El Transcantábrico, que este año cumple 25 años en ruta, no es un tren de pasajeros convencional
Hay frente a la ventana del camarote 52 un cartel que advierte de que estamos en Gijón. Junto a él, un fluorescente modesto fija la lluvia de las 8 de la tarde. Las cortinas, abiertas, como deberán permanecer durante todo el viaje, porque en tren hay que viajar sin el pudor de la ciudad, a cuarto descubierto, para mirar, y llegado el caso, ser mirado. Para entender que el ritmo constante de la máquina, y que el roce de los raíles y el crujido de los vagones corresponde a un paisaje que se va. Casas, fábricas, prados, paraguas, valles, mar, montañas, gente que pasa como en un cinematógrafo. Con la cara pegada al cristal y los pies en el cabecero, no parece que haya una situación más a salvo de las guerras sedentarias de lo cotidiano.
Partimos de Gijón. Lo que para el tren Transcantábrico es la quinta parada, el ecuador de su viaje, para nosotros es la primera de un recorrido comprimido, que nos dará un apunte de lo que es la única ruta en un tren turístico de España y una de las pocas en todo el mundo, junto al conocido Orient Express, el Transiberiano, el Rovos Rail de Suráfrica o el Royal Scotsman escocés.
El Transcantábrico, que este año cumple 25 años en ruta, no es un tren de pasajeros convencional, es un crucero de lujo sobre raíles de aires nostálgicos, que une Ferrol con León, pasando por A Coruña, Lugo, Asturias, Cantabria y Vizcaya, para introducirse después hacia las tierras de la Meseta por Burgos, Palencia y León. Desde Ferrol, un autobús lleva a Santiago de Compostela. De camino, une las comidas, la cultura y los acentos de la franja norte española y pone a dialogar la soledad que se respira en Ribadesella un día de diciembre a las 10 de la mañana con el bullicio contenido de la noche de un miércoles en Santander.
Tal vez lo único que le falta al Transcantábrico sea un asesinato literario o cinematográfico, como presumen el Orient Express y el Transiberiano. Y eso, ganas de hacer algo que tapar de por vida es lo que dan los vagones de madera, los pasillos estrechos, los salones elegantes, los pequeños recovecos que se descubren de coche en coche. Un cuarto de kilómetro de tren, 14 coches y ocho días por delante (si se hace la ruta completa) para dejarse inquietar (es una sugerencia) por El tren, de Georges Simenon, para pensar en Hercules Poirot y sus averiguaciones a bordo del Orient Expresso para preguntarse sobre misterios más profanos, como ese de por qué en tantos prados hay bañeras abandonadas y solitarias.
El traqueteo del tren despierta a las 7.30 de la mañana y mantiene en un sopor delicioso hasta que para en Arrionda, donde las canoas del descenso del Sella se amontonan al borde de las carreteras, aburridas. La nieve cubre a brochazos los prados verdes, el aire del norte desnuda las formas y el ánimo, y tras visitar Covadonga, y después de repetir fabada en Cangas de Onís, el camarote es el único paraíso posible. La habitación de este hotel sobre raíles es de una intimidad frágil.
En esos momentos Josep Pla sirve de muleta emocional. En la mesa, junto a la cama, Un viaje frustrado (este no lo será), enseña a viajar y a mirar. Así, cuando lleguemos a León, con la mirada y estómago llenos, comprenderemos mejor aquello que decía Pla a la entrada de su viaje en autobús: "No hay nada como viajar para curarse de la psicosis de la proximidad". Él lo escribió en autobús. En tren, apostamos, será aún mejor.
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