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1.001 maneras de matar a un nazi

Tommy Wirkola repasa las claves de su filme sobre un grupo de zombis del Tercer Reich

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Theodor W. Adorno se preguntó en su día si era posible escribir poesía después de Austwitz. El filósofo alemán vivió lo suficiente para ver cómo su reflexión hacía correr ríos de tinta sobre el arte enfrentado al mal absoluto, pero no para asistir a la deriva bizarra de la cultura popular en las últimas décadas. En 2010 ya podemos decir sin miedo a equivocarnos que no sólo es posible escribir poesía después de Austwitz, sino también rodar una comedia de terror sobre un grupo de zombis nazis fuera de control.

En efecto, los ensayos sesudos sobre la barbarie han dado paso a la gamberrada y el reciclaje. Los teóricos sobre la decadencia de la cultura europea pueden ir rasgándose las vestiduras, pero no esperen que se una a ellos el joven cineasta noruego Tommy Wirkola (Alta, 1979), autor de Zombis nazis, que se estrena el viernes en nuestras pantallas veraniegas.

Los ensayos sesudos sobre la barbarie han dado paso a la gamberrada y el reciclaje

El filme, ambientado en nuestra época, cuenta la historia de unos universitarios noruegos que pasan sus vacaciones en una cabaña en las aisladas montañas nevadas de Oksjford, una de las localidades más septentrionales del mundo. Un lugar donde, como les cuenta un extraño lugareño nada más llegar, los nazis sembraron el terror durante la II Guerra Mundial. Y, como todos sabemos, mala hierba nunca muere. En efecto, lo han adivinado, la escabechina gore nazi está servida.

'Desde pequeño he estado oyendo oscuras historias sobre los cuatro años que duró la ocupación nazi de mi país. En el norte de Noruega, donde había bases navales alemanas, operaban grupos de fuerzas especiales. Me pareció interesante incluir algo de nuestra historia local en una película sobre muertos vivientes', explica Wirkola vía telefónica desde Oslo.

Hasta aquí las connotaciones históricas de la historia. Porque las referencias políticas de la obra de Wirkola no van más allá del uso de los nazis como mecanismo para potenciar el terror. 'Buscábamos algo más terrorífico que un zombi normal, así que pensamos en un zombi nazi', cuenta un cineasta que usa a los soldados del Tercer Reich para engrasar la maquinaria sanguinolenta del gore.

Hasta el punto que, más que una película, Zombis nazis parece por momentos una manual ilustrado llamado 1001 maneras diferentes de matar a un nazi. 'Los nazis son los malos perfectos. A un zombi nazi le puedes someter a cualquier tipo de agresión o tortura, puedes ser tan malvado como quieras porque nadie va a sentir pena por ellos y el espectador se puede reír sin límite'. En resumen: nazi bueno, nazi muerto, como si en lugar de un filme estuviéramos hablando de una canción punk del Rock Radical Vasco.

Pero la cosa no queda aquí. Wirkola también usa a los nazis para dar una vuelta de tuerca inesperada a la iconografía clásica del cine de zombis: 'La idea que tenemos del ejército nazi es la de un grupo de soldados eficientes que actúan con rapidez, precisión y coordinación prusianas. Es decir, lo contrario de lo que uno se imagina de un hatajo de zombis, que jamás colaborarían entre ellos y que en las películas suelen moverse de un modo torpe y estúpido'.

El cineasta noruego pudo rodar Zombis nazis gracias a la repercusión de su ópera prima Kill-Buljo (2007). Una (gruesa y escatológica) parodia de bajo presupuesto de Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003) que realizó con ayuda de sus amigos y, contra todo pronóstico razonable, se llegó a estrenar con cierto éxito en países aparentemente civilizados como Francia, Alemania o Japón.

No es ni mucho menos la primera vez que aparece un zombi nazi en la gran pantalla

En otras palabras: a Wirkola le va el reciclaje de géneros, tomar prestadas ideas de aquí y de allá. De hecho, por absurdo que parezca, no es ni mucho menos la primera vez que aparece un zombi nazi en la gran pantalla: Filmes como Shock Waves (KenWiederhorn 1977), Zombie Lake (Jean Rollin, 1981) y, atención al dato, la españolísima La tumba de los muertos vivientes (Jess Franco, 1982) dan fe de que el subgénero de zombis nazis vivió un pequeño momento de gloria entre los freaks del cine fantástico entre finales de los años setenta y principios de los ochenta.

Pero la actual coyuntura pop es algo diferente. Los zombis se han convertido en un fenómeno de masas mundial. Han abandonado el gueto para tomar al asalto la alta cultura sin hacer supervivientes (ya no respetan ni a los clásicos de la literatura: los muertos vivientes acosan ahora en las librerías tanto a las pálidas damiselas de Jane Austen como al mismísimo Lazarillo de Tormes). Una película como Zombis nazis viene a subrayar que todos podemos reírnos ya de cualquier cosa y que vivimos dentro de una imparable maquinaria cultural de reciclar.

¿Veremos pronto una comedia sobre unos zombis nazis persiguiendo a Jorge Semprún en un campo de concentración?

Si uno mete ahora el nombre de la localidad noruega de Oksjford en el buscador de imágenes de Google, encontrará las siguientes estampas: una montaña nevada, un pescador abrazado a una foca gigante y un oficial del Tercer Reich con cara de muerto viviente. Bienvenidos a Oksjford, amigos...

A este paso: ¿veremos pronto una comedia sobre unos zombis nazis persiguiendo a Jorge Semprún en un campo de concentración? ¿Acaso no se ha hecho ya un musical de Ana Frank? El show debe continuar y toda resistencia es inútil.