Publicado: 12.09.2016 10:34 |Actualizado: 12.09.2016 10:34

Un estudio determina que los perros también necesitan que los niños les dejen respirar 

Los más pequeños disfrutan con los canes y lo demuestran jugando y acurrucándose sobre ellos a veces de una manera persistente que puede hartar al animal. Los investigadores concluyen que los canes necesitan también su parcela de libertad y calma.

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Los niños no entienden que el animal no siempre quiere que le acaricien o le sigan a todas partes. SINC

Los niños no entienden que el animal no siempre quiere que le acaricien o le sigan a todas partes. SINC

Cuando un niño se encuentra con un perro desconocido, los padres intervienen rápido y lo alejan del supuesto peligro. No ocurre lo mismo con la mascota que tienen en casa, con la que manifiestan una confianza total. Los padres permiten que los niños se diviertan y abracen sin límites a su amigo peludo, pero el animal a veces se siente acosado y reacciona mordiendo, gruñendo o marcando al menor.



El 50% de los padres permite al niño jugar o acurrucarse con el perro tanto como desee. El mismo porcentaje deja al menor con el perro sin supervisión

“Los dueños deberían reconocer las situaciones en las que su perro se siente hostigado y deberían reaccionar a tiempo. Sin embargo, la mayoría de los incidentes en los que el perro muerde ocurre justo delante de los adultos”, explica Christine Arhant, del Instituto de Cría y Protección Animal en la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena (Austria).

La investigadora ha analizado junto a su equipo las razones por las que se producen estos percances de forma tan común con la propia mascota y bajo la supervisión de un adulto. Para ello, los científicos realizaron encuestas on line y analizaron las actitudes parentales al supervisar las interacciones entre perros y niños menores de seis años.

A pesar de que gran parte de los participantes es consciente del riesgo que suponen las mordeduras de perros, la mayoría subestima los peligros de los perros pequeños. Los resultados, publicados en el Journal of Veterinary Behaviour, muestran también que los adultos consideran que las interacciones con perros desconocidos son más arriesgadas por naturaleza que las que se producen con las mascotas que viven en el hogar.

Según los científicos, prácticamente todas las situaciones que involucran al perro de la familia son consideradas inofensivas, salvo la de abrazar al perro en su cama, que es visto por los padres como un riesgo. El estudio revela que cerca del 50% de los padres permite al niño jugar o acurrucarse con el perro tanto como lo desee. El mismo porcentaje de adultos deja además al menor con el perro sin supervisión.

“La desconfianza sana que existe hacia el perro desconocido no aparece hacia el perro del hogar. La gente confía en su propio perro y descarta la posibilidad de que muerda a su hijo”, subraya Arhant. Esto implica no solo que los padres muestren una menor atención, sino que asuman también que su mascota es más tolerante y paciente que las otras. Sin embargo, “la gente debe respetar el descanso y el espacio de su perro”, añade.

Los perros necesitan su espacio

Además de los paseos diarios y un lugar para dormir y comer, los perros tienen otras necesidades básicas. Una de ellas es descansar tranquilamente alejados de los niños. En este sentido, la encuesta ha revelado que solo unos pocos padres se aseguran de que el lugar de descanso y alimentación del animal no está al alcance del menor.

Una de las necesidades básicas del perro es descansar tranquilamente alejado de los niños

“Esta separación espacial permite que los adultos no tengan que estar siempre atentos a las interacciones entre perro y niño. El menor está seguro y el animal tiene la oportunidad de relajarse sin molestias”, aclara la autora principal, para quien la ausencia de estos espacios en el día a día de los perros genera situaciones que pueden desembocar en mordeduras.

Los investigadores recomiendan que los padres observen con mayor atención a sus hijos mientras juegan con el perro, y los separen si es necesario, ya que los niños no entienden que el animal no siempre quiere que le acaricien o le sigan a todas partes. Si la mascota se siente acosada o ve su libertad comprometida, lo comunicará a través del lenguaje corporal: poniéndose tensa, gruñendo, lamiéndose el hocico frecuentemente y bostezando.