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¿Cómo entró Jobs en tu vida?

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Un mundo táctil

La tecnología debe ser útil, accesible y sencilla. Tras lograr que el código de los PC se rindiera ante el clic de un ratón, Jobs nos recordó que lo más cómodo es tocar lo que vemos. Primero revolucionó los periféricos, luego dejó que los sustituyera la mano. Un leve golpe con la yema del dedo para elegir, sobre la misma pantalla, si queremos leer, enviar, hablar o jugar. El dedo se desliza sobre iPhones, iPads y toda la legión de tabletas que ya funcionan, únicamente, gracias al calor de la caricia humana.

Hace una década, los gurús de la tecnología ya sabían' que el teléfono móvil se convertiría en un cacharro que sumara todas las funciones imaginables (juegos, fotografía, vídeo), más otras desconocidas (aplicaciones, mensajería automática gratuita). Pero esa idea había que llevarla a las manos de la gente y nadie lo ha hecho como el iPhone, una herramienta-concepto que ha redefinido el presente de estos aparatos.

Como en tantas otras ocasiones, Jobs no lo inventó, pero convirtió una buena idea en una norma social. Aunque el uso del walkman ya había llevado la música a las calles colgando de unos auriculares, el iPod llenó las ciudades de gente con cascos' blancos. La música se consume mientras se camina y se hace deporte, saltando de forma aleatoria de pista en pista, con canciones que se disfrutan fuera del corsé de los discos pensados por sus autores y gracias a un simple gesto de la yema del dedo.

'No hemos sido los primeros, pero seremos los mejores', es una frase que se atribuye a Jobs y que se podría convertir en un resumen de su forma de trabajar. En gran medida, se debe al líder de Apple que hoy haya en todos los hogares del mundo desarrollado un portátil o un ordenador personal, esa 'bicicleta para las mentes' de la que él hablaba. Popularizar la interfaz gráfica esa paleta de iconos con la que interactuamos en la pantalla y apostar por el diseño atractivo y manejable de los aparatos acerca la sofisticación de la tecnología a una gran masa de usuarios.

Una tienda de electrodomésticos convertida en un lugar de peregrinación. Una compañía cuyos clientes no compran, militan. Todo gracias al carisma de Jobs, que ha conseguido que los usuarios quieran aprender a consumir sus invenciones. El llamado campo de distorsión de la realidad' que conseguía que sus empleados cumplieran objetivos irrealizables, que los periodistas vitorearan en sus presentaciones, que los compradores idolatraran objetos decorados con una manzana. A eso hay que añadir la audacia de mostrarle al consumidor nuevas formas de obtener lo que busca: la tienda virtual iTunes como metáfora de lo que podría ser, más allá de sus fallos, la mejor manera de convencer al público de que pagar es cool'.

La penúltima de las grandes aportaciones que Jobs deja como legado es su visión del futuro de la información. Su idea de cómo deben evolucionar los diarios, para convertirse en plataformas, baratas pero de pago, que proporcionen un gran volumen de información al lector. Y, por supuesto, medios que lleguen al nuevo consumidor de información a través de aplicaciones que cabalguen a lomos de su iPad. Además, todavía hay quien espera que Jobs, como el Cid después de muerto, gane una última gran batalla: la de revolucionar el concepto de televisión.