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Houston, tenemos un comprador

La venta del manual de operaciones del 'Apolo 13' enfrenta a un astronauta con la NASA. No es el primer conflicto por el trapicheo de recuerdos de misiones

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El 13 de abril de 1970, Jim Lovell, comandante del Apolo 13, apuntó unos numerajos en el libro de operaciones del módulo lunar Aquarius. Esa pequeña nave debía haberle llevado hasta la Luna, pero eso fue antes de que un tanque de combustible reventase a 300.000 kilómetros de la Tierra poniendo en riesgo su vida y la de sus dos compañeros. Tras la explosión, los tres tripulantes se agarraron al Aquarius como si fuese un salvavidas. Lovell tomó el libro de operaciones del módulo lunar y apuntó una serie de cálculos cuyo objetivo final era dar media vuelta y volver a casa usando la gravedad de la Luna como pivote en un vehículo no diseñado para hacer esas piruetas. Si aquellos cálculos eran erróneos, los viajeros del Apolo 13 se perderían para siempre en el espacio.

Como todo el mundo sabe, cuatro días después los astronautas Lovell, Swigert y Haise volvieron a la Tierra sanos y salvos y se convirtieron en héroes nacionales. Lo que se ignoraba era que aquel libro de instrucciones de 70 páginas unidas con anillas y manchadas con los garabatos de Lovell batiría un récord mundial más de 40 años después.

El pasado noviembre, el manual de operaciones del Apolo 13 se vendió en una casa de subastas en EEUU por 388.375 dólares (casi 300.000 euros), el precio más alto que se ha pagado nunca por un documento espacial. Fue adquirido por un comprador de la Costa Este de EEUU al que la casa de subastas Heritage Auction no quiso identificar, según Collectspace.com. Por ahora, el artículo no llegará a su comprador.

Tras la noticia de la subasta, la NASA exigió a Heritage Auction que detuviese la venta, ya que considera que el libro es propiedad de la agencia espacial, y, por ende, del Gobierno de EEUU. De entre los 200 artículos espaciales subastados en noviembre, la NASA también congeló la venta de otros cuatro artículos de las misiones Apolo que los astronautas Rusty Schweickart y Alan Shepard querían vender.

La decisión ha tomado por sorpresa a los astronautas, que se niegan a aceptar que no pueden vender los objetos que se llevaron al terminar sus misiones con el beneplácito de la agencia y que ahora la NASA quiere recuperar para exhibirlos en un museo.

“Cuarenta y dos años después, en el Apolo 13 seguimos teniendo un problema”, espetó el lunes Jim Lovell, radiante a sus 83 años, en una entrevista con la Fox. Lovell contó a la presentadora que hace poco encontró el polvoriento manual en una estantería de su casa y que estuvo “a punto de tirarlo”. Sin embargo decidió averiguar si tenía interés para una subasta. El tocho se vendió por 15 veces más que el precio inicial, para alborozo de Lovell, antiguo capitán de la Marina que regenta un restaurante en Chicago. A ese extraordinario precio puede haber contribuido que el manual aparecía en una intensa secuencia de la película Apolo 13 en la que Tom Hanks, en el papel de Lovell, apuntaba los cálculos para el cambio de rumbo en el documento y suspiraba: “Si todo este papeleo está mal hecho, quién sabe dónde acabaremos”.

Lovell apareció el lunes en televisión junto a otros tres veteranos astronautas del programa Apolo que defendieron a su compañero a capa y espada. El debate de si estas viejas glorias están en su derecho de vender recuerdos o están sacando tajada con material que no les pertenece ponía a la NASA a las puertas de una nueva crisis de relaciones públicas.

La culpa es en parte de la propia NASA. “Hace 40 años, los astronautas no podían llevarse lo que quisieran”, explica a este diario Robert Pearlman, director de Collectspace.com.

Debían pedir permiso a sus superiores y estos a sus jefes. Esos permisos se dieron de forma correcta. El problema, dice Pearlman, es que “los préstamos eran todos verbales”. Esa política ha originado un boyante mercado de compraventa de recuerdos espaciales que se cuentan por “cientos” y que pueden llegar a alcanzar un precio de “un millón de dólares”.

En 2011, la NASA dio un puñetazo sobre la mesa y comenzó una campaña de recuperación de objetos. En su empeño llevó a los tribunales a Edgar Mitchell por intentar vender una cámara de vídeo que voló a bordo del Apolo 14. En abril, la NASA desistió de ir a juicio, ya que Mitchell renunció a la venta y devolvió la cámara para que se exhibiese en un museo.

En esta ocasión la NASA, ante el jefe del Apolo 13 y otros míticos astronautas, ha optado por ser conciliadora. El lunes, su jefe, Charles Bolden, recibió a Lovell y a otros tres astronautas para intentar buscar una solución. No llegaron a un acuerdo, pero Bolden dijo que estos “héroes americanos” habían actuado “de buena fe” y acordaron pactar “la forma legal” para resolver el tema de la propiedad.

Tras el encuentro, Eugene Cernan, otro de los asistentes a la reunión, espetaba en la Fox: “Esos objetos nos pertenecen. En aquellos tiempos estábamos yendo a la Luna y no había tiempo para papeleos”. “Estoy resentido con esta falta de confianza”, añadió.

A pesar de la cautela de Bolden, la Oficina del Inspector General (OIG) de la NASA, que funciona con total independencia, ha abierto una investigación. “La OIG podría decidir hacer lo mismo que hicieron con Mitchell”, opina Pearlman.

“No me parece bien que vendan esos objetos”, opina Luis Ruiz de Gopegui, director de la estación de la NASA en Fresnedillas de la Oliva (Madrid) durante la llegada del hombre a la Luna a bordo del Apolo 11. Resalta que los materiales de las misiones eran “recuerdos” que la NASA permitía llevarse a casa.

Él mismo tiene aún dos manuales de vuelo del Apolo 11 sobre su escritorio que conoce al dedillo. Venderlos “no estaría bien”, opina. “No sé si es lícito que lo vendan, pero no me parece honesto”, señala.

El español Samuel Hernández, que es junto a Jordi Gasull uno de los mayores coleccionistas de objetos espaciales de Europa, tiene claro a quién pertenece este material. “El propietario original y legítimo es la agencia espacial y los astronautas saben perfecta-

mente el valor de esas piezas”, opina. En su colección, spacecollection.es, hay más de 250 piezas. Entre ellas hay dos manuales parecidos al de Lovell y el traje de astronauta de Jim Irwin que compraron a la viuda del piloto espacial. “Somos asiduos a subastas y nuestro objetivo es montar un museo del espacio en España “, concluye Hernández.