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El cosmos juega a las muñecas rusas

Una teoría cosmológica propone que cada universo está anidado en otro mayor como un residuo de materia

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El 24 de mayo de 1543 murió el astrónomo Nicolás Copérnico, al tiempo que se publicaban los primeros ejemplares de su obra Sobre las revoluciones de las esferas celestes, que darían a conocer que ni el hombre ni su planeta son el centro del universo: el Sol y la Tierra son sólo ínfimas partes de un todo. Ese todo se pone ahora en entredicho en un artículo publicado en Physics Letters B. El texto afirma que el universo no es más que el residuo de la materia absorbida por un agujero negro de un universo mayor.

En teoría, los agujeros negros se forman tras el colapso de una estrella de gran masa que se concentra sobre sí misma, lo que genera un campo gravitatorio tal que ni siquiera la luz escapa a su atracción. Algunos de ellos pueden crecer enormemente devorando la materia a su alrededor. La Vía Láctea alberga en su centro un agujero negro con una masa de cuatro millones de soles y similar a los presentes en el centro de otras galaxias.

Según la teoría convencional, la materia que rodea a un agujero negro es atraída hasta traspasar su horizonte de sucesos, una frontera entre el interior y el exterior del agujero, donde la atracción gravitatoria supera la capacidad de la luz para escapar. Una vez traspasado este umbral, la materia entra en la región central del agujero, conocida como singularidad, que es donde la gravedad es tan inmensa que deforma el espacio-tiempo. No obstante, nunca se ha observado de forma empírica la existencia de agujeros negros, sino que 'se nota su presencia debido a cómo se comporta la materia a su alrededor', explica el catedrático de Astronomía y Cosmología de la Universidad Politécnica de Catalunya, Enrique García-Berro.

Así, la materia atraída por el agujero permanecería en su interior aportando más densidad a la formación. No obstante, según el autor del artículo, el investigador del departamento de Física de la Universidad de Indiana (EEUU), Nikodem Poplawski, la materia nunca llegaría a entrar en la singularidad del agujero. En su lugar, al alcanzar el horizonte de sucesos (punto B, ver gráfico), reaparecería al otro lado del agujero (punto C), donde comenzaría a formar parte de un nuevo universo.

Poplawski afirma que el agujero negro no es una tumba de materia, sino una puerta hacia una nueva existencia. Para ello, el autor utiliza el concepto de agujero de gusano, también conocido como puente de Einstein-Rosen, que actúa como un atajo entre ambos universos. Este pasillo se formaría 'por el solapamiento de los horizontes de sucesos del agujero de entrada y el de salida', explica Poplawski. Debido a que los agujeros negros sólo pueden absorber, para que la materia pueda salir al otro lado se requiere el reverso físico del agujero negro, conocido como agujero blanco.

Si se sabe poco de los agujeros negros, sus hermanos inversos generan aun más interrogantes. Los agujeros blancos 'son soluciones matemáticas que representan curvaturas extremas y muy especiales del espacio-tiempo', explica Carlos Barceló, del Instituto de Astrofísica de Andalucía. Nunca se ha detectado su presencia en nuestro universo. La curvatura de estos elementos provoca que nada sea capaz de penetrar en ellos. En lugar de eso, 'actúan como una estrella ideal que lo emite todo pero no absorbe nada', añade.

Al acercarse al agujero, 'la materia se va colapsando sobre sí misma hasta que cruza el horizonte de sucesos, donde comienza a reexpandirse a modo de Big Bang al otro lado del agujero', afirma el autor de la investigación. Así, el universo conocido no sería más que el despojo de la materia de un universo superior, que fue absorbida por un agujero negro.

El físico asegura que 'cada vez que el colapso de una estrella produce un agujero negro, un nuevo universo se forma dentro de él'. Por lo tanto, cada uno de los agujeros negros del universo conocido contendría otro universo más pequeño en su interior, al tiempo que el universo conocido estaría enclavado en un universo mayor. Como un juego de muñecas rusas, pero en el que cada figura puede contener otras en su interior, cada una repitiendo el mismo patrón.

Los expertos coinciden en que el trabajo de Poplawski es matemáticamente correcto; no obstante, se muestran escépticos. 'Puede ser y puede no ser', advierte García-Berro. El principal problema es 'que no se puede comprobar', añade. Frente al artículo de Poplawski se levanta la teoría del Big Bang, con 'multitud de pruebas observables que encajan muy bien', explica Barceló. Según el físico, la teoría de Poplawski requiere 'condiciones muy específicas, y muchas no se han comprobado'. 'Si no ponemos restricciones en la ciencia teórica, entonces todo es posible', concluye.