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¿Quién manda en mi prótesis?

Las nuevas técnicas de control mental en medicina pueden difuminar la barrera entre el cerebro individual y el mundo exterior, alertan los científicos

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Un tetrapléjico con implantes cerebrales controla mentalmente una prótesis que le permite manejar un vaso./ CLEVELAND FES CENTER

Las prótesis que se pueden controlar con el cerebro, aplicadas en principio solo a las personas con parálisis o mutiladas, están cerca de convertirse en un dispositivo electrónico más entre los numerosos que ya usa la población, advierte un equipo internacional de científicos. Poder coger una taza de café con una mano protésica, entregar una tarjeta de crédito o firmar un documento es algo muy positivo para los incapacitados físicos, reconocen, pero estos dispositivos que funcionan con una interfaz cerebro-máquina plantean una serie de retos éticos y sociales en áreas como la responsabilidad personal y la autonomía, la protección de datos y la privacidad. En esencia son robots que leen la mente.

Su opinión, publicada en la revista Science, es que, aunque pueda parecer exagerado plantear estos miedos dado el estado actual de desarrollo de las interfaces cerebro-máquina (o cerebro-ordenador), esta área ha crecido de forma exponencial en las últimas décadas y se prevén nuevos y rápidos avances en el futuro. Por ahora la capacidad de transmisión de información entre el cerebro y la máquina es mínima si se compara con la que se transmite por los canales naturales sensoriales (a los ojos o las manos, por ejemplo) o la que procesa el cerebro pero esto puede cambiar pronto, lo mismo que la capacidad de leer la mente.

Hasta el momento, hay pocos casos de control cerebral de dispositivos prostéticos, pero han mejorado ya la autonomía y la calidad de vida de algunas personas. Entre los casos extremos, cuatro personas con parálisis total, incluido el movimiento de los ojos (la última etapa de la enfermedad degenerativa esclerosis lateral amiotrófica) han podido responder “sí” o “no” a preguntas sencillas, sobre la base de medir la saturación de oxígeno en el cerebro. Estas personas han revelado, sorprendentemente, una actitud positiva ante la vida. Si se tiene en cuenta que es posible que el 30% de los pacientes diagnosticados en estado vegetativo conserven su capacidad cognitiva, la demanda de este tipo de prótesis puede resultar alta. También se investiga la utilización de estos dispositivos para mejorar o restaurar la función cerebral.

Lo que preocupa es que los dispositivos controlados por el cerebro no pueden considerarse como una herramienta más, como el teléfono inteligente o los coches autónomos. En las interfaces se incluyen, cada vez más, componentes autónomos que hacen que su funcionamiento dependa de un control compartido entre la mente humana y la máquina. “Aunque todavía no comprendemos completamente cómo funciona el cerebro, estamos cerca de poder decodificar de forma acertada algunas señales cerebrales. Tenemos que tener en cuenta cuidadosamente las consecuencias de vivir junto a máquinas semiinteligentes controladas por el cerebro y preparar medidas para asegurar su uso seguro y ético”, dice John Donoghue, director del Centro Wyss en Ginebra y uno de los autores del trabajo. “Un robot semiautónomo que interactúa directamente con un cerebro dificulta la atribución de una decisión”, señala el artículo.

Un brazo humano y un brazo robótico se dan la mano./ WYSS CENTER

Algunas de las posibilidades que plantean los científicos son que no se protejan los datos de la actividad cerebral de los parapléjicos totales que se utilizan para que funcionen las neuroprótesis, o que se pirateen los dispositivos implantados en el cerebro con fines que por ahora es difícil imaginar pero que no se pueden descartar.

En el mismo sentido se pronuncia otra serie de científicos que piden un marco ético para las nuevas técnicas de intervención, invasiva o no, en enfermedades mentales y trastornos neurológicos, que consideran una forma de control mental. Proponen, en la revista Nature Human Behaviour, que se eche mano de la teoría de control , que describe cómo trabajan juntos sistemas dinámicos interconectados, como los que controlan un avión o una central nuclear, para obtener el resultado deseado. Si esta teoría se aplica al cerebro, facilitaría que los pacientes mantuvieran en lo posible el control de sus estados mentales.

Este riesgo es bien conocido en el caso de los medicamentos psiquiátricos, que producen cambios en la conducta. Se añaden ahora tratamientos que utilizan corrientes eléctricas u ondas magnéticas aplicadas a través del cuero cabelludo y cambian el funcionamiento de las neuronas seleccionadas. En operaciones quirúrgicas se implantan electrodos que impiden ataques cerebrales o buscan recuperar recuerdos tras un trauma cerebral. “Los nuevos métodos de controlar el estado mental proporcionarán una mayor precisión en los tratamientos”, dice Sinnott Armstrong, “así que tenemos que pensar mucho en los consiguientes aspectos éticos sobre la autonomía, la privacidad, la igualdad y la mejora”.
Con mejora se refieren todos estos investigadores a la posibilidad de que los avances neuroprostéticos no se limiten a los pacientes que se pueden beneficiar de ellos sino que el control cerebral se convierta en una más de las interfaces con dispositivos digitales, como el teclado o la voz. Todo un mundo nuevo.