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"Turquía tiene un grave problema de memoria"

Directora. Ganó la Concha de Oro con 'La caja de Pandora'.

SARA BRITO

Fue la sorpresa del pasado Festival de San Sebastián y no precisamente positiva. Cuando el presidente del jurado, Jonathan Demme, desveló que La caja de Pandora, de la turca Yesim Ustaoglu, se llevaba la Concha de Oro, en la sala de prensa hubo abucheos porque la favorita Still Walking, de Kore-eda, se iba de vacío. Hoy, mirada con distancia, la película, que se estrena mañana, crece en honestidad a la hora de construir una metáfora sobre la desmemoria individual y colectiva, a través del reencuentro entre una anciana que sufre alzheimer y sus hijos, que han olvidado quiénes son.

Es una película de choques: entre lo urbano y lo rural, entre generaciones, y entre la memoria y el olvido, ¿qué quiso retratar?

Es un filme sobre ser humano, donde convive el contraste entre la modernidad y las tradiciones y entre generaciones. Habla también de la pérdida del sentido de la vida. La modernidad está acentuando las contradicciones humanas y nuestra dependencia. Vivimos en una prisión de lujos.

¿El personaje de la anciana con alzheimer representa lo que estamos olvidando?

Sí. Ella es como una montaña, una mujer muy fuerte y muy simple, que necesita pocas cosas. Es más valiente que el resto. Ella aparece para rascar en las llagas de sus hijos, para recordarles lo que han olvidado.

¿Por qué el alzheimer?

Ella no es capaz de recordar nada de su vida, va perdiendo el control. Pero aún así sigue ahí, mantiene su meta que es morir en el lugar al que pertenece. Es la contradicción con sus hijos, que han olvidado de dónde vienen. La pregunta central es quién sufre de alzheimer, quién olvida más. Por otro lado, perdí a un amigo así. Era un hombre inteligente, que murió sin saber quién era.

Cuente cómo dio con la francesa Tsilla Chelton, premiada en Donosti.

Quería encontrar a esa mujer montaña: fuerte y vieja. Busqué durante un año en Turquía y no la encontré, hasta que un productor me sugirió a Tsilla. Fue arriesgado. Vino a una cultura diferente, a rodar en una ciudad difícil como Estambul. A los 90 años tuvo que aprender una lengua nueva. Es una trabajadora increíble, de inmenso talento y generosidad.

Su filmografía parece girar en torno a la memoria y los riesgos de perderla, ¿es su mayor preocupación?

Turquía tiene un grave problema de memoria. Porque no es capaz de enfrentarse a su pasado. Hace falta coraje. Los problemas de identidad y de derechos humanos parten de esa incapacidad de mirar al pasado. Entonces, entra en juego la paranoia y el miedo.

De hecho, su filme, Journey to the sun (1999), que abordaba el tema kurdo, tuvo problemas para exhibirse en Turquía.

En aquel tiempo, pasó lo que te comentaba: el miedo produjo la censura, el temor a identificar un problema turco, como el kurdo. Pero no fue gubernamental, sino autocensura de la prensa y los exhibidores. Mis productores y yo distribuimos las copias una a una, cine por cine, y funcionó. Tras diez años, Journey to the sun se toma como el kilómetro cero del nuevo cine turco.

Esa autocensura, ¿pasaría hoy?

Hemos dado pasos adelante. Se ha abierto la caja de los problemas, la caja de Pandora, y se empieza a hablar. Por supuesto, ese debate crea reacciones, que son muchas veces nacionalistas, pero es un momento del que es imposible dar marcha atrás. Hace 10 años no se podía pronunciar la palabra kurdo.

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