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El demonio es una locura contagiosa

Un brote de histeria colectiva en Nicaragua es un nuevo caso de un extraño mal sin explicación científica definitiva

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Una chica de 15 años con siknis puede con seis o siete hombres. No logran dominarla y es preciso atarla con sábanas'. La increíble descripción, recogida la pasada semana en el periódico nicaragüense Nica Times de labios del responsable regional de salud, Centuriano Knight, se refiere a los efectos de una extraña forma de locura colectiva que reaparece cada varios años en las comunidades indígenas misquitas, en la zona del río Coco, cercana a la costa atlántica de Nicaragua.

Knight detalló al diario que el mal afecta ya a 43 personas de tres aldeas y que una comisión que incluye varios curanderos ha viajado a las comunidades del río Coco para tratar de frenar la epidemia.

En el último decenio se han registrado al menos cuatro brotes de grisi siknis (del inglés crazy sickness, enfermedad de la locura), un mal conocido en la costa misquita desde antiguo. Según el Instituto de Medicina Tradicional y Desarrollo Comunitario de la Universidad nicaragüense Uraccan, se extiende como un contagio, sobre todo entre chicas de 15 a 18 años, y los ataques pueden durar varios meses.

Los síntomas consisten en un trance catatónico que alterna con ataques de pánico e histeria, a veces acompañados de impulsos violentos. Según Nica Times, en un brote anterior en 2003, los enfermos blandían machetes con los que se defendían de supuestos espíritus malignos que querían abusar sexualmente de ellos. En otro episodio en 2005, El Nuevo Diario informaba de pueblos enteros destruidos por los endemoniados y de cómo estos habían perseguido a la comisión gubernamental armados con piedras, palos y machetes.

Varios enfoques aportan hipótesis diferentes a la naturaleza de este mal, que continúa siendo un acertijo científico. Algunos expertos no descartan un síndrome tóxico por envenenamiento con mercurio u otras sustancias, o incluso una patología infecciosa. Pero para la psiquiatría, el siknis es un tipo de enfermedad psicogénica de masas (EPM), una histeria colectiva capaz de propagarse como una rápida infección y que encuentra su caldo de cultivo en situaciones sociológicas de gran estrés, como guerras o hambrunas.

El antropólogo Phil Dennis, profesor de la Universidad Tech Texas (EEUU) y experto en grisi siknis, habla de síndrome ligado a la cultura, ya que otras comunidades aisladas o autosostenidas sufren males parecidos, como el pibloktoq o histeria ártica de los esquimales. Otro factor que revela un sustrato cultural es el hecho de que los afectados no mejoran con fármacos, pero sí con remedios naturales preparados por los curanderos locales. Para los misquitos, el siknis pauka alkan en lengua local es producto de un maleficio. Dennis no trata el problema como una mera superstición, sino como el equivalente cultural de la anorexia y la bulimia que proliferan en las sociedades occidentales.

La EPM es el posible demonio detrás de muchas conductas achacadas a la magia negra, como el caso de las brujas de Salem en 1692. El mismo origen pudo tener el insólito impulso que en julio de 1518 lanzó a cientos de residentes de Estrasburgo a danzar hasta la muerte, en la mejor documentada de una decena de epidemias de baile que sacudieron la Europa medieval. Según el historiador John Waller, autor de un libro sobre el suceso, la hipótesis de la EPM goza de más aceptación que la alternativa, un envenenamiento por cornezuelo del centeno, un hongo psicoactivo.

También se atribuye a la EPM la epidemia de risa de Tanganika, que en 1962 se extendió por la región de Bukoba, en la ribera del lago Victoria, en la actual Tanzania. El caso, publicado en la revista Central African Journal of medicine, comenzó con un chiste contado en un internado de chicas. Los ataques incapacitantes de risa y llanto en 95 de las 159 alumnas obligaron a clausurar la escuela, lo que extendió el contagio a las aldeas.

La epidemia de risa afectó en total a más de 1.000 personas, forzó el cierre de 14 colegios y sólo la cuarentena logró su remisión, dos años y medio después de la primera carcajada. Rankin y Philip, los médicos que investigaron el suceso, buscaron una toxina o un agente infeccioso. Nunca los hallaron.