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Suramérica teme una nueva carrera militar

La polémica de las bases de EEUU en Colombia domina la cumbre de UNASUR hoy en Quito

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Tal vez el Gobierno de Álvaro Uribe no midió bien su estrategia. Mientras echaba más leña al fuego de las ya tensas relaciones con Venezuela, acusando a Caracas de haber vendido armas a la guerrilla de las FARC, el presidente colombiano se embarcaba la semana pasada en un viaje por Suramérica para convencer a sus colegas de que el nuevo acuerdo militar con Washington no supone ningún peligro para la región.

Lo que ha conseguido es amplificar el recelo de los países vecinos ante el plan que prevé la instalación de siete nuevas bases estadounidenses en suelo colombiano.

Ambos gobiernos aseguran que la presencia de tropas de EEUU servirá únicamente para luchar contra el terrorismo y el narcotráfico, pero los vecinos de Colombia no se fían de las consecuencias a largo plazo del aumento de efectivos norteamericanos en la región.

Por eso, un clima de preocupación reinará hoy en la Cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) que se celebra en Quito, aunque el tema de las bases estadounidenses oficialmente no esté en la agenda. Aún así, el presidente de Bolivia, Evo Morales, intentará convencer a sus colegas de que aprueben una resolución contra el plan militar de Bogotá.

El Gobierno de Uribe ha decidido boicotear la cumbre porque considera que el tema de las bases es un asunto interno que no corresponde ser sujeto a debate en el seno de UNASUR. La ausencia del mandatario colombiano ha sentado mal. 'Esperemos que no trate de dividir UNASUR', dijo Morales.

Salvo Perú, todos los países suramericanos están en contra del plan militar colombiano, hasta el punto de temer que pueda ser el detonante que quiebre el delicado equilibrio en que vive América Latina.

El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, el mandatario cuya opinión más importa en Washington, le dijo la semana pasada a Uribe que 'no duda de su intención' de destinar las tropas a sus problemas internos, pero recordó que el acuerdo que, de aprobarse, tendría validez hasta 2019 trascenderá los mandatos de Barack Obama y Uribe, y 'mañana pueden venir otros gobiernos'. La presidente de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, fue aún más contundente: 'La aprobación del acuerdo con EEUU podría convertirse en una bomba del tiempo'.

Tampoco se ha hecho esperar la reacción airada de los líderes de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA): 'El imperio yanqui tiene entre sus planes una guerra entre Venezuela y Colombia', manifestó el venezolano Hugo Chávez, mientras Morales hablaba de la necesidad de 'una doctrina militar latinoamericana frente a las impuestas desde fuera'.

Se extiende el temor de que se inicie en la región una carrera armamentística de consecuencias poco previsibles, máxime cuando los presupuestos militares de los países suramericanos vienen aumentándose desde 2005.

Motivos no faltan: las tensiones de Colombia con Venezuela y Ecuador a cuenta de las FARC se suman a problemas ya antiguos, como las disputas territoriales entre Chile y Perú y la salida al mar que Bolivia le reivindica a Chile.

La polémica por las bases estadounidenses ha traído el fantasma de la intervención norteamericana en su patio trasero, mientras que el golpe de estado que derrocó al presidente Manuel Zelaya en Honduras recuerda los tiempos de las dictaduras que azotaron el continente en la década de los años setenta, muchas veces, con apoyo de la Casa Blanca.

El presidente de EEUU, Barack Obama, es consciente de los recelos en Latinoamérica. Y, al contrario que su sucesor, le preocupa su imagen. 'Vamos a hacer lo posible por ser más sensibles a las críticas', dijo el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, el general Jim Jones, la semana pasada en Brasilia.

Eso convierte a Brasil en una pieza fundamental: si Washington cuenta con el apoyo incondicional de Colombia y Perú, es el soporte de Lula el que podría vencer la retórica anti-yanqui de los gobiernos bolivarianos. Aunque el discurso del nuevo inquilino de la Casa Blanca le ha ganado muchas simpatías entre los latinoamericanos, el efecto Obama todavía no es suficiente para que EEUU se gane la confianza de los líderes de Venezuela o Bolivia.

En este contexto, las posibilidades de una integración política y militar para América Latina parecen cada vez más remotas, por más que le pese a Lula, empeñado en un continente unido bajo la batuta de una siempre discreta Brasilia. Las ambiciones de Brasil no despiertan las mismas suspicacias que la vocación de liderazgo del incombustible Hugo Chávez, pero tampoco agradan en las cancillerías en Bogotá, Buenos Aires o Santiago de Chile.

Brasilia no pierde la esperanza en que UNASUR sea el catalizador que requiere la integración suramericana, y de ahí que intentara sin éxito convencer para acudir al encuentro de hoy a un Uribe que quería evitar territorio hostil.

Lula no llevará a Quito una declaración conjunta sobre las bases militares, pero sí pretende que el tema sea tratado más adelante en un foro dentro de UNASUR. Sí está en la agenda oficial la creación de un consejo destinado a luchar contra el narcotráfico, en línea con la pretensión de Lula de que los países latinoamericanos afronten esta guerra unidos y 'sin injerencias externas'.