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Entrevista a Xurxo Mariño "Si no tienes conocimientos científicos, terminarás opinando lo que opinan otros"

Xurxo Mariño, biólogo y experto en neurofisiología, narra su fascinante viaje alrededor del mundo en su último libro, 'Tierra' 

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El autor de 'Tierra', en Ecuador. / FOTO: ELISA COUTO


Si usted se despertase mañana y su cerebro fuese una liviana hoja en blanco, agradecería tener a Xurxo Mariño (Lugo, 1969) como guía para abrirse paso en este mundo —aunque quizás sería más correcto decir estos mundos, como explicará más adelante este inquieto biólogo con alma de fotógrafo—. Un recurso más práctico, sobre todo para este intérprete de la realidad, sería encomendarse a la lectura de Tierra (Extramuros-Xerais), que narra en primera persona una fascinante vuelta al mundo de casi un año de duración.


Profesor del Departamento de Medicina de la Universidade de A Coruña, Mariño es un apasionado de la geología y la astronomía, por lo que el libro —una invitación a la vida— está trufado de datos curiosos para el neófito que enriquecen un cuaderno de viajes en el que también cabe un ameno estudio de la naturaleza y algunos apuntes personales de antropología que no escatiman el sentido del humor. Como, además de gran conversador, el autor está especializado en neurofisiología, la entrevista zigzaguea entre la mente humana y las maravillas del planeta tierra.


¿Los biólogos son médicos frustrados?

Para nada. A la gente que se dedica a la medicina por pasión le interesa el cuidado y el funcionamiento del cuerpo humano. En mi mundo, hay biólogos de bata y biólogos de bota. No sentimos pasión por sanar a seres humanos, sino por comprender la naturaleza y por investigar. Los soldados de los batallones de la investigación en biomedicina son biólogos, no médicos, que se dedican más a la clínica.

Se lo decía porque hay biólogos que querían ser médicos y no pudieron materializar su vocación debido a que, entre otros motivos, no les dio la nota.

Yo nunca quise ser médico. Siempre he hecho lo que más me ha entusiasmado. Cuando estudiaba en el instituto, descubrí la informática y le rompí la cabeza a mis padres hasta que me compraron un Sinclair ZX81, o sea, el predecesor del Spectrum. Quería ser informático, pero con catorce años ya era experto en computadoras, por lo que di por ventilada esa faceta. Entonces, me empezó a interesar la biología y la astronomía. De hecho, vendí el ordenador para comprarme unos prismáticos y seguir el cometa Halley. Dos de mis aficiones, la astronomía y la geología, se plasman en el libro. Y lo bueno es que ambas son gratis: en cualquier lugar del mundo hay rocas y cielo.


Una vez matriculado en Biología, usted iba para entomólogo, pero terminó de neurocientífico, estudiando el sistema nervioso y el encéfalo. ¿Cuánto nos falta por aprender de los insectos?

Hice investigaciones con escarabajos, si bien no me llenaba intelectualmente, porque había mucha taxonomía y descripción. Ahora bien, los insectos son fascinantes. Es una parte del reino animal que se ha diversificado de forma extraordinaria: hay insectos acuáticos que vuelan y son terrestres. Muchas de sus características, como las aerodinámicas o su forma de volar, se utilizan para desarrollar aparatos tecnológicos. La neurociencia llegó a la hora de elegir la tesis doctoral.

Actualmente, en la ciencia hay dos grandes campos abiertos: la cosmología y el sistema nervioso. Ahí están los dos grandes misterios del conocimiento: ¿cómo es posible que tengamos mente?, ¿cómo se genera la mente a partir de 86.000 millones de neuronas?, ¿cómo su actividad eléctrica y química dan lugar al yo? Esta noche, cuando estabas en la fase del sueño profundo, dejaste de existir. Y, misteriosamente, cuando te despiertas, la actividad de las células cambia y genera de nuevo tu yo. Es la leche…


¿Y si después del reseteo el ordenador no arrancase?

No suele ocurrir. Es muy improbable que te despiertes siendo otra persona. Sin embargo, hay gente que tiene dificultades para comprender el mundo real que supuestamente hay fuera. Sucede con la esquizofrenia: nosotros siempre estamos construyendo nuestra realidad, pero hay construcciones que se adaptan al exterior y otras que no. Por lo demás, nos seguimos despertando siendo la misma persona que éramos la noche anterior.

Suprimimos recuerdos para sobrellevar la existencia. ¿Cómo sería la vida sin esa goma de borrar?

Terrorífica, porque el exceso de información conduce a la desorientación. No es fácil gestionar toda la información que recibimos, por eso tenemos que quedarnos con una parte ínfima de lo que nos entra.


Y usted intenta que la ciencia entre como un divertimento...

Me preocupo por la comunicación científica: charlas, libros, conferencias o discurshows, que son una combinación de teatro y charla. El último, en el que me acompaña el actor Vicente Mohedano, trata sobre el lenguaje.

¿El lenguaje son matemáticas?

El lenguaje y las matemáticas son códigos simbólicos generados por la mente humana. La diferencia es que la matemática es un código construido por la cultura y el lenguaje, un código que se ha desarrollado en gran medida de forma biológica.

El latín casa con las matemáticas, ¿no?

Cuando a principios del siglo XX quisieron quitarle las lenguas clásicas a los bachilleres de ciencias, el matemático francés Henri Poincaré defendió que éstas eran muy útiles para el pensamiento racional matemático.

Aquí y ahora, están a vueltas con la Filosofía.

Quitarla del bachillerato sería un desastre. Hay algo que muchos científicos no comprenden o piensan que no necesitan: el conocimiento filosófico. Esto ha sucedido porque gran parte del trabajo de la ciencia se ha convertido en algo meramente técnico, donde reflexionan unas pocas personas y el resto son batallones de técnicos que hacen experimentos. Un buen científico tiene que comprender el marco conceptual de su labor, y la filosofía todavía tiene mucho que decir.

El autor de 'Tierra', en Namibia. / FOTO: ELISA COUTO


Si la ciencia consistiese en hacerse preguntas, ¿cuál sería la primera que deberíamos plantearnos?

¿Somos realmente capaces de comprender el mundo que tenemos delante? O sea, si el mundo es inteligible. ¿Tenemos acceso al conocimiento? La mayoría de los científicos te dirá que sí y hay filósofos que te dirán que no, pues lo que hacemos es construir modelos que son inteligibles para nosotros y que se adaptan un poco al mundo exterior.

Usted busca las respuestas con el objetivo de transmitírselas a otros. ¿La tarea del divulgador científico consiste en explicar de forma sencilla las cuestiones complejas?

Hay muchas facetas, pero consiste en traducir el resultado de la ciencia a todos los ciudadanos para que comprendan qué es lo que vamos conociendo del mundo. Y eso es importante porque ahora vivimos en una sociedad científico-tecnológica. Para tener una mente crítica, es necesario que los ciudadanos comprendan algunos aspectos del conocimiento científico.

"Ninguna maravilla de la naturaleza es capaz de superar lo compleja y abstrusa que llega a ser la mente humana"

No puedes tener una opinión formada y crítica sobre la energía nuclear si no entiendes de qué va. Igual sucede con la homeopatía, que es una estafa; con el uso de las células troncales —o sea, las células madre— o con los alimentos transgénicos. O sabes en qué consiste o terminarás opinando lo que opinan otros.


Ha explicado el cerebro en charlas de taberna, tanto aquí como en el extranjero. ¿Cómo llevan las neuronas esas conferencias etílicas?

Muy bien, siempre que no sean grandes cantidades. Un poco de alcohol es un estimulante y un desinhibidor. Dado que el ambiente es distendido, incluso ayuda a que se generen discusiones interesantes.

Los efectos de una borrachera son evidentes en el exterior, pero ¿qué pasa dentro?

Hay una relajación en la forma que tienen las neuronas de conectarse entre sí. El diálogo entre pares de neuronas deja de ser preciso y entran en un estado de baile, por explicarlo de una forma sencilla.

¿Se dicen más verdades en estado de ebriedad? ¿Somos más nosotros?

Tajantemente, no. Puedes decir cosas que no dirías en otras circunstancias, pero eso es desinhibición. Eso sí, eres un tú distinto.

El tema del café-teatro-científico varía en función del público: si en el local hay jóvenes, habla de las drogas y sus efectos; si abundan las personas mayores, del párkinson y del alzhéimer. ¡Qué pillo!

Eso sale del público, porque son discusiones que se van estableciendo sin un guion establecido. Cuando hay muchos jóvenes, suelen preguntarte: “Si fumas porros, ¿qué te pasa?”.


¿Es difícil hacer fácil lo difícil?

No es difícil, pero hay que trabajarlo. Para explicar algo a alguien, primero tienes que comprenderlo tú mismo, y eso exige un esfuerzo previo.

Siempre comenta que hay que conocer la realidad inmediata para comprender las otras o para ponerlas en comparación. Un buen día, usted decide hacer la maleta en busca de las historias que no le habían contado en clase. El resultado: Tierra.

A todos nos gusta viajar, descubrir nuevas culturas, probar comidas distintas y visitar los espacios naturales que hemos visto en los libros. Mi pareja, Elisa Couto, y yo vimos que teníamos la oportunidad de hacerlo y decidimos irnos de viaje durante un año.

¿Decepcionado con algún paisaje, monumento o rincón?

Al contrario. Algunos de esos grandes sitios que has visto decenas de veces en fotos me resultaron incluso más sorprendentes de lo que imaginaba. El glaciar Perito Moreno, Machu Picchu y los arrecifes de coral de las islas del Pacífico son sorprendentes.


¿Le resultó más interesante la naturaleza o la gente?

Las personas, porque tienes un punto de referencia: tú mismo. Me sorprendió mucho el lenguaje de clics de los san, por ejemplo. No obstante, los grandes mamíferos y carnívoros africanos son impresionantes.

Somos diferentes, somos iguales.

Claro. Hay pueblos muy distintos, aunque en el fondo todos somos homo sapiens, por lo que las emociones o los gestos son similares.

¿Tras el viaje se ha reconciliado con el género humano?

Yo vivo irreconciliado con el ser humano de manera cotidiana. Basta conducir un coche para observar comportamientos egoístas. Pero cuando andas por ahí te reconcilias, porque esencialmente la gente es buena, acogedora y amable. Ahora bien, en este viaje no fuimos a países en conflicto.

Tampoco fueron a países musulmanes.

Bueno, a países donde legalmente la mujer tiene un estatus inferior al del hombre. Esto, sobre el papel, porque luego hay machismo en muchas partes. Como decía antes, es en el día a día cuando no te reconcilias, porque ves que hay egoísmo, agresividad o asesinatos de mujeres.

El autor de 'Tierra', en el Gran Cañón. / FOTO: ELISA COUTO


Antes de viajar por el planeta, lo hizo por la mente humana. ¿Qué le deparó más sorpresas?

Ninguna maravilla del planeta tierra supera lo compleja y abstrusa que llega a ser la mente humana, tanto en su funcionamiento normal como en los funcionamientos extraños del cerebro.

Cada persona puede percibir un mundo distinto. Salimos del cerebro y entramos en la filosofía, aunque también ponemos un pie en el campo del lenguaje: cada hablante puede construir un mundo diferente en función de su idioma. La lengua, de algún modo, moldea la realidad. Por ejemplo, en una cultura que carece de algunas palabras hay conceptos —desde un objeto hasta un sentimiento— que no existen, ¿no?

Ese es un tema de discusión que lleva más de cien años en el candelero entre los lingüistas: es lo que se llama el relativismo lingüístico. La pregunta esencial es: ¿el hecho de que hablemos distintas lenguas da lugar a que se construyan distintas mentes? Hay indicios de que, en determinadas circunstancias, sí.

En el ruso, por ejemplo, existen más palabras para los distintos tonos de azul que en el inglés. Y, físicamente, los rusos ven más azules que los ingleses. Algo que en principio podría parecer puramente mecánico —como la percepción de los colores— está determinado por el lenguaje que se habla. El relativismo lingüístico es fascinante y entronca con las grandes polaridades que hay en lingüística: para algunos lingüistas, el lenguaje surgió para comunicarse; para otros, surgió para articular el pensamiento interno, lo que podría significar que distintas lenguas dieron lugar a distintas maneras de interpretar el mundo.


¿Besamos con la lengua o con el hemisferio del cerebro correspondiente?

Besas con los dos hemisferios funcionando de forma conjunta.

¡Y con la lengua!

Y con ella, cuando la usas, porque también puedes dar besos sin lengua [risas].

¿Dónde se aloja el amor y el odio?

Si te respondiese en plan gallego, te diría que en dos sitios distintos. Por una parte, en el funcionamiento conjunto del encéfalo. Por otra, si tuviese que buscar un sitio concreto, hay un conjunto de regiones del encéfalo, el sistema límbico, que gestiona de manera principal las emociones. Ahora bien, al contrario de lo que se tiende a pensar, el funcionamiento del sistema para producir el yo no está tan compartimentado. Es decir, pensar que los hemisferios funcionan de forma separada —el derecho, que sería el creativo; y el izquierdo, el matemático y racional— es un error. Por lo tanto, odiamos y amamos con el sistema límbico, pero cuando el sistema límbico se integra en todo el encéfalo.


¿Ser de izquierdas o de derechas es una cuestión de cabeza o de corazón?

Es una cuestión del corazón que genera la cabeza. Aristóteles consideraba que el yo estaba en el corazón, aunque —dado que la racionalidad depende del funcionamiento del encéfalo— sin duda se trata de una cuestión de cabeza.

¿La realidad es un decorado?

La realidad es una construcción que todos generamos, y cada uno tiene su propia realidad. Está claro que hay un mundo físico ahí fuera, pero también debe estar claro es que cada encéfalo construye su propia realidad. En general, todos compartimos una parte de esa construcción. Como dice el neurocientífico Rodolfo Llinás, los seres humanos tenemos una alucinación colectiva estándar que compartimos, y por eso podemos interaccionar y comunicarnos.

Además de su realidad propia, tener conocimientos de biología, geología y astronomía también le ayudó a que, durante su viaje, haya visto un mundo distinto al que vería otra persona.

Esa capa de conocimiento extra incrementa el goce cuando viajas por el mundo, más allá del placer que pueda sentir cualquiera que carezca de él.


Afirma que “en nuestra educación ya no queda tiempo para la poesía”. ¿Habría que sacar a los alumnos a la calle y al campo para impartir algunas asignaturas?

En la medida de lo posible, la mente del docente debería estar en la calle.

¿Qué campo del conocimiento todavía no ha sembrado? 

Ahora estoy entusiasmado con la fotografía. Me interesa esa capacidad de reflejar instantes de realidad que, automáticamente, se convierten en no realidad. Porque, en cierta medida, la fotografía es también una construcción. Es la mirada de quien genera ese instante de realidad.