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Las tres vidas que España le arrebató a Aziza

Centenares de personas acompañaron ayer a Mohamed, el viudo de Dalilah, en el entierro en M`Diq del hijo de ambos, Rayan, fallecido el lunes en Madrid por una negligencia médica

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Aziza Ismail, de 45 años, vestida de blanco de la cabeza a los pies, con la serenidad sobrenatural que otorga la tristeza mayúscula, recordaba ayer las tres vidas que España le ha arrebatado a su familia de forma dramática.

La de su marido, Driss Mimouni, muerto hace casi cinco años en Tarragona por las secuelas de una caída desde dos metros de altura mientras pintaba. La de su hija, Dalilah, primera fallecida de nueva gripe en España, que murió el pasado 30 de junio, el día que cumplía 20 años, en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Y la de su nieto, Rayan, nacido sietemesino y por cesárea horas antes de morir su madre, que falleció el lunes, con 14 días, por una negligencia médica. Rayan fue enterrado ayer sin la presencia de su abuela, la tradición dicta que las mujeres vayan a la tumba tres días después del entierro.

En la casa familiar del número 14 de la calle Istiqlal, encaramada en un barrio de calles estrechas de la próspera ciudad costera de M Diq, poco después de que fuera enterrado Rayan, Aziza Ismail bebió un tímido sorbito de un zumo de melocotón y dijo: 'Cuando murió Rayan fue cuando me enteré de que se había muerto Dalilah. Rayan era lo único que aún tenía de Dalilah'.

Lo que quedaba de Dalilah, el pequeño Rayan, fue enterrado ayer en el cementerio de M Diq, acompañado por centenares de personas, junto a su madre. Su padre, Mohamed, sujetó el pequeño ataúd blanco con la ayuda de Hassan, tío de Dalilah, y otros familiares. Lo depositaron en el fondo de un agujero, excavado en una ladera escalonada por tumbas blancas. El hoyo no era lo bastante profundo, por lo que sacaron de nuevo el pequeño féretro. El enterrador cavó más hondo. Mohamed y las muchas manos que lo ayudaban lo devolvieron definitivamente a la tierra. Luego hubo ajetreo. Las muchas manos echaron encima tierra y agua, que habían trasladado en diversos recipientes. Se levantó arenisca en el asfixiante calor. Más tarde cubrieron la sepultura con ramas de olivo verdes.

Como colofón, levantaron las palmas hacia el cielo, con la cabeza mirando a la tumba, y rezaron La Tabaraka, una oración de gracias a Dios.

Aziza Ismail, rodeada de fotos, narró, ampliada por el testimonio de su yerno Sufian y el de dos hermanos suyos, que Dalilah nació en Meknés. Que era una joven simpática y feliz. Que jugaba con sus hermanas, Nedia, Saba y Selma. Que corría mucho y compitió en varios campeonatos de alto nivel, en pruebas de 800 y 1.500 metros. Que era una gacela. Que entrenó en una escuela vinculada al campeón marroquí Hicham el Gerrouj.

Que Dalilah, cuando se prometió con Mohamed, hace ahora un año, abandonó su carrera en el medio fondo. Que dedicarse a su familia y dejar de correr era lo correcto. Que en Madrid convivía con su suegra. Y que quería vivir.

Corriendo fue cómo Mohamed, su marido, conoció en M Diq a Dalilah, hace seis años. Mohamed regresó ayer a M Diq devorado por las dos muertes que ha encarado en 15 días. Acompañado de parientes, dejó cerca del mediodía local en la mezquita grande de M Diq el cuerpo de Rayan, envuelto en una bolsa gris. Venía de Tetuán, adonde llegó en un avión fletado por el rey de Marruecos, Mohamed VI, quien verá a la familia de Driss, Dalilah y Rayan, los tres fallecidos en España, el día 20 o el 21, según dijeron los familiares. El rey pasa ratos de sus veranos cerca de M Diq, lo que explica en parte, según varios de sus habitantes, la relativa prosperidad de esta zona.

Sentada al lado de Aziza Ismail, que trabaja como ayudante en el centro médico de M Diq, estaba Hanane, la mejor amiga de Dalilah. Eran uña y carne. Hanane era deportista, como Dalilah, jugaba al balonmano. Ambas compartían confidencias, peleas, cariño, dormían un día una en casa de la otra, otro día, la otra en casa de la una.

Mohamed regresó hacia las 13:30 horas para rezar y encabezó el cortejo fúnebre, formado por centenares de personas, entre parientes, amigos y vecinos. En brazos levantó el féretro, ayudado por Hassan, tío de Dalilah. A lo largo de todo el trayecto, en el calor, entonaron arrolladores cánticos fúnebres. A su paso, los vecinos se pararon en respetuoso silencio. Alguna lágrima se deslizó en los rostros de las mujeres asomadas a los balcones.

Aziza Ismail, con voz dulce y poderosa, agradeció todas las muestras de solidaridad de España y, luego, sólo luego, se quejó por sus tres pérdidas. En ese momento, enseñó los papeles que acreditan la muerte de su marido en un siniestro laboral, por la que cinco años después y peleando en los juzgados, no ha recibido nada.

'¿Por qué han muerto? ¿Por qué se ha muerto Dalilah?', lamentó. Su yerno, Sufian, afirmó que no se creen que muriera de nueva gripe. '¿Cómo se puede saber si no hay autopsia?', dijo. Sufian agregó que están pensando aún su estrategia jurídica para reclamar todos los daños y perjuicios. Con los papeles de su marido sobre la mesa, Aziza Ismail espera justicia de España.

En el número 14 de la calle Istiqlal aún se conserva el pasaporte de Driss, aún se guarda la habitación de Dalilah tal como ésta la dejó y aún permanece en el recuerdo de Aziza Ismail la imagen del bebé Rayan. En el cementerio de M Diq, al atardecer, sus tumbas, ya solitarias en la ladera, esperan la visita de Hanane, Nedia, Saba y Selma, de Aziza Ismail.