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Un verano sin verano: de Costa Rica a Tierra del Fuego y tiro porque me toca

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Otro año sin verano. Cruzo el océano y cambio de hemisferio. Atrás queda Madrid, la primavera y el jazmín que este año resistió las heladas. Un verano sin verano. O quizá no sea así. El estío es un estado de ánimo.

El 15-M me pilló cantando en Costa Rica. Al llegar nos recibió un leve temblor de tierra. Mientras, Madrid también temblaba, convirtiéndose en referencia de revolución ciudadana. En Perú sigo recibiendo noticias del clamor que en España exige democracia real. Llamo a unos y a otros. Las plazas se están convirtiendo en ágoras efervescentes. La sociedad civil despierta. Una punzada de nostalgia me atraviesa el pecho. Quiero estar ahí. Comparto la indignación. La lucha. Pero el trabajo me lo impide. De alguna forma, pienso, siempre estuve allí. Atento, sigo sus pasos, canto su lucha.

Volamos a Chile. Tocaremos en Talca, en Punta Arenas y en Santiago. En la capital se empieza a sentir el invierno. Eso no impide que la gente salga a la calle para condenar Hidroaysén, el plan energético que el Gobierno quiere llevar a cabo en la Patagonia chilena. Su impacto medioambiental será brutal.

En Santiago me reúno con los estudiantes que están movilizándose. Me hablan de la deuda que generan los créditos que exige la matrícula universitaria, de cómo se abandona la universidad pública... Nieva en Santiago y los estudiantes hacen temblar La Moneda. En la habitación del hotel guitarreo recordando las plazas llenas de gente, el verano que no tendré.

'El 15-M me pilló cantando en Costa Rica. La sociedad civil despierta. Una punzada de nostalgia me atraviesa el pecho. Quiero estar ahí. Comparto la indignación'

Cruzamos la cordillera, hacia Argentina. La gira allí será extensa. Las cenizas del volcán Puyehue nos impiden volar al sur. Nuestra idea era recorrer toda la Patagonia argentina hasta llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. Tendremos que hacerlo por carretera: 3.500 km hasta llegar al sur del sur. Nos encomendamos al Gauchito Gil y partimos. El Gauchito Gil, bandolero bueno que el pueblo convirtió en santo pagano, protege a los conductores. A los lados de la carretera puedes encontrar sus altares, repletos de cintas rojas, color de la sangre derramada por el santo.

Llegar hasta Tierra del Fuego atravesando cuatro fronteras, caminos de tierra, el mar en ferry y carreteras heladas es toda una odisea. Pero lo logramos y realizamos estupendos conciertos. Ahuyentamos el frío cantando.

Sigue la gira. A orillas del río Paraná el invierno da una tregua. Parece primavera. Llamo a la familia: el 15-M sigue vivo, mostrar los cuerpos y la indignación en la calle es un hábito que ha echado raíces en los ciudadanos. Extraño a mi gente.

Antes del concierto en Paraná me encuentro con miembros de HIJOS, la asociación de hijos de desaparecidos durante la dictadura argentina. Me hablan, ilusionados, de los primeros juicios que se van a llevar a cabo en la región por crímenes cometidos por cómplices de la dictadura. Me emocionan sus historias de ausencias y luchas.

Asunción, Tucumán, Venado Tuerto, Tandil... Seguimos viajando. Es la esencia de mi oficio. Somos la carretera que recorremos. Somos de donde tararean nuestras canciones, de donde nos dan de beber, de donde nacen los abrazos. Pero echo de menos Madrid. Pronto lo veré. Entonces será verano en diciembre.