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Viaje al origen del alpinismo

En Chamonix, a los pies del Mont Blanc, empezó la historia del alpinismo. 250 años después el lugar sigue atrayendo a aficionados a la naturaleza, a la escalada y al esquí de todo el mundo.

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No es sólo la cima del Mont Blanc, la cumbre más alta de Europa fuera del Cáucaso. A su lado aparecen la Aiguille du Midi, le Dent du Géant, Les Grandes Jorasses, los Drus, la Aiguille Vert. Nombres míticos que resuenan en la cabeza de todos los aficionados al alpinismo, con paredes verticales orientadas al norte donde algunos escaladores forjaron su leyenda e inscribieron su nombre en la historia del alpinismo.

Todas estas cimas son visibles desde Chamonix, en el fondo del valle, o desde los miradores de las Aiguilles Rouges, las cumbres que se elevan al otro lado y que ofrecen una panorámica excepcional de algunas de las cumbres más difíciles y deseadas por los alpinistas.

Y es que aquí empezó todo. No sólo el turismo de montaña: la ascensión -sólo por la belleza, sólo por el placer- a altos collados y más altas cumbres, la búsqueda de esos paisajes imposibles formados por extensiones infinitas de hielo que bajaban de las montañas. Para que todo eso fuera posible hubo que vencer a un enemigo más fuerte que el frío, el viento, el hielo o la falta de oxígeno de las cumbres: hubo que doblegar el miedo cerval del hombre a los valles solitarios, a las montañas que albergaban demonios, a los glaciares que -eran otros tiempos- crecían tanto que se acercaban peligrosamente a las aldeas.

Todo ello ocurrió en Chamonix. Primero cuando un par de aristócratas ingleses descubrieron el valle en 1741 y lo dieron a conocer de manera que pronto se consideró una etapa de Le Grand Tour, el viaje que los jóvenes bien emprendían por Europa para completar su educación. Más tarde, en 1760, Horace-Bénédict de Saussure, ofreció un premio al primero que conquistara la cima del Mont Blanc, lo que no se consiguió hasta 1786. Tres monumentos en Chamonix recuerdan esta historia. En uno se ve al guía que señala a Saussure el camino -la cima no es la que todo el mundo cree al principio, sino otra que surge más atrás- y los otros dos recuerdan a Jacques Balmat y a Michel Gabriel Paccard, los que consiguieron el objetivo soñado. Una historia de coraje más allá de lo que podemos imaginar en la actualidad, con un material que haría temblar a un alpinista actual si tuviera que realizar la ascensión con algo semejante. Y además acarrearon un barómetro para efectuar mediciones científicas en la cima.

Basta con subir a uno de los muchos miradores del valle para sentir la presencia de la montaña y admirar el valor de los primeros escaladores. El teleférico a la Aiguille de Midi (3.842 metros, a menos de mil de la cima del Mont Blanc) es una experiencia sobrecogedora. La cumbre parece -falsamente- al alcance de cualquiera. Desde aquí La Vallée Blanche (el Valle Blanco) se abre a los esquiadores expertos como uno de los sueños hechos realidad del esquí fuera de pista.

Completamente diferente es la experiencia que ofrece el tren de cremallera de Montenvers, que en pocos minutos permite acceder a la Mer de Galce, el Mar de Hielo, el enorme glaciar que desciende de las altas cumbres. Las vistas de los Grandes Jorasses y los Drus son espectaculares. Éste era el destino preferido de los primeros visitantes que llegaron a este valle perdido de los Alpes a mediados del siglo XVIII: un mundo irreal que surgía en el corazón de Europa. Sí, aquí empezó todo, y el mundo se lo reconoció ofreciendo a Chamonix organizar, en 1924, los primeros Juegos Olímpicos de Invierno.



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