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Un toro de Osborne en la Antártida

Científicos y militares españoles cumplen 25 años investigando en el continente helado, aislados del exterior y en condiciones extremas

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Era el 17 de enero de 2004 y el rey Juan Carlos se encontraba aterido de frío a 12.410 kilómetros de Malagón, a 12.563 de Boadilla del Monte y a 12.530 kilómetros de su cómodo y calentito Palacio de la Zarzuela, según indicaban los carteles con los que posó rápidamente para una fotografía. A sus pies, un toro de Osborne. El monarca no se quedó a dormir. Borbón había llegado en helicóptero a uno de los lugares más extremos en los que trabajan los científicos y militares españoles: la base Gabriel de Castilla, en la Antártida, donde el viento y la humedad hacen que la sensación térmica sea de 30 grados bajo cero. El asentamiento, unas pocas casetas con el tejado pintado de rojigualda, se levanta sobre un volcán activo, la isla Decepción, con forma de herradura. Y sus antecesoras, las bases chilena y británica, fueron destruidas por violentas erupciones en 1969. Es un lugar hostil para reyes, presidentes y ministros. Sólo Javier Solana, entonces ministro de Educación, se atrevió a visitar la base en 1992.

Esta temporada se cumplen 25 campañas de investigación polar española. El buque Las Palmas, de la Armada, partirá hacia la Antártida desde Punta Arenas (Chile) el próximo 17 de noviembre, con la misión de abrir las dos bases españolas en el continente, la Gabriel de Castilla, gestionada por el Ejército de Tierra, y la Juan Carlos I, coordinada por el CSIC. Ambas están cerradas durante el insoportable invierno antártico. El general jefe de la División de Operaciones del Ejército de Tierra, Fernando Alejandre, explicó ayer lo que se van a encontrar: 'Cuatro meses completamente aislados del exterior y a menudo sin poder salir siquiera de sus habitáculos'. Los militares ponen la logística y los científicos, la ciencia.

El físico Miguel Ramos es uno de los españoles pioneros en la Antártida. Pisó sus nieves por primera vez en 1987, de la mano de científicos argentinos. En estos 25 años, dice, se ha pasado de dormir en precarias tiendas de campaña a disponer de barracones con literas e internet wifi. 'Las nuevas tecnologías han cambiado todo. Ya no hay tanta convivencia y algunos se quedan en su mundo virtual, navegando y escuchando música en .mp3', recuerda, añorando los viejos tiempos de la investigación de los polos, cuando sólo llegaban noticias de España, en contadas ocasiones, a través de una radio de onda larga que captaba Radio Exterior.

Este año, las bases permanecerán abiertas durante 110 días, coincidiendo con el verano austral, entre noviembre y marzo. Unos 70 investigadores, de 20 instituciones, acometerán una quincena de proyectos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación con siete millones de euros. Los científicos buscarán posibles compuestos contra el cáncer producidos por organismos antárticos. Estudiarán los efectos del cambio climático y la vulcanología de la zona, que ya ha servido a algunos españoles, como Joan Martí, del CSIC, para interpretar la actual erupción que tiene en vilo a la isla canaria de El Hierro. Y pondrán a prueba instrumentos para detectar vida en condiciones extremas, que luego podrán ser lanzados hacia Marte.

Ramos, de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid), se queda largo rato pensativo cuando se le pregunta para qué han servido estos 25 años de investigación española en la Antártida. 'Cuando yo estudié, en los mapas del mundo ni siquiera aparecía un continente en el sur. No existía. Y la Antártida puede ser mañana una fuente de recursos. Rusia vendió Alaska a EEUU en 1867 por unos pocos millones de dólares, porque los ilustrados creían que no valía para nada', responde por fin.

El comandante Antonio Casals, jefe de la base Gabriel de Castilla, lo tiene más claro. 'Lo que hemos aprendido sobre el apoyo logístico en la Antártida lo hemos aplicado en los Balcanes, Afganistán e Irak', explica. Este 31 de diciembre, los diez hombres y dos mujeres bajo su mando correrán la San Silvestre en la isla Decepción, entre pingüinos barbijos y focas de Weddell.