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El miedo al otro creó a las brujas

Un estudio revela la base psicológica que llevó a la persecución de los diferentes en plena época de avance de la ciencia

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Las brujas siempre han existido, al menos en el imaginario colectivo. Pero su persecución y quema no es propia de la Edad Media ni exclusiva del catolicismo de los países del sur de Europa. Las ejecuciones en las plazas públicas coincidieron con el Renacimiento y el Siglo de Las Luces. Más importante aún: fue el miedo colectivo el que creó a estos personajes y no al revés.

Estas son algunas de las conclusiones de un estudio inédito del ruso Yuri Lotman, difundido ahora en España por el semiólogo Jorge Lozano y publicado en el número de octubre de la Revista de Occidente . Lotman, interesado en la psicología de masas y la dicotomía ellos/nosotros, estudió el fenómeno de la caza de brujas, llegando a la conclusión de que es el miedo colectivo el que crea la supuesta amenaza que suponen y no al revés.

El fenómeno del miedo de una sociedad puede tener una causa objetiva. Así ocurrió con la epidemia de peste de mediados del siglo XV, conocida como la muerte negra, o las grandes invasiones, como la de los turcos que llegaron a las puertas de Viena. Pero hay otras explosiones de miedo que no tienen una causa bien definida. A este tipo se corresponde el desatado entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, cuyo hecho más extremo fue la quema de brujas.

Una de las primeras cosas que hace Lotman es desmontar varios mitos. En primer lugar, la persecución de las brujas no es algo medieval, sino que aparece y crece con el avance de la razón y la ciencia, ya en la Edad Moderna. Aunque hubo ejecuciones en los siglos anteriores, el fenómeno explota un siglo después de la aparición de la imprenta y a muchas décadas del descubrimiento de América. En concreto, el clímax de las persecuciones tiene lugar entre 1575 y 1625.

Para Lozano, director del Grupo de Semiótica de la Cultura de la Fundación Ortega y Gasset y becado en la actualidad en Roma, Lotman no busca las causas de las persecuciones, 'sólo hace una descripción que sirva más que una apresurada explicación'.

No sólo la Inquisición

Otro de los mitos que Lotman echa abajo es el protagonismo de los países del sur y la Inquisición. 'Más de una vez se intentó relacionar el auge del miedo y las supersticiones con el espíritu y la práctica de la Contrarreforma. Sin embargo, esta hipótesis se ve debilitada por el hecho de que las hogueras ardían tanto en la Europa católica como en la protestante', se puede leer en el texto del semiólogo ruso.

Lotman, que manejó gran cantidad de material sobre brujería y persecuciones, ve las habladurías, los chismes y los rumores como elementos clave que van dando forma a la amenaza. En ellas, se ve a las brujas como una minoría organizada, que se comunican mediante un código secreto. 'La mayoría social, para motivar su propio miedo irracional frente a una minoría insignificante a la que niega cualquier posibilidad de defenderse, crea una situación absolutamente mistificada: esa misma minoría se presenta como misteriosamente poderosa', escribe Lotman.

En cuanto a las destinatarias de los miedos populares, al principio las víctimas son mujeres viejas. Pero también las hay muy jóvenes. Así, en la lista de las 29 hogueras de Würzburg (Alemania) de 1629 hay niñas menores de 10 años. Es una constante en las explosiones de miedo social que la mayoría elija a la parte más débil como objeto de sus ataques. Y en aquél momento eran las mujeres.

Pero, aunque la minoría perseguida eran las mujeres, la paranoia se extiende después a los forasteros, las feas, pero también las guapas, a los más pobres y los más ricos, llegando la insensatez al punto de que, los que una vez acusaron, acaban también en la hoguera, como muchos religiosos. La irracionalidad se extiende hasta que, de pronto y quizás por hartazgo social, disminuye hasta desaparecer.

El estudio pormenorizado del fenómeno permite a Lotman asegurar: 'Se perfila así el rostro del acusador: se trata de la masa de nivel medio, carente de rasgos marcados, dominada por el miedo, el odio y la envidia hacia aquellos que poseen alguna cualidad sobresaliente'.

Asesinos de niños

El miedo social al diferente es, para Lotman, una constante universal. La persecución de los primeros cristianos en la parte final del Imperio Romano, donde se les acusaba de participar en ceremonias secretas donde asesinaban a niños y acababan la noche en una orgía, es un buen ejemplo. Gran parte de las denuncias contra los cristianos se basaban en simples habladurías.

Marranos y moros

Aunque la expulsión de los judíos de España es de 1492, la persecución y el mito de la pureza de sangre, junto al fenómeno de los cristianos viejos, aparecen en el siglo XVII. Como les ocurriera a los primeros cristianos,  los judíos son acusados de practicar extraños ceremoniales y tratos con Satanás. Esto se produce al mismo tiempo que el conflicto con los moriscos se recrudece, prendiendo con fuerza la idea del moro amenazador en la psicología colectiva. Ambos pueblos, recuerda Lotman, escriben al revés. Lo que es, para los simples, un signo diabólico.

Alemania asediada

El victimismo y la sensación de asedio son otras características del miedo social. Los nazis lo explotaron, presentándose como los salvadores de una patria amenazada desde dentro y desde fuera por los judíos. De hecho, el aislamiento creciente que vivió el país fue amplificado por la propaganda nazi.

El mito racista

Lotman ve el mismo fenómeno de miedo colectivo reproducido en el mito racista de la mujer blanca violada por negros, que surge en EEUU en los años cincuenta. Ese mismo mito aparece también en Sudáfrica, en la época del Apartheid.