cuando, a través, de una amiga, conoció a Ana Bella y su fundación le ofreció una casa de apoyo para pasar unos días. ¿Qué hacía en esa casa? "Pensar. Darle vueltas a la cabeza. No hacía nada más. Cuando llegué allí no sabía qué hacer. Lo único que pensaba era que lo mejor era morirme. Me encerré. Estuve una semana en la casa, fueron días eternos porque estaba muy ensimismada. Entonces di el paso de volver a casa de mi madre para contarle cómo me sentía".

Rocío no se había sincerado de verdad con nadie de su familia. "No quería que sufrieran pero, sin conocer los detalles de lo que me había pasado, me apoyaban. El problema es que ellos no sabían qué hacer conmigo y yo tampoco sabía explicarles qué necesitaba". Hasta que encontró la manera de hacerlo: a través de una carta que mandó a su madre y a otros miembros de su familia. "Lo más importante es el apoyo de la gente que tienes cerca, eso es lo que al final te acaba ayudando, la familia, los amigos, la sociedad. Porque la sociedad, a veces, te empuja a aislarte y a culpabilizarte", afirma.

Desde que Rocío se sinceró con los suyos, todo fue a mejor. Volvió a Cuenca, donde vivía, y ahora estudia un Grado Medio de Técnico de Emergencias Sanitarias y trabaja a media jornada como teleoperadora. "Tomé las riendas de mi vida y, más o menos, estoy sobreviviendo", cuenta con humildad, porque además de sobrevivir, Rocío ayuda ahora a mujeres maltratadas. El pasado mes de junio fundó en Cuenca la asociación Mujeres Supervivientes en Acción (Musa). "Echando la vista atrás, soy feliz. Aunque me emocione al recordar esas cosas, me gusta emocionarme. No me importa llorar, no me molesta que me vean llorar. He aprendido a aceptar mis sentimientos en cada momento y me siento orgullosa de ello", concluye.

016. Teléfono de atención a víctimas de violencia de género. Es gratuito y no deja rastro en la factura telefónica.