Chupadores de dinosaurios

Dos científicas españolas descubren en Rábago (Cantabria) uno de los yacimientos de ámbar más importantes del Cretácico

MANUEL ANSEDE Rábago (Cantabria) 10/09/2008 00:01 Actualizado: 10/09/2008 14:55

Mosquito chupador sangre atrapado en ámbar (Yacimiento de Rábago)

Mosquito chupador sangre atrapado en ámbar (Yacimiento de Rábago)

Hace unos 110 millones de años, cerca de la actual localidad cántabra de Rábago, un mosquito ceratopogónido se encaramó al ojo de un dinosaurio iguanodonte y le succionó la sangre. Tras el atracón, voló hasta un frondoso bosque de coníferas, en la costa del Mar de Tetis, y quedó atrapado en la resina. Allí sigue, congelado en un pedazo de ámbar. Una fotografía perfecta del Cretácico Inferior. Pero aquella masa boscosa es ahora la cuneta de la carretera de acceso a la cueva de El Soplao, a 80 kilómetros de Santander. El pasado febrero, dos científicas del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) se encontraron en la Sierra del Escudo de Cabuérniga con el que parece uno de los yacimientos de ámbar más importantes de la época, más de 40 millones de años antes de que un meteorito provocara la extinción de los dinosaurios.

El principal interés del ámbar de Rábago es la abundancia de insectos encerrados en esta resina vegetal fosilizada. Los investigadores han analizado sólo algunas piezas recogidas sin más en el desangelado arcén y han encontrado avispas, escarabajos, chinches, moscas, mosquitos chupadores de sangre y otros artrópodos. Casi todos, de especies desconocidas para la ciencia. “Es un yacimiento excepcional, como si alguien hubiera tirado allí kilos y kilos de ámbar”, explica, todavía sorprendido, el especialista en insectos fósiles del IGME Enrique Peñalver. Y todavía no se sabe qué hay bajo la tierra. De momento, Peñalver se frota las manos. El Cretácico Inferior es el periodo geológico en el que aparecieron grupos de insectos tan importantes como las hormigas, y Rábago puede despejar muchas incógnitas.

Una araña encerrada en ámbar de Rábago.

La instantánea tomada por el ámbar en el Cretácico no sólo sirve para describir nuevas especies. También da información sobre su comportamiento. En la resina aparecen hormigas acarreando a sus presas, insectos copulando, telas de araña y, a buen seguro, habrá otras sorpresas. “Un hallazgo increíble sería encontrar una pluma de dinosaurio con un parásito, como un piojo o una liendre. O un pelo de algún mamífero”, expone el geólogo. Según el equipo científico, la veta puede contener miles de insectos atrapados en el tiempo.

El hallazgo ha resucitado la fantasiosa idea, reflejada en la película Parque Jurásico, de clonar dinosaurios a partir del ADN encontrado en los mosquitos chupadores de sangre contenidos en el ámbar. Para Peñalver, es absolutamente impensable. El ADN es una molécula que se degrada en seguida y, por otro lado, el ámbar ha conservado en buenas condiciones los exoesqueletos de los insectos, pero no su aparato digestivo. “Además, aunque reconstruyéramos los cromosomas de los dinosaurios, necesitaríamos un óvulo de esa especie para poder clonarlos”, sostiene.

El filón de Rábago, en cualquier caso, es una rara avis. Los yacimientos con ámbar del Cretácico Inferior son muy escasos en todo el mundo. Y la presencia de bioinclusiones –insectos, pelos, plumas– es aún más extraña. Además de en varios puntos de Álava y San Just (Teruel), existen depósitos similares sólo en Líbano, Jordania, Reino Unido y Austria. Por ello, el director de la cueva de El Soplao, Fermín Unzúe, cree que se hallan ante “una nueva Atapuerca”. Quizá, especulan, esta ingente cantidad de ámbar es el fruto de la acumulación en el estuario de un río tras una tormenta. La solución podría llegar en noviembre, cuando comiencen las excavaciones, que darán trabajo a varias generaciones de investigadores.

En opinión de la geóloga Idoia Rosales, descubridora de la veta de Rábago junto a su colega María Najarro, el estudio de los fósiles encerrados en el ámbar también arrojará luz sobre los cambios climáticos del pasado. Hoy, el entorno de la cueva de El Soplao está dominado por robles, hayas y abedules. Pero, en el periodo Cretácico, la concentración atmosférica de dióxido de carbono, responsable del efecto invernadero, era mucho mayor a la actual y la temperatura pudo ser entre seis y 12 grados superior. Los bosques resiníferos, habitados por dinosaurios emplumados del tamaño de una paloma, estaban poblados por especies de coníferas ya extintas y ginkgos. “Es un poco controvertido, pero algunos investigadores piensan que las burbujas de aire atrapadas en el ámbar nos pueden servir para conocer cómo era la atmósfera de la época”, dice con esperanza Rosales. Aire del Cretácico Inferior en el siglo XXI.

La edad del ámbar lo hace, a su vez, idóneo para estudiar uno de los momentos cruciales en la evolución de los ecosistemas terrestres: la aparición de las angiospermas, las plantas con flores. Si alguien viajara en el tiempo a un bosque de hace 110 millones de años, lo primero que le llamaría la atención sería la ausencia de flores. Fue en el Cretácico Inferior cuando las recién nacidas angiospermas, ayudadas por los insectos polinizadores, consiguieron expulsar a los helechos de los bosques.

Hoy, en la cuneta de la carretera de acceso a El Soplao, tampoco hay muchas flores. Dos lonas de unos 100 metros cuadrados tapan el yacimiento y un vigilante de seguridad custodia la zona durante 24 horas al día para evitar la actuación de los expoliadores. Poco después de anunciarse el hallazgo, un grupo de personas intentó llevarse fragmentos de ámbar situados en la ladera. Al ser piezas únicas, con insectos no encontrados en ningún otro lugar del mundo, pueden alcanzar un valor incalculable en el mercado negro. El Parque Cretácico cántabro, prácticamente indefenso, vale ya millones de euros.

 

Desafío a la ley de la gravedad‘Excéntricas’ en la cueva de El Soplao (Cantabria).

El Gobierno cántabro está tramitando una petición para que la cueva de El Soplao obtenga la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, como ocurrió con 17 cuevas rupestres de la cornisa cantábrica el pasado mes de julio.

La cavidad, situada en la Sierra de Arnero, está considerada una joya geológica gracias a las miles de formaciones excéntricas que decoran sus paredes. A diferencia de las estalactitas o las estalagmitas, las excéntricas no tienen un eje. Desafían la ley de la gravedad, creciendo en todas las direcciones, como si fueran pompones de piedra.

La intención del director de El Soplao, Fermín Unzúe, es crear un museo del ámbar, patrocinado por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria, para completar el conjunto formado por la cavidad y su entorno, que incluye los espacios protegidos del Parque Natural de Oyambre y la Reserva Nacional del Saja. Unos 300.000 turistas visitan cada año la cueva y los valles del Nansa y Cabuérniga, donde abundan animales como el zorro, el jabalí y el corzo. En las zonas sin presencia humana, es habitual la presencia del lobo y, en ocasiones, del oso ibérico. La Cueva de El Soplao es conocida por los mineros desde hace más de un siglo, pero no se abrió al público hasta el año 2005. Según Unzúe, esta capilla sixtina del subsuelo permaneció oculta debido a la “falta de visión” de los anteriores responsables de la Consejería de Cultura, del Partido Popular.

2 Comentarios
  • pucelana
    #2 Vota Vota

    0 i pucelana 10-09-2008 20:56

    parece que no hay muchas novedades con las que rellenar, que tenéis que volver a dar como noticia algo que ya se publicó en esta misma web hace meses.

  • viva cantabria
    #1 Vota Vota

    -3 i viva cantabria 10-09-2008 16:25

    La Cueva del Soplao, metros de ambar y la presencia de bioinclusiones- insectos, pelos, plumas. historia pura, no alterada por la mano del vencedor.

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Generado: 2012-05-28 20:41:19