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¿Pedir perdón por innovar?

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El día que Google anunció que incorporaba instrucciones detalladas de navegación a Google Maps, la cotización de las principales empresas de navegadores cayó un 20%. Imagínese el panorama: sale de trabajar, y cuando vuelve a la mañana siguiente, su compañía vale una quinta parte menos que el día anterior.

Google es toda una potencia en el mundo de la tecnología. Pocas compañías son capaces de atraer el talento de los mejores ingenieros del mundo como ellos lo hacen, de ponerlos en un entorno cómodo para que puedan concentrarse en lo que les gusta hacer, en el que aquellos que no son ingenieros se ven reducidos a la categoría de ciudadanos de segunda clase.

Pocas empresas como Google son capaces de retener ese talento como lo hacen ellos: un amigo mío, trabajador de Google, me comentaba lo difícil que es irse de allí. Por la mañana, baja a la calle y un autobús de Google (que tiene casi tantos como la compañía municipal de autobuses de San Francisco) lo recoge en su casa. Sube a él y tiene WiFi para ir trabajando por el camino. Se lleva la ropa para que se la laven allí, y puede llevarse hasta al perro si quiere (gatos no... son más difíciles de pastorear).

Tenía comedor, comida para picotear... en esas condiciones, pensar en abandonar ese entorno es una especie de idea loca candidata a ser descartada.

Con esos mimbres, Google ha armado un cesto donde las buenas ideas quedan retenidas y adquieren carta de naturaleza con una fuerza en ocasiones difícil de igualar. A veces fracasan, pero da igual. Mejor haberlas montado, de todo se aprende. Ahora son los navegadores GPS y la búsqueda por voz, pero otras cosas que vienen no es que sean innovadoras... créanme, son sencillamente impresionantes.

¿Debe una empresa pedir perdón por tener un potencial disruptivo como el de Google? Dejémonos de tonterías: la respuesta es NO.