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"Hay que conciliar la diversión y el conocimiento"

El divulgador científico acaba de publicar el libro 'Por qué somos como somos', basado en las entrevistas realizadas a distintos investigadores en su veterano programa de TVE 'Redes'

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A juzgar por su biografía, nadie podría haber supuesto la dedicación incansable a la divulgación científica de Eduardo Punset (Barcelona, 1936). Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid y máster en Ciencias Económicas por la Universidad de Londres, Punset, que desempeñó un destacado papel en el primer Gobierno democrático posterior a la muerte de Franco, es desde hace 12 años el alma máter del programa Redes, un espacio de culto que la segunda cadena de Televisión Española emite los domingos de madrugada y cuya amenaza (nunca confirmada) de retirada el año pasado provocó las quejas de numerosos usuarios de Internet, desde donde también se puede seguir el programa. Fruto de las entrevistas mantenidas en Redes, la editorial Aguilar acaba de publicar ¿Por qué somos como somos?, un compendio de reflexiones sobre todo lo que afecta al ser humano, desde la biología hasta el sexo.

¿Por qué decidió dedicarse a la divulgación científica y qué es lo que más le atrae de este área?

Se debe sobre todo al cambio de escenario que se ha experimentado con respecto a la ciencia. Hasta hace muy poco tiempo, la ciencia era una especie de pozo en el que la gente sabía cada vez más de menos cosas, hasta que lo sabía todo de nada. En los últimos 10 años, sin embargo, estamos pasando a otro escenario en el que la ciencia ha irrumpido en la cultura popular y está resolviendo problemas concretos de la gente a los que nadie había dado respuesta. Me refiero básicamente a qué pasa dentro de las personas cuando se enamoran, sufren o se estresan; de todo esto, nadie había dicho nada y ahora resulta que es de una importancia trascendental, de ahí viene mi interés por la ciencia. El libro ¿Por qué somos como somos? es una manera de sustentar y de disfrutar este nuevo escenario.

Parece que la sociedad está cada vez más interesada por la ciencia. ¿Cree que se debería fomentar más la divulgación científica, por ejemplo en las escuelas?

Lo realmente básico es que los resultados ya obtenidos por la investigación científica lleguen a la gente de la calle. En este sentido, me parece vital que el sistema educativo empiece, de una vez por todas, a enseñar a los niños y a los jóvenes a gestionar la única cosa con la que vienen al mundo, que son sus emociones básicas y universales. Estos niños no tienen ni idea de lo que es el amor, el odio, la felicidad.... El milagro es cómo se ha podido vivir miles de años sin esta educación de la inteligencia emocional y social. Ha sido el producto de la influencia del pensamiento dogmático con relación al pensamiento científico.

¿Y hay algún responsable de esta falta histórica de comprensión de la ciencia?

La culpa no es sólo de los gobiernos o de las televisiones que emiten programas como Redes en horarios intempestivos, sino de nosotros mismos, que no hemos aprendido todavía a pasar de una situación en la que se decía 'la letra con sangre entra' a un escenario moderno en el que se ha demostrado científicamente que es preciso conciliar el entretenimiento con el conocimiento. Ésta es la segunda gran prioridad, después de enseñar a gestionar las emociones.

Su último libro está basado en testimonios de científicos que han pasado por Redes. ¿Puede destacar alguno que le haya impactado positivamente?

A lo largo de los 12 años del programa ha habido dos ideas que han sido defendidas por distintos protagonistas y que son las que más me han impactado. Una es constatar que no es fácil discernir un propósito, un objetivo, en la historia de la evolución. El que mejor la defendió fue el paleontólogo ya fallecido Stephen Jay Gould, que me decía: 'Yo he visto, a través de los fósiles, desaparecer figuras extremadamente simétricas, bellas y eficientes, que cumplían su cometido como nadie y que, sin embargo, en una de las grandes extinciones, desaparecían para siempre'. La segunda idea la defendió sobre todo el físico y Nobel Heinrich Rohrer, que me decía que las diferencias entre la materia viva, la inerte y la inteligencia son mucho más imprecisas de lo que la gente cree. Esto lo he tenido presente toda la vida y ha hecho que no me olvide de un grafiti que vi en el metro de Nueva York, que decía: '¿Hay vida antes de la muerte?'. Esto es realmente lo importante.

¿Y ha tenido alguna decepción?

Es raro, quizás sea alguna especie de distorsión mental, pero no recuerdo un personaje del que algo no haya aprendido. Eso sí, en este campo, uno tiene sus predilecciones y las mías van hacia las personas que defienden posturas que representan la antítesis de lo que defendía el dictador François Duvalier, Papa Doc. Yo he visto salir a este hombre al balcón y decir: 'Soy invisible'. Y nadie le replicaba: 'Oiga, demuéstremelo'. Era la encarnación del pensamiento dogmático, que es de lo que ha vivido la humanidad durante prácticamente toda la existencia.

En este libro vuelve a tratar un asunto que ya protagonizó una obra suya anterior, la búsqueda de la felicidad. ¿Hay alguna clave para ser feliz?

De nuevo, parece increíble que no se haya estudiado antes un tema tan importante como éste. Hoy, gracias a la ciencia, sabemos qué factores están correlacionados con los índices de felicidad. Sabemos, por ejemplo, que, al contrario de lo que la gente cree, el nivel de renta no está asociado a la felicidad, excepto cuando se vive por debajo del nivel de subsistencia. La relación personal es la dimensión más significativamente correlacionada con los índices de felicidad.

El año pasado superó usted un cáncer de pulmón, una experiencia dura. ¿Ha aprendido algo de ello?

Me ha reafirmado en convicciones que ya tenía, como lo que le comentaba antes de la imprecisión entre materia inerte, materia viva e inteligencia. Si eres consciente de esto, no encuentras ningún trastorno fundamental en un determinado estado de la materia que acentúe más la muerte que la vida. También he descubierto una mayor solidaridad, un mayor altruismo en los pasillos abarrotados de los hospitales mientras la gente se inyecta esos venenos; me hace pensar que el nivel de moralidad y de altruismo innato es mayor que el que nos habían contado los científicos y los biólogos.