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La vía americana

La izquierda avanza en Latinoamérica.La mayoría de los países de la región busca un modelo de desarrollo propio, alejado de las fórmulas del libre mercado

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Partir de cero. Tras décadas de golpes militares, guerrillas frustradas y liberalismo sin pliegues, o precisamente a causa de todos ellos, Latinoamérica sigue teniendo su reloj a cero. Ya lo advirtió el periodista Ryszard Kapuscinski, que trató cara a cara con muchos de los rostros que escribieron una parte clave en la historia del continente: 'En América Latina la desigualdad tiene su matiz. El blanco es muy o medianamente rico. El color es de los pobres. No se puede separar la cuestión étnica de la social. Las dos se solapan', escribió el autor de La guerra del fútbol.

El reciente triunfo de la antigua guerrilla, el FMLN, en El Salvador retrata la gasolina social que ha convulsionado las estructuras de países esquilmados por la codicia. Un estudio de la ONU sobre la situación económica en el país centroamericano revela que tras 20 años de gobierno derechista el abismo entre ricos y pobres se ha multiplicado por 74. Pero la responsabilidad de dirigentes sin escrúpulos en el fomento de esta desigualdad no se limita al aspecto financiero. El Salvador es una bomba de insalubridad y de inseguridad a la deriva. Más del 50% de los hogares situados en zonas rurales carecen de agua potable y el 80% de los ciudadanos asegura vivir amenazado por la violencia atroz de pandilleros marginales conocidos como los Maras. '¿Cómo entonces sorprenderse de que un país vote por una opción que no acepta este destino?', se cuestionaba en este diario el ex ministro de Cultura nicaragüense, Ernesto Cardenal.

De ahí que algunos analistas consideren que para entender el viraje a la izquierda en países como Venezuela o Bolivia, deba escarbarse en el tiempo anterior a la colonización. Puede que sea una fórmula para buscar modelos de desarrollo propios, ajenos al brillo de Occidente y alejados del descontrolado libre mercado.

El analista francés Marc Saint Upèry no es amante de las coincidencias políticas. Observa que la llegada al poder de gobiernos progresistas en países sin tradición electoral izquierdista, como Ecuador y Paraguay, 'es una muestra de que los electores se sienten más o menos autorizados a probar algo nuevo por los ejemplos de sus vecinos'. No le falta razón. Si se confronta el color político del continente en 1997 y en 2009, el cambio es radical. Ahora es escarlata.

Una causa de este cambio, aunque no la única, podría encontrarse en la aplicación de un peculiar liberalismo económico 'un liberalismo fundamentalista que prima los intereses comerciales del Primer Mundo por encima de cualquier otro', como lo ha descrito el economista Joseph Stiglitz como antídoto democrático a las dictaduras militares que sacudieron el continente durante el último medio siglo. La especialista del área latinoamericana de la Fundación Alternativas, Ángeles Sánchez, pone el dedo en la llaga del Consenso de Washington, la batería de consignas dictadas por los organismos financieros internacionales en los años 90 para impulsar el crecimiento.

Estas casi dos décadas, en lugar de mejorar la situación regional, sirvieron para adecuar los históricos postulados revolucionarios de Latinoamérica a los tiempos modernos impuestos por las democracias occidentales. Y se hizo a fuego lento. 'No sólo no resolvió problemas como la pobreza sino que dio origen a nuevos problemas ligados a la gestión mercantilista, como por ejemplo la privatización del acceso al agua, las telecomunicaciones, la energía, la política agrícola y la seguridad alimentaria', explica Ángeles Sánchez.

En el extenso análisis América Latina: Una agenda de Libertad elaborado por el ex secretario de Estado para la Cooperación Internacional, Miguel Ángel Cortés, para la fundación FAES en 2007 se reconocen problemas en la aplicación de la doctrina estadounidense pero también se puntualiza que dejó un positivo legado: la reducción hasta unos niveles manejables de unos gigantescos déficits fiscales y unas tasas de inflación descomunales. 'La bonanza económica y el crecimiento logrado tras la aplicación de las recetas del FMI y Banco Mundial no fueron aprovechadas para combatir la pobreza', afirma Cortés. De hecho, el pensamiento liberal crítico considera que la ausencia de políticas sociales viables, 'equilibradas y responsables' tiró por la borda la oportunidad que el periodo de prosperidad, corto pero intenso, les había brindado.

Y lo que es peor, este fracaso social 'propició que la izquierda radical, los políticos y movimientos populistas, no encontraran obstáculos para manipular la realidad, para fomentar el antioccidentalismo y antiamericanismo y la mercadofobia', señala el informe de FAES. Con todas sus imperfecciones, el actual director del área internacional de la fundación, Alberto Carnero, cree que si se mira sin apasionamiento 'los principios de Washington siguen siendo válidos aunque primero es necesario restablecer la confianza perdida por esta crisis financiera global'. Flexibilidad, contención del gasto y transparencia en la gestión es lo que demanda el pensamiento liberal para frenar lo que se considera 'una ola que amenaza el Estado de Derecho y la independencia de los jueces'.

México y Colombia se han quedado como los principales (y poderosos) bastiones del liberalismo económico. Los últimos islotes desde donde seducir a sus vecinos con un mercado libre 'responsable' frente al discurso 'populista' de Venezuela, que pese a todo sigue sin acometer la reforma tributaria que debe transformar su sistema financiero de verdad. E incluso como contraste al 'indigenismo' de Bolivia, calificado de 'radical' cuando su política monetaria sigue en las mismas manos que en los años 80 llevaron el país al desfiladero de la hiperinflación. Procesos similares suceden en Paraguay y Ecuador, y cada vez asaltan más las dudas sobre una Nicaragua cuyo presidente ataca a las organizaciones de mujeres, prohíbe el aborto terapéutico y pervierte las elecciones libres.

Pocos creen que la Colombia de Álvaro Uribe tenga sus días contados. Al contrario. Y el gran culpable, aunque no el único, son las FARC, la guerrilla más impopular y repudiada de la historia del continente. El académico Marc Saint Upèry no tiene dudas. Los rebeldes colombianos le provocan náuseas. 'La perpetuación de su lucha armada es el principal obstáculo al progreso de la izquierda en ese país', sentencia.

México es diferente. Ahí el problema es el deterioro diario de la seguridad interna y la intensificación espectacular de las guerras mafiosas entre narcotraficantes y un Estado débil y corrupto. Cualquiera que pregunte al Departamento de Estado de EEUU cuál es hoy su mayor preocupación continental, recibirá una respuesta unánime: se teme diez veces más al México del impecable Felipe Calderón que a la Venezuela del deslenguado Hugo Chávez. Y ni siquiera se pondrán de acuerdo sobre a quién de ellos colgar el cartel de 'populista', un eufemismo tan despectivo como volátil que Occidente utiliza para señalar a aquellos líderes que cuestionan la eficacia del libre mercado.

'Desde luego que los gobiernos latinoamericanos cuentan con elementos populistas pero también populares, en el sentido de que son plenamente aceptados y activamente apoyados por los ciudadanos, porque tocan la espina dorsal del sistema social y económico', explica Rubén Martínez, director del Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), una fundación que trabaja en América Latina.

El director del área internacional de FAES, Alberto Carnero, matiza que no todas las izquierdas del continente son semejantes. Por ejemplo, no se puede comparar la gestión de Lula en Brasil con la de Rafael Correa en Ecuador. 'O con la de Michelle Bachelet, integrante del Partido Socialista de Chile, cuya política moderada ha dado excelentes resultados', añade Carnero.

Incluso aquí hay matices. La crisis global ha llegado a Santiago vestida de lobo. Con los mapuches en pie de guerra tras los desmanes que practican las empresas transnacionales, algunas españolas, en sus ancestrales tierras, la depreciación del cobre en los mercados de valores su principal recurso financiero ha terminado por noquear su 'modélica' economía. El Gobierno de la Concertación que lidera Bachelet se ha visto obligado a inyectar cerca de 4.000 millones de dólares para salvar su último año en el poder y aspirar con determinación a una presidencia que la derecha comienza a tocar con la punta de los dedos.

Quien tiene el horizonte despejado es Lula en Brasil, cuyo papel de moderador de las políticas más radicales surgidas en la región le han granjeado las simpatías de medio mundo. 'Desde la legitimidad que le aporta su ideología izquierdista, Lula está sabiendo consolidar un proyecto económico dominante en la región', explica el profesor de Economía de la Universidad de Málaga y experto en América Latina, Alberto Montero.

Una política que algunos comienzan a denominar 'subimperialismo de baja intensidad', un eje realista en el que apoyar la integración regional que buscan otros líderes como Chávez o Correa. Brasil es el músculo latino. Él sólo representa la mitad del PIB y de la población de Suramérica. Y su potencial industrial es el más diversificado del continente. Hasta los cubanos saben que su reintegración plena en el continente pasa obligatoriamente por Brasilia.

Pese a tantos matices, 'América Latina vive un despertar', tal y como dejó escrito Kapuscinski. 'Hay un renacimiento étnico, el de los habitantes originarios de estas tierras, cuya exigencia de ser miembros de pleno derecho del nuevo mundo se extiende desde México hasta el finisterre sur', concluyó este optimista histórico uno de sus últimos lapidariums.