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Virxilio Viéitez, el fotógrafo de aldea que alojaba a un artista en su interior

Una muestra rinde homenaje al retratista pontevedrés que tuvo que esperar a la antesala de su muerte para ver cómo su rutinario trabajo se convertía en una obra de autor

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Virxilio Viéitez no era siquiera un fotógrafo de pueblo, acaso de aldea. Soutelo de Montes es un lugar de una parroquia de Forcarei que no llega hoy al medio millar de habitantes, pues la emigración se fue cobrando durante el pasado siglo el tributo de los vástagos de esta tierra hasta dejarnos a una señora enlutada que, ufana, posa con el receptor de radio que le envió su hijo desde las Américas. Un pueblo que se aferra a un objeto es el reverso del progreso y las personas (que no lo personajes) que se nos aparecen en las instantáneas positivan la huella de la posguerra y de otros tantos atrasos seculares.

El sujeto, en ocasiones, parece ser lo que tienen entre manos (un bolso, unas flores, un juguete). El fondo, cuando no es una maltrecha sábana blanca, también se revela como protagonista: los paisanos posan encima de una moto, delante de un camión, junto a un coche. Símbolos de estatus cuya propiedad les era ajena, incluido el vehículo que traslada a los novios a la iglesia, que pertenecía al propio autor. Aunque entonces no sabía que era tal, ya que la suya era una fotografía de subsistencia: disparar, revelar y [el arte de] cobrar. Su oficio, exceptuando el proceso químico, se parecía más al de un notario, un enterrador o un cura que da la extremaunción.

Virxilio Viéitez (1930-2008) aprendió en Palamós lo que era una propina de la mano del fotógrafo Juli Pallí, quien lo introdujo en el cuarto oscuro. Allí se curtió fotografiando a turistas extranjeros (que pagaban por adelantado y ofrecían alegremente el tintineo de la vuelta) antes de regresar a Galicia, donde retrató el paisanaje de la comarca de Terra de Montes.

Fotografía documental, temas universales: la vida, la muerte y, antes del tránsito, esos modestos placeres que otorga el fragor del vino. Básicamente, levantaba actas del nacimiento de un crío, de las celebraciones familiares y de la defunción del patriarca, que necesitaba ser registrada para dar fe de la inminente partija a los parientes/herederos que habitaban al otro lado del charco.

La foto de encargo se complementaría pronto con las exigencias del incipiente DNI, un carné de identidad que requería una pequeña imagen.

Viéitez fotografió así el rostro de Galicia, un frondoso árbol genealógico entre el que se abriría paso, décadas después, la hija del que en breve iba a ser considerado artista. Keta, cuyo padre le había prohibido en su infancia entrar en la sala de revelado que había dispuesto en su propia casa por temor a que la prole se envenenase, tuvo el arrojo de llevarse a hurtadillas hasta su habitación una caja sobre la que había parido una gata: cuando la abrió y desplegó sobre la cama los negativos, entendió que su padre guardaba un tesoro.

Cuando, ya jubilado, una fracción de su archivo se expuso en Vigo, Viéitez se quedó con la boca abierta. 'Era un espectador ante su propia obra', recuerda Keta en Virxilio Viéitez. Más allá del oficio, un documental de José Luis López Linares que puede verse en Espacio Fundación Telefónica, cuya sede alberga la magnífica exposición sobre el, ahora sí, autor pontevedrés. Aquellas fotos de carné, ampliadas, se habían convertido en una obra cumbre de la etnografía. Viéitez llamó la atención de las galerías internacionales, la crítica se rindió a su Kodak y terminó frecuentando a Henri Cartier-Bresson, que había hecho lo mismo en Francia, pero con apellido compuesto. 'Él también tenía fotografías borrosas, sin luz...', resoplaba el gallego al sacarle brillo a los errores del padre del fotorreportaje. 

Porque él era un defensor de la imagen nítida, transparente. Fotógrafo certero, de una sola toma, sabía qué quería antes de disparar y disponía la escena a su antojo. Primaba el costumbrismo, aunque hay atisbos de realismo mágico. Siempre en blanco y negro, aunque la exposición –comisariada por Enrica Viganò– también plasma en color los pantalones acampanados que calzaban en los setenta sus familiares y allegados. 'La foto no tiene el porvenir que tuvo', dijo antes de morir Virxilio, quien prefería la calle a la 'fotografía de adentro', como él la llamaba. Sin embargo, hay que agradecer a su hija haberse colado en su laboratorio furtivo, adentrarse como un bandeirante en aquella tupida selva de celuloide y seleccionar, entre más de 50.000 negativos, el sobrante del trabajo de su padre. Un excedente que, medio siglo después, es arte.

Virxilio Viéitez. Espacio Fundación Telefónica, Madrid. Hasta el 19 de mayo. Gratis.