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Una vida cumplida

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Siempre me ha llamado la atención la timidez con que nuestra democracia ha restituido el buen nombre de sus intelectuales y artistas exiliados y lo lentos que han sido los jurados de los premios nacionales en reconocer sus méritos. Así fue una vez más con Francisco Ayala, que volvió del exilio y se instaló definitivamente en Madrid en 1976. No fue miembro de la Real Academia Española hasta 1984, cuando tenía 78 años, y no obtuvo el Premio Nacional de las Letras Españolas hasta 1988; el Cervantes hasta 1991 y el Príncipe de Asturias hasta 1998. Pero el reconocimiento, al fin, llegó a uno de nuestros grandes talentos literarios. Su longevidad le ha permitido vivir todos estos galardones después de una larga vida de viajero en el exilio, al que partió en 1939, una vez acabada la guerra civil.

En 2006, cuando cumplió 100 años, Francisco Ayala impartió una conferencia en la Biblioteca Nacional sobre los avatares de sus bibliotecas, sobre el destino de los libros que se llevó consigo, los que perdió, los que recuperó, los que iniciaron una nueva biblioteca que volvió a trasladar y a perder y a recuperar... siguiendo el hilo su larga vida, de su intensa biografía personal y literaria, de sus viajes. En fin de su exilio azaroso, como son todos los exilios. Y nos dimos cuenta entonces de que uno de los grandes dones de la vida de Francisco Ayala, sin contar con su extraordinario don para la literatura, fue el de haber sabido en todo momento incrustarse en el presente, fuera cual fuera el lugar donde le tocaba vivir. Sin recabar nostalgias del pasado, sin lamentos ni recriminaciones. Algo que le permitió ser en cada situación el hombre moderno con que había comenzado su carrera a los veinte años.

Sentimos profundamente el dolor de su muerte, pero para siempre guardaremos en la memoria y el corazón su plácida ironía, su extrema lucidez, su inteligencia para mirar y definir el mundo real y la exquisita música de su lenguaje. Adiós, amigo.