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El tsunami financiero

La crisis afectará a millones de personas por sus calamitosas consecuencias

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El mundo financiero está sufriendo un tsunami que ha comenzado en Estados Unidos, afecta al Reino Unido y amenaza con extenderse a otras zonas. La globalización, que ha sido jaleada como un factor fundamental del crecimiento y la prosperidad mundiales, también implica que un accidente en una de las ciudadelas del mundo económico y financiero también tendrá un impacto en muchas otras regiones. Y, esta vez, la capital de la crisis es la capital del imperio: EEUU.

Lo que estamos viendo es un tsunami. No es un pequeña tormenta que pasará sin pena ni gloria. La crisis financiera, que en lo esencial es una crisis de confianza, no sólo destruirá bancos grandes y famosos y otras instituciones financieras sino afectará millones de personas por sus calamitosas consecuencias.

Lehman Brothers ha caído. Merril Lynch ha sido engullido por Bank of América. Freddy and Fannie, los grandes proveedores de hipotecas de Estados Unidos, y American International Group (AIG), la gran compañía de seguros, han sido nacionalizados. En el Reino Unido, el banco
Northern Rock fue rescatado por un Gobierno incompetente después de dilaciones; y un gran banco y viejo proveedor de hipotecas, HBOS, ha sido adquirido por el Lloyds Bank. Algunos cínicos pueden decir: no importa, pronto serán olvidados. Es verdad. Pero el daño causado será recordado mucho tiempo precisamente por la magnitud de los quebrantos.

El impacto de todo esto en la economía real implica mayor desempleo, bajo crecimiento, caída en los precios de la vivienda, aumento de las quiebras provocadas por la deuda privada (sea por las hipotecas, deuda de tarjetas de crédito o préstamos contraídos por las empresas), caída en el valor de los fondos de pensiones, que afectará sobre todo a aquellos a punto de jubilarse, y una restricción del crédito (credit crunch), que es uno de los elementos centrales de la presente crisis.

Ya vivimos con intensidad este credit crunch, debido a la cautela de las entidades financieras a la hora de prestar dinero a otras instituciones financieras y a todos aquellos que no presenten las mejores garantías posibles. La resistencia a prestar a otras instituciones financieras es el resultado de que nadie sabe exactamente cuál es el valor neto de sus activos. Aquellos que compran derivados a un cierto precio poseen, ahora, papeles cuyo valor real es una pequeña fracción del precio de compra. Como no hay transparencia ya no hay confianza.

El crédito es el lubricante de la economía real. Hace posible las transacciones y las inversiones. El credit crunch aprieta los frenos sobre el crecimiento y, lo que es peor, puede provocar una recesión mundial.

¿Porqué estamos en esta situación? Hay dos razones fundamentales. La primera se refiere a la ideología dominante en Occidente. La segunda es el desequilibrio de poder entre los gobiernos de las democracias occidentales y el sector financiero.

La ideología dominante cree, según pregona, en los méritos de una economía de mercado libre de las molestias de las regulaciones. Los que defienden esta ideología sostienen que la libertad impulsa a los agentes económicos hacia la innovación. Las regulaciones, dicen, ahogan esa capacidad y el crecimiento económico se resiente. Los innovadores se verán inevitablemente recompensados y los ricos seguramente se volverán más ricos. Pero esto no importa mucho, porque el dinero también fluirá hacia abajo y favorecerá también a aquellos que son menos ricos. Esta filosofía puede ser válida para la economía real, aquella que produce bienes, mercancías y servicios materiales. Pero no es una filosofía correcta para un mundo financiero que inventa, compra y vende productos a voluntad, productos cuya alta complejidad los alejan cada vez más de la economía real a la que se supone que deberían servir.

Tanto en la industria como en la agricultura, por ejemplo, la tecnología y la maquinaria permiten producir, pero al tiempo deben respetar límites. En el mundo financiero esos límites no existen. Por eso es necesaria la regulación.

La ideología dominante rechaza la necesidad de esa regulación más allá de cotas mínimas. Hábiles chicos, magos financieros son capaces, pues, de inventar toda clase de productos derivados, muchos de ellos dirigidos a asegurar préstamos de alto riesgo concedidos a aquellos que buscan una casa y a otros prestatarios. Esta actividad genera beneficios inmediatos, pero el sistema acumula riesgos que se vuelven demasiados pesados como para ser cargados durante mucho tiempo.

Los gobiernos han permitido que todo esto ocurra en EEUU, el Reino Unido y en otros países. Estos Gobiernos se adhieren a la ideología del libre mercado capitalista porque le viene bien a sus respectivas bases electorales. Las instituciones financieras rebosaban de felicidad, por supuesto, y todos aquellos que habían podido adquirir una hipoteca, u otros préstamos en condiciones favorables, también estaban felices. A su vez, los banqueros que inventaron los instrumentos financieros rentables recibieron generosas compensaciones económicas (bonus) y se sintieron por ello estimulados a continuar creando productos innovadores.

El sector financiero es un sector con gran poder político en aquellos países que están sufriendo la crisis en estos momentos. Este sector es más poderoso que los gobiernos, que no poseen el conocimiento pleno de las operaciones en cuestión. Los gobiernos han sido incapaces de establecer las reglas más elementales de juego. No exigieron un nivel aceptable de transparencia. Pudieron haber dicho: 'Sí, podéis innovar, pero tenéis que informar en qué consisten estas innovaciones y cómo funcionan'. Y más importante: 'Revelad el verdadero valor de vuestros activos y obligaciones'. Una regla simple especificando que una hipoteca no puede superar 2,5 o 3 veces el ingreso conjunto en una familia, y no puede ser mayor al 90% del valor de la casa hubiese puesto las carteras a cubierto de un exceso de deudas malas.

¿Vamos acaso a vivir en los próximos años el retorno a un sistema económico menos ideológico, por así decir, que el actual? Es importante recordar que el capitalismo, como el marxismo, es una ideología. Y el problema con las ideologías es que ponen el acento en aspectos limitados de las realidades humanas y sociales. El comunismo no ha entendido la importancia de la libertad individual. El capitalismo promueve la libertad individual sin entender que en un sistema económico libre ello puede inducir la codicia y que la codicia de los ricos y poderosos supone muchos peligros.