Publicado: 14.06.2014 16:28 |Actualizado: 14.06.2014 16:28

El mapa de los sueños

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Existen muchas cuestiones sin respuesta en lo que se refiere al contenido de los sueños. Hay personas que los recuerdan vívidamente mientras otras dicen no soñar. Los trastornos del sueño se encuentran entre los más prevalentes en la población española y algunos de ellos se relacionan con cambios en aquello que soñamos. Según explica a Infosalus el doctor Hernando Pérez, Coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos de la Vigilia y Sueño de la Sociedad Española de Neurología (SEN), aún desconocemos cuál es la función de lo onírico lo que sí se sabe es que el contenido de los sueños se ve modificado por determinadas patologías, que conducen a sueños muy característicos.

Pérez añade que la biografía y las vivencias previas de la persona, más allá de las interpretaciones simbolistas, quedan implícitas en el contenido de sus sueños. Si bien es también cierto que existen sueños de contenido llamativo que se repiten en distintas personas y para los que no se encuentra explicación científica, como por ejemplo los sueños en los que se pierden los dientes. Las funciones del sueño son el descanso, la formación y consolidación de la memoria y el rendimiento cognitivo, expone el especialista. De acuerdo a los datos manejados por la SEN, aproximadamente el 30% de la población sufre algún tipo de patología del sueño y un 4% padece un trastorno del sueño de forma crónica.

Según apunta Pérez, el sueño va en virtud del grado de evolución de las especies: es una conducta universal y se cumple la regla de que cuanto menos volumen tiene un animal más duerme. Existen casos curiosos como el del delfín, que cuando duerme sólo desactiva medio cerebro, lo que le permite seguir en movimiento. El ser humano necesita entre 7 y 8 horas de media para dormir cuando no existen patologías, señala el especialista, que apunta a que con indiferencia de las costumbres personales dormir menos de 5 horas es excesivo. Pérez recomienda además que las siestas no duren más de 20 a 30 minutos para que no interfieran con los ritmos naturales marcados por los ciclos de luz y oscuridad. Aunque en términos generales somos animales diurnos, señala el especialista, existen personas que están más activas por la mañana mientras que otras lo están por la tarde, son los denominados cronotipos de alondras y búhos respectivamente.

Pero el sueño es una parte básica de la salud del individuo, los trastornos asociados como insomnio, apneas, el síndrome de las piernas inquietas o dormir demasiado poco se consideran factores de riesgo cardiovascular, añade Pérez, experto del Instituto de Especialidades Neurológicas (IENSA) del Hospital Quirón Sagrado Corazón de Sevilla. El ciclo del sueño dura aproximadamente entre 90 y 120 minutos e incluye cuatro fases: fase I, fase II y fase III (sueño no REM) y fase REM (siglas en inglés de movimientos oculares rápidos). La fase III no REM es aquella en la que el sueño es más profundo y produce un mayor efecto reparador que es superior a primera hora de la noche pero que tiende a disminuir junto a la duración de esta fase conforme transcurre la noche.

El sueño REM gana en representación a medida que avanza la madrugada y aproximadamente entre las 6 y las 8 de la mañana es cuando es más expresivo en lo que se refiere a su contenido, ya que existe mucha actividad cerebral aunque el cuerpo está paralizado (atonía muscular).

Suele aparecer en enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y otras demencias. Así, estas personas sufren sueños que se vuelven agitados y violentos y se refieren a caídas, precipicios o peleas, por ejemplo. En esta fase del sueño en una persona sana existe una atonía muscular sin embargo en estos pacientes el tono muscular está preservado por lo que el paciente vivencia el sueño con golpes, patadas o gestos. El trastorno en una persona sana es un signo precoz de enfermedades neurodegenerativas que pueden desarrollarse 15 o 20 años después, pues evidencia signos premotores de estos trastornos. Estas personas podrían convertirse en candidatos para probar nuevos tratamientos protectores frente a las enfermedades neurodegenerativas.

Los denominados trastornos del despertar suelen producirse durante el sueño no REM, en la que los sueños son más cortos y más directos, explica Pérez. Son el despertar confusional, los terrores nocturnos y el sonambulismo, tres trastornos que se consideran parte de un continuo pues comparten muchas características. En el despertar confusional la persona se despierta de pronto y no sabe dónde se encuentra o qué hora es. Los terrores nocturnos infantiles también forman parte de esta fase, se producen en las primeras horas de la noche y se caracterizan por gritos y llantos de los niños que en realidad están dormidos.

En el sonambulismo las personas afectadas deambulan mientras permanecen dormidas. Aproximadamente el 13% de los niños son sonámbulos, sin embargo el trastorno desaparece con la edad, después de los 18 años se pasa a 6 por cada 1.000 habitantes y a partir de los 40 es raro encontrar a personas sonámbulas. Si la persona sonámbula sufre ansiedad o algún tipo de fobia experimenta sueños en los que tiene que huir y su deambular va ligado a esta huída, lo que puede entrañar riesgos para la persona dependiendo de la premura para salir de una situación en el sueño.

En el sonambulismo intervienen áreas cerebrales implicadas en las conductas automáticas primarias y la parte del cerebro más ligada a la conciencia y a lo asociativo sigue inactiva. Así, el sonámbulo puede no sólo caminar, sino comer o practicar sexo como parte de su trastorno. Según explica Pérez, existe la falsa creencia de que si despertamos a un sonámbulo su vida se pone en riesgo. Lo que realmente sucede es que la persona suele encontrarse agitada y dado que está dormida de forma profunda necesitamos ser enérgicos para despertarle y así puede integrarnos en su sueño y aumentar su estado de angustia al sentirse atacado.

Quienes padecen apnea del sueño y sufren paradas respiratorias en la fase REM, aquella en la que existe atonía muscular, suelen tener sueños asociados a la frustración, en los que corren sin que les respondan las piernas o suben montañas y van perdiendo la capacidad de respirar. Estas personas trasladan de este modo sus dificultades respiratorias y la incapacidad para moverse ligada a la atonía muscular propia de esta fase al contenido del sueño. La biografía personal se traslada al mundo onírico y quienes pasan por un estado anímico depresivo sueñan con catástrofes, la muerte de un ser querido o cementerios. Los pacientes de epilepsia pueden también presentar pesadillas recurrentes como manifestación clínica de sus crisis epilépticas que se producen durante las horas de sueño.