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La tensión bélica afecta al contrabando en la frontera

El Ejército venezolano intenta cortar el tráfico ilegal de gasolina y otras mercancías en la línea divisoria con Colombia

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'La Disip [inteligencia venezolana] viene bajando. ¡Rápido, rápido!'. El Capullo 'así me llaman' maniobra con su motocicleta. 'Yo voy vacío, por eso puedo correr y avisar a los parceros (socios)'. Las motos, cargadas con sacos de cemento y depósitos de combustible, saltan sin perder el milagroso equilibrio, entre la maleza y sobre un camino polvoriento. Son los contrabandistas de la frontera más caliente de América.

Toca huir. 'Salga usted también, si no la Policía le pegará unos palos. Ayer casi me agarran, casi, pero corrí y corrí', rememora el joven colombiano mientras agita las manos para avisar a sus compañeros.

Estamos en la trocha (camino rural) del barrio Cementerio, en la Ureña venezolana. El objetivo es eludir el control fronterizo del Puente de Santander. O unos kilómetros más al sur, el paso del Puente Bolívar, que comunica San Antonio con Cúcuta.

El Capullo aparca moto y adrenalina. Antes de la primera pregunta, deja su carta de presentación: 'Nosotros no vendemos droga, sólo cemento, alimentos, gasolina. Y lo hacemos para ganarnos la vida'. Son casi un centenar de personas las que comparten correrías en esta trocha, incluida una mujer, La Machito, 'una nena ruda, tiene más fuerza que yo'.

'Nosotros no vendemos droga, sólo cemento, alimentos, gasolina'

Otra vez sobre la moto. El recorrido hasta el puente no tiene mayor contratiempo que el arrebato de las prisas. En este viaje no se ha pagado la cuota a los paracos [paramilitares], que aguardan en la trocha para cobrar su peaje, 20 bolívares (7 euros al cambio oficial). No hay problema, a la vuelta resolverán cuentas pendientes. Se puede vadear al poder oficial. Pero jamás a los paras.

'Y ahora, con todo lo que ya tenemos, también han llegado los cazadores, guardias camuflados. ¡Qué carrerota me pegaron ayer!', se ufana El Capullo haciendo girar su acelerador. La prensa local confirma las palabras del contrabandista: el Ejército ha puesto en marcha una operación de peinado de las trochas.

Unos metros más allá, Colombia. El viaje, tan corto como agitado, ha valido la pena. Atravesamos el puente y nos damos de bruces con la gran parada del contrabando. Decena de motos, depósitos, sacos de cemento, alimentos y los maleteros contando sus andanzas. Aquí no llega la Guardia Nacional de Chávez, es territorio de Uribe. Desde este lugar partieron algunos de los que se enfrentaron a pedrada limpia la semana pasada contra el Ejército venezolano. Hubo heridos, se cerraron los puentes.

Los paramilitares cobran 20 bolívares (siete euros) de peaje en el camino rural

Las mujeres cambistas, con fajos de billetes de un papel tan manoseado que parece contagioso, se alinean a lo largo de la carretera buscando clientes. Tras ellas, las gasolineras clandestinas con el preciado combustible venezolano. 'Hoy está a 28.000 pesos (20 litros a casi 10 euros, nueve veces por encima de su precio original)', cotiza uno de los vendedores.

Esta es la primera parada de venta, con la gasolina recién traída del país vecino. Pero el objetivo es distribuir el preciado líquido, tan barato en Venezuela, por toda Colombia. El negocio es de tal calibre que los expertos lo sitúan, en esta zona, al mismo nivel que la droga.

Las cifras aportadas por el Gobierno venezolano lo confirman y proporcionan la justa dimensión al asunto. En la zona fronteriza del Táchira, donde se calcula existen hasta 1.500 transportistas ilegales de gasolina, se consumen 100 millones de litros al año, tres veces más que Caracas, pese a contar con 100 veces menos automóviles que la capital. Por supuesto, casi todo este combustible se revende en Colombia a precios golosos para ambas partes.

La gasolina se contrabandea con las motos, con depósitos trucados en los coches (como los taxis de Los Patrulleros de Nelson), incluso en camiones cisterna. Cardán ha nacido en Ureña, pero un italiano le rebautizó con este apodo. Dice que conoce la frontera tanto como a sí mismo. Y por eso narra libremente lo que todo el mundo sabe y calla: 'Antes de llegar al control fronterizo, los paracos interceptan los camiones. Pagas la cuota y ellos te dan un número. Al llegar donde la Guardia, te preguntan qué llevas. Y tú dices: el 80. ¡Paso libre!'.

Son los claroscuros de la frontera. Saber de qué lado está cada uno es cuestión de fe. 'Aquí nadie cree que a los dos guardias nacionales les mataran por el lío político. Fueron paracos, seguro, pero por un ajuste de cuentas, ajustes económicos entre ellos (el Gobierno atribuyó a una acción paramilitar dentro de un plan de desestabilización)', se atreve a contar Ñoño, caraqueño nacido en el 23 de enero, el bastión revolucionario de la capital, pero que comercia y vive en Colombia.

En la zona de Táchira existen 1.500 transportistas ilegales de gasolina 

A este joven empresario también le correteó la Policía en la trocha. 'Los guardias son unos abusadores, nos maltratan, nos pegan, cuando nosotros lo único que queremos es hacer negocios'. En los últimos días, el Ejército venezolano ha decomisado más de cuatro toneladas de gasolina y ha descubierto 50 depósitos clandestinos.

Los vientos de guerra entre Chávez y Uribe están deteriorando el comercio de subsistencia en los 2.219 kilómetros de la frontera y han dificultado el contrabando, que es la vía natural de escape cuando hay problemas. Pero este conflicto también tiene sus víctimas colaterales: los trabajadores y empresas de ambos lados, que se necesitan mutuamente.

A Cardán le suena el móvil. Toque de corneta. Y una voz que truena ¡Es el presidente Hugo Chávez! 'Otra vez ahí, ¡ajá! ¡¡Al ataque!!'. Es el tono que emplea el líder bolivariano para sus discursos más encendidos, esta vez acompañado por el redoble de cornetas del Séptimo de Caballería. Han pasado unas pocas horas tras los vientos de guerra del Aló Presidente y ya han comercializado una nueva sintonía. En pocos días será hit de ventas en la frontera caliente.