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La más grande y bella catedral

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Erigir una catedral era la máxima aspiración de las sociedades europeas de la Edad Media. La grandiosa obra garantizaba trabajo para mucha gente durante décadas, el mercado semanal que se organizaba a su socaire generaba alegría y riqueza, el poder de las autoridades se veía reforzado y, así, eran tales las ventajas que las intrigas para que se concediera el anhelado proyecto podían ser tremendas. El fin de la magna construcción no podía ser menos prosaico: adorar a Dios, pero a quién le importaba eso si los beneficios que ello conllevaba eran sustanciosos. Lo que se les escapaba a pobres y ricos, débiles y poderosos, místicos y mercaderes era algo que sólo celebraban los maestros constructores: el fruto imperecedero de las catedrales era aprender a construir en piedra, no en adobe o madera, grandes edificios.

El LHC, incluso todo el CERN, podría compararse con una catedral: grandiosidad en sus dimensiones, enormes costos que garantizan puestos de trabajo, privatización ingente de dinero público para enriquecer empresas... Y el objetivo es algo tan etéreo e inextricable como adorar a Dios: encontrar el bosón de Higgs.

El paralelismo ha de completarse, porque hacer funcionar un acelerador de partículas con sus detectores como el LHC exige aprender infinidad de cosas que serán imperecederas. Hablamos de superconductividad extrema, altísimo vacío, criogenia de temperaturas mínimas, mecánica de precisión inaudita, almacenamiento masivo de datos... El bosón de Higgs aparecerá o no, pero el conjunto de tecnologías en las fronteras del conocimiento que ha habido que domeñar serán un don incalculable que heredaremos del LHC. Es asunto personal ensalzar que además sea ciencia y no religión lo que entra en juego.