Público
Público

Vuelven los dirigibles

Aeronáutica. Los zepelines de hoy llevan más tecnología española que alemana, según un experto

Publicidad
Media: 0
Votos: 0


Bastaron 34 segundos para acabar con el futuro de los dirigibles. Fue el breve espacio de tiempo que tardó el LZ 129 Hindenburg, el mayor de los zepelines de la época y orgullo de la pujante Alemania nazi, en arder como una tea. Con el fuego de aquella mañana del seis de mayo de 1937, no solo murieron 36 personas en el accidente.

Miles de personas y decenas de fotógrafos esperaban la llegada del dirigible a EEUU procedente de Alemania. Y el periodista de radio Herbert Morrison relató el incendio y caída del gigante de 245 metros de eslora. Su espanto, radiado por miles de emisoras de todo del mundo, generó tal desconfianza que cerró un capítulo de 30 años en la aeronáutica mundial, en el que un español, el ingeniero Leonardo Torres Quevedo, tuvo un papel muy destacado. Hoy, el ejército de EEUU quiere rescatar de las cenizas a aquellas masas de aire voladoras.

El mes que viene, los militares estadounidenses crearán un consorcio con varias empresas de ese país para construir un dirigible cuya primera misión podría ser vigilar los cielos de Afganistán. El aparato, basado en un prototipo de la firma aeronáutica Lockheed Martin, llevará la más avanzada tecnología de inteligencia militar. El proyecto, bautizado como Vehículo para Inteligencia de Gran Autonomía (Long Endurance Multi-intelligence Vehicle, LEMV, en inglés) deberá hacer sus primeras demostraciones en unas semanas.

El Hindenburg, orgullo de la pujante Alemania nazi, se consumió en 34 segundos

Pero entre aquel zepelín y este LEMV apenas hay un par de parecidos. Aunque, en la Gran Guerra, los ejércitos británico, italiano, alemán y francés (este con tecnología del español Torres Quevedo) usaron dirigibles en diversos frentes, los zepelines destacaron como medio de transporte civil, no como arma de guerra. El nuevo aparato encargado por el ejército de EEUU, aunque deberá poder adaptarse al uso civil según se lee en el pliego de condiciones, está pensado para la guerra.

El LEMV flotará a 20.000 pies de altura (6.000 metros) durante al menos tres semanas. A diferencia de los dirigibles del pasado, los del futuro no serán tripulados. Como el Hindenburg en su época, este nuevo dirigible contará con la tecnología más avanzada. Equipado con sensores de todo tipo (de seguimiento, reconocimiento del terreno, guerra electrónica), tendrá la misión de ser los ojos del ejército estadounidense en Afganistán. Junto a su labor de seguimiento y vigilancia, el LEMV también será un puesto avanzado de comunicaciones, dando cobertura y conectividad a las tropas sobre el terreno.

Para Francisco González, profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad Complutense de Madrid y experto en dirigibles, 'estos nunca se fueron del todo'. Incluso, tras su retirada del servicio activo después del desastre del Hindenburg, los alemanes aún mantuvieron un par de zepelines más en funcionamiento hasta que los jubilaron al comenzar la II Guerra Mundial. 'Pero EEUU los usó varias décadas más para labores de vigilancia, como bases de radares', explica González. La llegada de los aviones de control y vigilancia aérea (AWACS) les retiró también de este último servicio.

El nuevo aparato encargado por el ejército de EEUU está pensado para la guerra

'Desde entonces ha seguido habiendo dirigibles, pero para poco más que paseos turísticos', añade el también miembro de la Asociación de Amigos de la Cultura Científica. En los últimos años también se han utilizado como enormes vallas publicitarias.

Con el avance tecnológico de hoy, los viejos dirigibles pueden ser la solución allí donde los aviones o los helicópteros no pueden llegar o mantenerse. 'Pueden flotar durante mucho tiempo y sostenerse sobre un punto durante mucho tiempo', aclara González. Además, pueden ser teledirigidos con mayor facilidad que aviones o helicópteros. 'En Somalia, por mencionar algo de actualidad, con sus hasta 130 kilómetros por hora, podrían ser de mucha utilidad', asegura el profesor. A pesar de su aparente fragilidad, son tan grandes que una ráfaga de disparos apenas les provocarían unos rasguños.

A diferencia del Hindenburg, los modernos dirigibles están inflados con helio, un gas inerte. Los alemanes sabían que llenar de hidrógeno un zepelín era convertirlo en una bomba volante, pero en esos años soplaban vientos de guerra y EEUU, cuya industria había conseguido en 1921 un método sencillo para obtener grandes cantidades de helio, había decretado el embargo de la exportación de este gas a la Alemania nazi.

El helio, que como el hidrógeno es más ligero que el oxígeno, también hace muy útil a los dirigibles para las zonas frías. La empresa canadiense SkyHook International ha diseñado un dirigible, que construirá la aeronáutica Boeing, capaz de transportar 40 toneladas de peso a distancias de hasta 200 millas náuticas (unos 360 kilómetros) sin ser reabastecido. Alimentado por helio, este gas soporta mejor las bajas temperaturas que otros. Por contra, con la subida de temperatura tiende a expandirse. El primer aparato de Skyhook, que ya debía estar en el cielo, se ha retrasado por problemas de presupuesto.

'Hay muchos proyectos para los dirigibles, pero la crisis los está paralizando', dice el profesor González. Para él, tareas como la vigilancia costera, rescate en zonas de desastre o en el mar y transporte de grandes volúmenes, las haría mejor un dirigible que cualquier otro aparato.

Pero el uso más requerido es el de la vigilancia. Tanto EEUU como Reino Unido tienen proyectos para elevar dirigibles a alturas estratosféricas (hasta los 60.000 pies, unos 20.000 metros) para labores de inteligencia. Incluso países con menos recursos, como Tailandia, han encargado varios aparatos con el mismo fin. La ventaja que ofrecen estos aparatos para este trabajo es su capacidad de sostenerse durante tiempo casi indefinido y, a esa altura, hacer de ojo que todo lo ve.

Los países que están apostando por darle nuevos usos al dirigible son las potencias de siempre: Reino Unido, Alemania, EEUU y Francia, a las se han unido Japón y China. 'En España hay dos de aire caliente en Villanueva del Pardillo, pero poco más', se lamenta González.

Pero la historia bien pudo ser diferente. El ingeniero cántabro Leonardo Torres Quevedo patentó su primer dirigible en 1902. Tras presentarlo ante las Academias de Ciencias de Madrid y París, se puso a fabricarlo.

En 1905, el dirigible España realizó numerosos vuelos de prueba. 'Pero tuvo muchos problemas con los militares, sus únicos posibles clientes entonces', aclara González. A Torres Quevedo no le quedó otra que vender su idea fuera. La francesa Astra le compró la patente (con derecho de explotación mundial excepto en España). Para 1911, ya volaban los Astra-Torres. Varios de estos participaron en labores de vigilancia y, de forma ocasional, en bombardeos del lado del ejército francés. 'Para la historia militar no ha existido Leonardo Torres Quevedo', cuenta González. 'Y, en sus inicios, la historia aeronáutica era la militar', añade.

Años más tarde, el ingeniero, que inventó muchos más artefactos, diseñó junto a su colega Emilio Herrera un dirigible transatlántico, el Hispania. Plasmado en una patente, su objetivo era realizar la primera travesía aérea del Atlántico, pero desde España. El proyecto nunca se concretó y hubo que esperar a que los zepelines como el Hindenburg cruzaran el océano. Según sostiene González, los dirigibles de hoy llevan más tecnología de las patentes de Torres Quevedo que de los zepelines. 'Habría que conocerlos por el sobrenombre de torresquevedines y no por zepelines', bromea.

Por fuera, los Astra-Torres, donde Leonardo Torres Quevedo ponía el ingenio y la empresa francesa el apoyo financiero y empresarial, destacaban por su forma trilobulada. Ideó una arquitectura semirrígida que, a modo de huesos, daban consistencia a los dirigibles, solucionando el gran problema de entonces. El momento de gloria y mayor trabajo del ingeniero español fue durante la I Guerra Mundial. Cerca de un centenar de dirigibles con su firma surcaron los cielos europeos en la contienda.

Con motivo de la Semana de la Ciencia en los próximos días, Madrid y Guadalajara acogerán exposiciones, conferencias y charlas sobre uno de los grandes olvidados de la ciencia española. Sólo hoy se empieza a reconocer la aportación de Leonardo Torres Quevedo a la aeronáutica mundial. Se puede consultar más información en Torresquevedo.org