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NASA: feliz crisis de los 50

La agencia estadounidense conmemora medio siglo de brillante trayectoria en uno de los momentos más inciertos de su historia

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Cuando el director de la NASA, Michael Griffin, añoraba en público hace unos días el excelente rendimiento de las naves Apolo, su lamento era mucho más que un homenaje respetuoso al pasado. “Ojalá pudiéramos hacerlo tan bien”, suspiraba Griffin en Washington, durante uno de los actos que a lo largo de 2008 conmemoran el cincuentenario de la agencia espacial estadounidense, que se cumple el 1 de octubre.

Las palabras de Griffin sintetizaban un contraste: cinco decenios de claro balance favorable contra el oscuro panorama actual. Congelación de presupuestos, críticas dentro y fuera, zancadillas políticas y baches técnicos ensombrecen el presente y el futuro de la NASA, algo especialmente crítico cuando una nueva carrera espacial calienta motores, con Rusia atizando sus recursos y un nuevo competidor, China, crecido por el éxito mediático de su primer paseo espacial.

Fue en una situación parecida a la actual, con EEUU perdiendo el tren del espacio, cuando, en julio de 1958, el presidente Dwight Eisenhower firmó el acta de constitución de la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio (mucho más conocida por su acrónimo en inglés). El 1 de octubre de ese año, la NASA inició su labor, con el encargo de recuperar el terreno conquistado un año antes por los soviéticos con la puesta en órbita del Sputnik 1.

En sus días dorados, bajo los mandatos de John Kennedy y Lyndon Johnson, la agencia fue la niña mimada de la Casa Blanca, con presupuesto casi ilimitado. Culminó en julio de 1969, con los pasos de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en la Luna.

El “gran salto para la humanidad” se produjo sobre el trampolín de la administración Nixon, pero fue este presidente quien propició el declive de la NASA. Su decisión en 1970 de equipararla a otras agencias federales trajo el final de la fiesta. Dos años después, el astronauta Gene Cernan imprimía la última huella humana en la Luna.

En las décadas posteriores, las misiones tripuladas se ciñeron a la órbita terrestre. Tras el impasse obligado por la defunción del programa Apolo, EEUU regresaba al espacio en 1981 con nuevos bríos y un diseño de nave que era casi un sueño futurista, el transbordador espacial.

Pese a los accidentes fatales del Challenger, en 1986, y del Columbia, en 2003, la generación shuttle ha cumplido con creces durante casi 30 años, asumiendo un papel fundamental en la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS). Pero el retiro de los transbordadores, planificado para 2010, y la brecha de cinco años, hasta que llegue el reemplazo con el programa Ares-Orion, en la estela de las viejas Apolo, son signo de los vientos que azotan el presente de la NASA.

Los críticos sitúan en el punto de mira la actitud ambigua de la administración Bush, que en 2004 anunció una ambiciosa resurrección de la conquista espacial, pero que ha impuesto restricciones en los fondos necesarios. Esta contradicción ha desafiado la paciencia de Griffin; en un correo electrónico filtrado a la prensa el pasado verano, el director arremetía contra una, dice, “yihad” oficial para certificar la muerte de los shuttle en 2010.

Si no prospera el intento de Griffin y otros de prolongar la vida útil de los transbordadores, EEUU deberá alquilar asientos en las Soyuz rusas para viajar a la ISS, o bien entregar a Europa y Rusia una instalación financiada con dinero de los contribuyentes estadounidenses y cuya razón de existir, para más inri, muchos no encuentran.

A esto se une el malestar interno, que ha llevado a un grupo de empleados disidentes a desarrollar Direct, un proyecto paralelo al Ares-Orion, más barato, y que evitaría miles de despidos previstos con la muerte de los shuttle. Mientras, el plan oficial afronta sus propias bestias, como un defecto de diseño que provoca peligrosas vibraciones.

Y todo ello sobre un coro de voces que se preguntan por el sentido de regresar al mismo punto de partida donde arrancó Apolo, hace 40 años. Un antiguo administrador de la NASA en la era Reagan, Hans Mark, lo resume con crudeza: “No es la crisis de la mediana edad. Es un desastre”.

 

Daniel Mediavilla, Glasgow (Reino Unido)

Michael Griffin, director de la NASA, no parecía especialmente contento la víspera del 50º aniversario de la agencia. “Estaría mejor si pudiese explicar la relevancia de las inversiones en el espacio. Son inversiones de futuro”, recordaba en el Congreso Internacional de Astronáutica, en Glasgow. Pese a los logros, queda mucho por hacer: “Solo hemos explorado la Luna 27 días. Si creemos que es suficiente, las generaciones futuras pensarán que somos estúpidos”. Griffin achacó la dificultad para lograr fondos a la brevedad de los mandatos: “No podemos permitir a nuestros representantes que solo busquen resultados que se vean en su mandato”, concluyó.

 

Por Rafael Rodrigo, presidente del CSIC y astrofísico

Cuando se habla de la Administración Nacional de Aeronáutica y Espacio (NASA) a todos nos viene a la memoria el primer hombre que pisó la Luna, la guerra espacial de EEUU con la antigua Unión Soviética, las misiones robóticas a Marte o el telescopio espacial Hubble. Pero esos momentos históricos en los que la NASA era la única protagonista han terminado, 50 años después de su nacimiento han surgido nuevos competidores, como China, que demostraba la pasada semana que el espacio también está a su alcance.

No son casos aislados, porque hablar de la NASA es hablar de investigación internacional en su sentido más amplio. Poco después del inicio de sus actividades, en 1958, investigadores de todo el mundo se fueron acercando ya a sus instalaciones para participar en sus misiones e incluso dirigirlas. Hoy en día, científicos y agencias espaciales de todo el planeta, como la Agencia Europea del Espacio (ESA), forman parte de los nuevos proyectos y construyen la nueva instrumentación para las misiones del futuro.

En la actualidad, la NASA participa, junto con muchos socios internacionales, en más de 70 misiones espaciales, como la sonda Phoenix en Marte; la misión Cassini-Huygens al sistema de Saturno; el observatorio de rayos X Chandra; el telescopio Glast para el estudio de los agujeros negros supermasivos; o la misión Stardust, que recoge muestras del Cometa Wild 2. La cooperación internacional en grandes proyectos espaciales se hace cada vez más necesaria y no solo por cuestiones económicas, sino para utilizar de forma más eficaz el conocimiento y la tecnología disponibles en los laboratorios de todo el mundo.

Los equipos españoles también han estado en las últimas décadas implicados en los avances de la ciencia espacial. Además, contamos con una estructura y unos recursos que permiten prever una mayor participación.

La falta de fondos y los retrasos de las últimas misiones marcan ahora la agenda de la NASA. La última noticia llegaba esta misma semana, la misión del Atlantis, que debía iniciarse en octubre para reparar el sistema de transmisión de datos del telescopio espacial Hubble, ha sido aplazada. Solo mediante la colaboración internacional seremos capaces de hacer realidad nuestras esperanzas de volver a la Luna antes de 2020 o de llegar a Marte hacia 2040.