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Una vida de película

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Mantuvo el tipo hasta el final, diva de divas, indiscutible e indestructible reina madre del glamour hispano en los años menos glamourosos, actriz de culto consagrada en Hollywood, lejanísimo horizonte para las actrices ibéricas y folklóricas de un cine raquítico mutilado por la censura. Con la muerte de Sara Montiel desaparece un mito y empieza una leyenda. De la biografía de María Antonia Abad, que nació en un lugar de La Mancha hace 85 años, podrían nutrirse, y sin duda lo harán, guionistas y biógrafos, cineastas y dramaturgos.

A la niña María Antonia Abad la descubrió un avispado productor cuando cantaba una saeta en la Semana Santa de Orihuela. Inmejorable arranque para un biopic de la estrella que no tardaría en pasar a territorios más profanos. Tras estudiar canto y declamación, la joven Sarita Montiel iniciaría una carrera cinematográfica que tendría su primer éxito con un papel dramático en Locura de amor.

Polifacética, maleable y dotada de una belleza espectacular no tardaría en saltar el charco para triunfar en el cine mexicano en su edad de oro y viajar luego a un Hollywood, ávido de bellezas hispanas dispuestas a encarnar papeles de indias o mestizas de belleza enigmática y exótica. La nueva vida de Sara Montiel sigue las pautas de un guión modélico: chica de origen humilde descubierta por un cazatalentos en mitad de una procesión, actriz de éxito nacional redescubierta en México y consagrada en Hollywood. Añadamos a estos materiales una agitada vida sentimental, romances, bodas y divorcios y habremos completado una vida de película y la película de una vida.

Pero la vida de Sara Montiel bajo los focos ni siquiera ha llegado a la mitad de su ciclo. Su retorno al esmirriado cine español en 1957 con una película de bajo presupuesto, El Último Cuplé se convertirá en el hito más importante de su carrera. Amordazada su sensualidad por la pacata censura, lejos de la libertad de Hollywood, Sara Montiel trasciende con su voz y su gesto los límites pactados.

La película y su estrella se han hecho enormemente populares en la España de Franco, pero en México muchos españoles del exilio acuden casi a diario al cine en el que la proyectan para la evocación y la añoranza. Los años del cuplé, los felices años 20, eran como el cuplé mismo mal vistos y peor recordados por las jerarquías del nacional catolicismo, tiempos de perversión y vicio, frivolidad y librepensamiento. Pero no habían mordazas, ni mortajas, para contener los efluvios eróticos de Sara. Los argumentos de sus películas eran previsibles, con moraleja y moralina, los escotes y los largos de las faldas rigurosamente controlados, los diálogos insulsos. Pero la diva era más diva que nunca, idolatrada por todo tipo de públicos. Icono y símbolo.

Sara Montiel siguió en plena actividad cinematográfica y teatral en los años de la Transición, fue Saritísima superlativa y ya veterana supervedette, cantante de voz rasgada que convocaba la nostalgia de muchos pero seguía incorporando nuevas adhesiones, icono gay y reina de las variedades y la frivolidad que cambió el cine por los escenarios y prolongó su carrera en un claro desafío a las leyes de la biología y de la edad pisando en los últimos años esa delgada línea que separa lo sublime de lo ridículo. Irreductible, cuando mudó de los escenarios a los platós de televisión sin apearse de un trono al que accedió por sus muchos méritos.

Terminó el biopic, la vida de película, y se acabó en silencio con un discreto fundido a negro. Llegó el momento de los fastos fúnebres, de los recordatorios y de los homenajes a los que me sumo con esta crónica de urgencia a modo de epílogo.