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Voltaire y los payasos

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Pepe Rubianes era un hombre libre, quizás uno de los más libres que he podido encontrar. Era también un gran Bufón, porque sus actuaciones llegaban más allá del escenario y del patio de butacas. Tenía experiencia en saber dónde tocar, qué decir y cómo divertir al espectador.

El gran público que llenaba sus actuaciones con cada nuevo montaje esperaba de ellas que no hiciese ninguna concesión a la facilidad, al entretenimiento o al mercado. Creo que nunca defraudó. Su arma secreta era su íntimo conocimiento del ritmo teatral, del flujo sensual que corre entre el artista y la platea, algo muy particular que diferencia el Arte del Bufón del resto de las técnicas de comunicación. Fue precisamente ese contacto emocional lo que le permitió establecer inmediatamente la confianza con el espectador y desatar en su mente los deseos más reprimidos, desde el lúdico hasta el profundamente político.

Rubianes era un intelectual que sabía escuchar y hablar a la gente de la calle.

En la polémica provocada por sus palabras contra el Estado español en TV3, lo que ignoraron sus persecutores de Madrid fue que el Rubianes hacía, sencillamente, su trabajo como Bufón, que no es otra cosa más que decir en voz alta lo que la mayoría de la gente en Catalunya piensa.

Tenía, también, otro aspecto esencial que ha hecho de los bufones lo que son hoy: amaba intensamente la vida. Era hedonista como sólo los ilustrados lo han podido ser. Un Voltaire en su manera de disfrutar de los placeres carnales, sin equivocarse nunca en el orden de las prioridades, entre lo que era parte del dominio del espíritu o parte del dominio del cuerpo. Pepe Rubianes, un hombre completo que deja un gran vacío en los escenarios.

El gremio de los bufones te saluda querido amigo.