Publicado: 21.07.2015 11:16 |Actualizado: 21.07.2015 11:16

Olores para diagnosticar el autismo en niños

Unos experimentos indican que el olfato puede ser un marcador fiable del síndrome.

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Ilustración del experimento para medir la reacción a diferentes olores en niños.- Ofer Perl.

Ilustración del experimento para medir la reacción a diferentes olores en niños.- Ofer Perl.

Existían indicios de que la reacción física a los olores, sean agradables o desagradables, es distinta a la habitual en los niños autistas en mayor o menor grado. Sobre esta base, unos experimentos realizados en Israel han confirmado estos indicios y han avanzado hacia la utilización del olfato como marcador para el diagnóstico precoz del autismo en niños. Los propios científicos señalan que la herramienta todavía no está lista para su aplicación clínica pero afirman que es una línea de investigación prometedora.

La reacción al sentir un olor agradable es habitualmente aspirar más profundamente de lo normal, lo mismo que ante un olor desagradable se limita la cantidad de aire aspirado, lo que se suele describir gráficamente como arrugar la nariz. Ahora se ha comprobado que este ajuste involuntario ante los estímulos olfativos no funciona en los niños autistas, que tienden a mantener constante la cantidad de aire aspirado, sea cual sea el olor.



“La diferencia en el patrón del uso del olfato en los niños en desarrollo típicos y los niños con autismo fue enorme”, explica Noam Sobel, que ha dirigido la investigación. Se midió el flujo de aire nasal en 18 niños con un ritmo típico de desarrollo y 18 niños diagnosticados con trastornos del espectro autista (el término médico aceptado para un síndrome mal conocido todavía). La edad media de los sujetos era de siete años y se utilizaron olores de rosa y de champú como estímulos agradables y de leche agria y pescado podrido como estímulos desagradables.

En el primer grupo los niños ajustaron a los olores que se les presentaban el flujo de aire que aspiraban en un plazo medio de 305 mili segundos, mientras que los niños con autismo no respondieron prácticamente a los distintos olores, aunque eso no quiere decir, indican los investigadores, que no tengan olfato. En algún caso, un sujeto diagnosticado con trastornos graves en el comportamiento social pero no en la habilidades motoras, la reacción fue incluso la inversa (olfateó con más intensidad los olores desagradables).

Doble cánula nasal en un niño de dos años para recibir olores y medir su reacción.- Ofer Perl.

Doble cánula nasal en un niño de dos años para recibir olores y medir su reacción.- Ofer Perl.

Cada niño estuvo sentado durante el experimento frente a una pantalla viendo dibujos animados y los olores le llegaban por una cánula nasal, mientras otra cánula similar conectada a un aparato servía para medir el flujo de aire.

En general, en el 81% de los casos se hubiera podido diagnosticar el síndrome sin más datos, señalan los investigadores, pero la muestra es pequeña por lo que serán necesarios más experimentos. “Podemos identificar el autismo y su grado de afectación en menos de 10 minutos con una prueba que es totalmente no verbal y no precisa seguimiento”, señala Sobel, que pertenece al Instituto Weizmann. “Estos descubrimientos podrían ser la base de una herramienta de diagnóstico que se pueda aplicar cuando el niño es muy pequeño, a los pocos meses de edad. Ese diagnóstico precoz podría llevar a una intervención más efectiva”.

De todas formas, también es preciso comprobar que el patrón de respuesta a los olores observado no es típico únicamente de los niños con trastornos de autismo, ya que podría darse en otros trastornos del desarrollo neurológico.

Los niños aprenden, desde el nacimiento a los dos años aproximadamente, a coordinar las experiencias que les llegan por los sentidos (el olfato, la visión, el tacto, el oído y el gusto) con la actividad física (motora) y la hipótesis de los investigadores es que el mal funcionamiento de esta coordinación sensomotriz está en la base del autismo.

Los resultados de la investigación se presentan en la revista Current Biology, del grupo Cell, y se puede acceder a ellos de forma gratuita gracias al programa de acceso abierto de la Comisión Europea.