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Ratones paracaidistas contra serpientes

Un proyecto intenta erradicar una culebra invasora lanzando roedores envenenados desde helicópteros

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Los científicos libran una batalla contra las serpientes. Para ello disponen de ratones muertos, pastillas de paracetamol y paracaídas de papel. No es un acertijo ni una prueba de un concurso televisivo, sino la original estrategia con la que los investigadores del Centro de Investigación de la Fauna (NWRC) del Departamento de Agricultura de EEUU (USDA) esperan mitigar una plaga que ha pasado a los registros históricos como uno de los casos más citados de la amenaza de las especies invasoras, el de la culebra arbórea café en la isla de Guam.

Este territorio de Micronesia fue rendido por la corona española a EEUU tras el desastre de 1898. En el siglo XX se convirtió en un centro neurálgico de la defensa estadounidense en el Pacífico. Según datos del Servicio Geológico de EEUU, poco después de la Segunda Guerra Mundial la serpiente Boiga irregularis apareció en la isla, probablemente transportada como polizón por algún buque militar desde su hogar en el Pacífico sur.

Los científicos prueban paracaídas de juguete y vasos de papel

En una isla casi sin depredadores y con abundancia de presas, la culebra prosperó de forma extraordinaria, llegando hoy a alcanzar densidades de hasta un ejemplar por cada 100 metros cuadrados. En 1984, un estudio reveló que el reptil había exterminado a la mayoría de vertebrados nativos. Además, las invasoras son el azote de las mascotas de los residentes e incluso provocan continuas averías en el suministro eléctrico de la isla por su manía de trepar a los cables.

El daño ya está hecho, pero los investigadores quieren evitar que el problema se propague. La isla es un enclave caliente del tráfico marítimo y aéreo, por lo que un descuido podría exportar la plaga a lugares como Hawai, con consecuencias catastróficas para la fauna local. Además, confían en restaurar el ecosistema de Guam. Desde 1993 ensayan los más variados métodos, desde trampas y barreras físicas hasta perros entrenados para olfatear los ofidios.

Paracetamol, el arma secreta

El autor del método se queja de que no hay voluntad para acabar con la plaga

Según relata a este diario John Shivik, uno de los científicos protagonistas de la historia, a mediados de los noventa el farmacólogo del NWRC Peter Savarie ensayaba una batería de compuestos en busca de un veneno para las serpientes. La sorpresa fue descubrir que el perfecto serpenticida era un analgésico presente en cualquier botiquín casero. El paracetamol era letal para los ofidios en dosis de 80 miligramos, pequeñas incluso para un niño. El porqué no se conoce con exactitud, pero podría deberse a que el fármaco bloquea el transporte de oxígeno de la sangre a los tejidos.

'En 1999, nuestro equipo demostró el potencial del paracetamol para reducir drásticamente las poblaciones de serpientes', explica Shivik. Para ello, los científicos camuflaron las tabletas en ratones muertos, aprovechando el hecho de que estas serpientes, al contrario que otras especies, no hacen ascos a la carroña. Los animales se colgaban de los árboles en tubos de plástico. Sin embargo, este método 'era trabajoso; en un terreno empinado y difícil, un sistema de dispersión aérea era mucho más eficiente', resume Shivik. A grandes males, grandes remedios: la solución fue el uso de helicópteros militares.

Para evitar que los cangrejos u otros animales consumieran los ratones, era necesario que las pequeñas bombas se engancharan a las copas de los árboles. Desde 2001, los científicos probaron varios 'materiales de flotación'. El que mejor funcionó fue el paracaídas de plástico de juguete, pero interesaba emplear materiales biodegradables como el papel. Tras intentarlo con vasos y platos de picnic, el mejor resultado se obtuvo con unas banderolas de papel y cartulina utilizadas habitualmente como señales en la fumigación aérea.

Este mes se ha completado un ensayo piloto con 200 ratones, y Shivik está convencido de que la técnica 'podría resolver el problema'. Pero se queja de los escasos progresos tras una década de ensayos. De hecho, él abandonó el proyecto, cansado de la 'falta de motivación'. 'Parece que no hacen sino repetir mis experimentos', lamenta. Su protesta es, según él mismo confiesa, 'cínica': 'Si solucionan el problema de las serpientes, se quedarán sin el trabajo y sin sus fondos'.