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El país más joven quiere sacar petróleo de su fauna

Las autoridades de Sudán del Sur, recién independizado, siguen los pasos de Kenia y Tanzania para atraer turistas a una de las mayores migraciones animales del planeta. 1,3 millones de antílopes se mueven por su sabana

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Tras una guerra civil de más de 20 años y dos millones de muertos, el 9 de julio nació por cesárea el que por el momento es el país más joven del planeta y que compite por ser el más miserable: Sudán del Sur. En un territorio de mayor tamaño que España, unos ocho millones de personas luchan contra la pobreza en un país corrupto que ha nacido con una jungla de 31 ministerios, pero sin nadie que tome decisiones. Las tripas de Sudán del Sur están preñadas de petróleo, pero uno de cada siete niños que llegan a cumplir un año muere antes de cumplir los cinco; sólo una de cada 15 personas tiene acceso a una letrina y el 90% de los niños no se vacunan contra las enfermedades que los están matando. Es un país recién nacido lleno de problemas.

Un día antes de que se desgajara de Sudán del Norte, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación, la FAO, aseguró que el nuevo país 'tiene un gran potencial para el crecimiento sostenible a través de la agricultura'. Casi 95 de cada 100 hectáreas cultivables están sin trabajar, en parte porque la violencia ha continuado este año, pese a la anunciada independencia.

Como denunció hace unas semanas la ONG humanitaria Oxfam, los ataques del Ejército de Resistencia del Señor han cortocircuitado la producción agrícola en las regiones más fértiles de Sudán del Sur. Se calcula que en torno al 98% de los ingresos del país proceden actualmente del petróleo, pero ese dinero sale del país o se esfuma en el laberinto de la corrupción.

El país más joven del mundo parece abocado a sufrir la misma pobreza de siempre pero con otra bandera, aunque la organización estadounidense Wildlife Conservation Society (WCS) acaba de poner sobre la mesa una posible vía de escape a la miseria: la fauna. Mientras los documentales se fijan obsesivamente en las idas y venidas de cientos de miles de ñus entre la reserva keniana Masai Mara y el Parque Nacional del Serengueti, en Tanzania, en Sudán del Sur se produce desde tiempos inmemoriales, y lejos de las cámaras, una de las mayores migraciones del planeta. Unos 1,3 millones de cobos de oreja blanca, tiangs y reduncas, tres especies de antílopes, y gacelas de Mongalla atraviesan cada año de sur a norte la sabana intacta del nuevo país en busca de agua y alimentos, formando uno de los últimos espectáculos de la naturaleza todavía en cartel pese a la expansión humana.

'Los tesoros de la vida salvaje de Sudán del Sur ofrecen una oportunidad para una economía diversa, basada en el turismo respetuoso con el medio ambiente en el país más joven del mundo', lanzó el presidente de la WCS, Steve Sanderson, en un llamamiento en la víspera de la independencia. No hay que inventar nada, sólo seguir el modelo del Masai Mara y el Serengueti. El turismo aportó 1.000 millones de dólares a la economía de Kenia en 2009 y la cifra alcanzó los 1.200 millones en Tanzania.

La WCS trabaja desde hace años, con dinero de la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID), con las autoridades sursudanesas para crear dos parques nacionales y una reserva de fauna en un área de 200.000 kilómetros cuadrados, una tercera parte del país, sin renunciar a extraer petróleo. Se calcula que Sudán del Sur se ha llevado el 75% de las reservas de 6.700 millones de barriles de crudo que tenía el país antes de la división, pero hasta el Banco Mundial ha alertado del peligro de vivir de un monocultivo de petróleo. El crudo está en el sur, pero el oleoducto para exportarlo está en Sudán del Norte. Y ambos países todavía no se han puesto de acuerdo a la hora de trazar su frontera. El turismo de safari podría ser, a la vez, una alternativa económica y una herramienta para la paz. A juicio del presidente de la WCS, es 'una oportunidad única, quizá sin precedentes', para inventarse un país sostenible de la nada.

Pero otras organizaciones no son tan optimistas. 'Sudán del Sur es un país sin infraestructuras, apenas hay unas decenas de kilómetros de carreteras asfaltadas, el aeropuerto está fatal, los hoteles de la capital cuestan 100 euros por noche, no hay salud pública, la gente se muere de hambre. La prioridad ahora no puede ser la conservación del medio ambiente', opina Filippo Ortolani, coordinador en la ONG Oxfam de la ayuda humanitaria en la región. 'La biodiversidad es una riqueza para el país, pero la conservación sólo tiene sentido en el marco de una planificación mucho más amplia', añade.

Ortolani recuerda que las dos décadas de guerra civil acabaron con muchas especies. Chimpancés, búfalos, antílopes y elefantes fueron masacrados. 'Mataron cualquier cosa para poder comer', recuerda. También cayeron por millares jirafas, oryx y cebras. Fue precisamente en 2005, cuando los dos bandos firmaron el alto el fuego, cuando la WCS comenzó a sobrevolar las manadas de antílopes para hacer un censo de la gran migración del sur de Sudán. Y en 2007 llegó la bomba. Al contrario de lo que ocurrió en Angola y Mozambique, donde las guerras exterminaron la fauna salvaje, en Sudán del Sur seguía produciéndose una de las mayores migraciones del planeta. El último censo, también elaborado por la WCS, era de 1982.

'Si un minero hubiera encontrado una veta de oro como la que hemos encontrado nosotros con los cobos de oreja blanca, habría encontrado El Dorado', anunció entusiasmado J. Michael Fay, uno de los autores del censo, en 2007.

Inmediatamente, la WCS se puso a trabajar con las autoridades para reconvertir a los antiguos combatientes del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán en guardas de una rudimentaria red de reservas naturales. Los que antes exterminaban a los animales, ahora escoltan a la gran migración.