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Una tumba llena de buenas intenciones

Isaki Lacuesta desentierra la herencia de la lucha armada

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En 1975 pasaron muchas cosas. Franco murió en la cama de un hospital. Jorge Rafael Videla fue nombrado jefe del Ejército argentino. La lucha armada estaba en auge aquí y allá. Ese año también nació Isaki Lacuesta. Tres décadas después, el director catalán ha rodado Los condenados, que se estrena el viernes tras ganar el premio de la crítica internacional en el Festival de San Sebastián.

El filme narra las peripecias de un grupo de antiguos guerrilleros latinoamericanos que se reencuentra 30 años después para desenterrar el cadáver de un compañero de lucha. Lacuesta, al que le han preguntado una y otra vez por qué se interesa por temas de la generación de sus padres, aporta una visión distanciada que evita la nostalgia, pero también el resentimiento. El director de La leyenda del tiempo (2006) insufla nuevos brios a un tema, la legitimidad de la lucha armada, que parecía agotado tras haber sido tocado por varios cineastas desde los años sesenta.

En una de las escenas con más fuerza de Los condenados, Silvia, la hija de uno de los guerrilleros, se resista a cargar con el legado político de sus padres. 'Silvia no quiere heredar la herencia moral que le lega su madre. Algún crítico ha dicho que es la portadora de mi discurso, la que comparte mis opiniones, quizás por un motivo generacional. Bien, pues no es así. Se trataba de intentar que todos los personajes tuvieran sus razones, que no hubiera una empatía ni conmigo ni con el espectador', razona el director.

Con todo, el cineasta tenía claro que la irrupción de Silvia tenía que suponer un punto de inflexión en la historia. 'Quería que desapareciera la voz de los que habían sido protagonistas durante 30 años y que por primera vez escucháramos a Silvia. Es un personaje peligroso, de esos que le gustaban a Welles. Durante el primer y el segundo acto están todo el tiempo hablando sobre él, lo que crea una expectativa peligrosa'.

La irrupción de Silvia, desde luego, no defrauda. Durante su larguísimo discurso filmado en plano fijo, comienzan a quedar más claras las intenciones del cineasta, que pretendía 'filmar una película sobre la transmisión del conocimiento, las culpas y las responsabilidades'.

Todo acto tiene consecuencias, claro, pero el filme de Lacuesta tiene más de reflexión que de juicio a posteriori. 'Todos los personajes están guiados por buenas intenciones que muchas veces tienen consecuencias negativas. Las mejores intenciones pueden llevar al desastre. El dilema moral podría resolverse optando por la opción menos dañina', zanja.