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Zapatero en la encrucijada

Cuanto peor es la situación económica, se hace más indispensable la política

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En el análisis de la evolución negativa de las intenciones de voto al PSOE y la valoración de Zapatero, publicado en este periódico hace cinco meses (1-2-2010), se distinguían tres escalones en ese descenso: uno inmediato a las elecciones reflujo postelectoral, que es típico y poco significativo; otro a lo largo del primer curso de la crisis, atribuible a la reacción tardía del gobierno, y un tercero, súbito, en septiembre de 2009. Posteriormente, tras la quincena negra de finales de enero y principios de febrero de 2010, se produjo una nueva caída súbita de los dos indicadores, en la que el PSOE perdió tres puntos en intención de voto y Zapatero, tres décimas en su valoración media. Entre marzo y mediados de mayo, se mantuvo, sin cambios significativos, un nivel de intención de voto al PSOE en torno al 20% y una valoración media de Zapatero de 3,6. Esta situación ha empeorado ligeramente en el Publiscopio de las últimas semanas, perdiendo el PSOE un punto más y el presidente, dos décimas.

Tan notable como esta caída de los indicadores referidos al Gobierno es el estancamiento de los que miden la situación de la oposición. La posición del PP parece haber ido mejorando continuamente, pero esa mejoría se ha producido sólo en términos relativos, por el hecho de que Rajoy y su partido conservaban sus posiciones, mientras que Zapatero y el suyo se hundían cada vez más. En las valoraciones del electorado, mientras el presidente ha ido perdiendo décimas en cada escalón, bajando de 5,4, en diciembre de 2007, a 3,4, hoy, Rajoy repetía en mayo pasado la misma nota media que hace dos años y medio (4,3) y, en vez de subir, aún baja en junio a 3,9. Y la misma evolución paradójica se registra en las intenciones de voto: desde septiembre de 2008, el PSOE ha perdido nueve puntos en intención de voto, pasando de 27,9% a 18,9%; pero el PP, en el mismo periodo, en vez de atraer al menos en parte esas intenciones de voto, ha perdido también algunas de las suyas, pasando de 26,5% a 25,4%.

Conmociones políticas como las que suceden estos días tienen efectos imprevisibles

Una imagen más elocuente aún de la situación la proporcionan los indicadores de confianza y aprobación de la gestión de ambos líderes. Zapatero y Rajoy se dan la mano en niveles de aprobación y confianza ínfimos. Están ya tan abajo que sólo un movimiento sísmico puede hacerles subir a uno o a otro. La figura, sin embargo, no es impertinente, porque el país está en este momento sobre un volcán.

Sin embargo, el cambio del Publiscopio de mayo a este de junio, pese a estar marcado por un ensombrecimiento del panorama económico europeo y por la adopción de rigurosas medidas de austeridad y el anuncio de una inmediata reforma laboral por decreto, es más discreto del que sería de esperar, siendo probablemente este el momento de la legislatura más difícil para el Gobierno.

La estimación de tendencia de voto que puede hacerse, con el conjunto de los datos del periodo estudiado (17 de mayo a 9 de junio), da al PP un punto más y al PSOE un punto menos que hace un mes, lo que amplía la diferencia entre ellos en dos puntos.

Pero hay que advertir que las estimaciones de tendencia electoralde esta encuesta y de cualquier otrason, actualmente, muy inestables, porque las intenciones declaradas de voto están sometidas a fuertes cambios de un día a otro, por el impacto de las turbulencias de la crisis y la política económica sobre la opinión pública. Tenemos un ejemplo ilustrativo de ello en los datos de los Publiscopios realizados durante estas cuatro últimas semanas, cuyos resultados agregados se presentan hoy. Las oleadas realizadas hace tres y cuatro semanas (exactamente entre los días 17 y 19 y 24 y 26 de mayo) daban unas diferencias en intención de voto entre PP y PSOE de cinco y seis puntos, respectivamente. En la oleada realizada a fin de mes (entre 31 de mayo y 2 de junio), en cambio, se abrió un abismo de 11 puntos a favor del PP. Pero luego, en la oleada de la semana pasada (7-9 de junio), la diferencia volvió a reducirse drásticamente a sólo cuatro puntos.

El proceso podría acabar con una mutación de la imagen de Zapatero como presidente

La oleada de fin de mes, coincidiendo con nuevas muestras del deterioro de la posición financiera de España y con la filtración de que el Gobierno proyectaba abaratar el despido en una reforma laboral por decreto, refleja el impacto muy negativo producido en la opinión pública por esas noticias, que, como efecto inmediato, retrajo mucho la intención de voto socialista y, por reacción, alimentó el voto de las opciones alternativas y animó el voto popular. Pero este impacto coyuntural, aunque deje cicatrices, no permite anticipar la evolución posterior de las tendencias. Basta ver cómo cambian los datos de las encuestas de una semana a otra. Conmociones políticas como las que suceden estos días tienen efectos imprevisibles: hay que ver qué lectura hace la gente de la actuación de Zapatero al final del proceso político actual, en el que se encadenan actuaciones y medidas de gran calado, de tanta potencia que podrían inducir una mutación en su imagen como presidente, que podría determinar decisivamente las tendencias electorales.

Es seguro que va a haber grandes cambios, pero no es seguro en qué sentido se producirán. Casi todo el mundo parece dar por descontado sea alegrándose, sea deplorándolo que esta coyuntura va a dejar herido de muerte a Zapatero y al Gobierno socialista, y es posible que así suceda. Pero también puede suceder que, de una coyuntura que es la más difícil que hemos vivido en la democracia, salga el presidente con una imagen muy distinta de la que hundió su valoración y credibilidad durante el año y medio de crisis, y que el electorado lo asuma. Puede depender todo, más que de las medidas que se tomen, de la explicación política de la economía. Zapatero anunció las duras medidas de su plan de ajuste del gasto público sin explicación política alguna; enmudecido para su electorado, vino a la tribuna del Congreso a decir: 'Esto es lo que hay'. Probablemente muchos de sus votantes habrán leído en sus gestos mudos el discurso político que él no ha enunciado.

Más difícil les resultará adivinar por qué 'ahora no tocan' otras medidas, como el impuesto a los patrimonios mayores o a las rentas más altas. Y cada vez les será más difícil construir por su cuenta el discurso político para sostener la reforma laboral o la del sistema de pensiones, que vienen a continuación, y no hundirse en la depresión. Si el único discurso que escuchan es el lúgubre de la economía, los votantes se quedarán en su casa. Cuanto peor es la coyuntura económica, más indispensable es la política.