Tom Wolfe: "La novela seria está muerta"
El autor de 'La hoguera de las vanidades' sigue despellejando vivo a quien se atreva a plantarle cara. Desde Miami habla de qué está escribiendo, qué está pensando y cómo llegó a ser Tom Wolfe
Wolfe reconoce que, "a veces, en un restaurante se acercan personas y me preguntan si hay mesas disponibles". GUSTAVO GARELLO
¡Mailer está muerto! ¡John Updike no ha escrito nada que valga la pena leer desde la presidencia de Ronald Regan! ¿Roth? Bueno, sí, es prolífico como siempre. ¿Pero no se han cansado ya de Zuckerman, su alter ego pusilánime y abrumado por su vida cómoda que llega a su fin? ¿Salinger? Esta más escondido que Bin Laden. ¿Pynchon? Ok, sí. Sigue jugando en la Primera División pero sería más fácil conseguir una entrevista con Elvis que con el autor paranoico del Arcoiris de la Gravedad. De los grandes escritores estadounidenses vivos que trazan su linaje desde Melville y Twain, desde London y Dos Pasos, desde Hemingway y Faulkner, y hasta Truman Capote y Hunter S. Thompson, ¿quién se mantiene aún de pie en el ring, luchando ambiciosamente por la caza del Gran Premio –más elusivo que la Ballena Blanca que arrastró al abismo a Ahab y su tripulación–: la Gran Novela Americana? ¿Quién cree usted? Hay sólo una respuesta: Tom Wolfe.
¡Sí, Tom Wolfe! El inventor del Nuevo Periodismo. El último dandy americano. El reportero impecable, incansable e innovador que pudo retratar tribus de los sesenta tan heterogéneas como los monjes lisérgicos del Bus Mágico de Ken Kessy (The Electric Cool Aid Acid Test, 1968) y los aviadores cojonudos de la NASA (The Right Stuff, 1979).
Tom Wolfe, el autor de tres novelas dickensianas de más de 600 páginas cada una, que retratan a los Estados Unidos en todo su fulgor, ambición, belleza y perversión en los ochenta, los noventa y hoy, respectivamente –(La hoguera de las vanidades, 1987; Todo un hombre, 1998; Soy Charlotte Simmons, 2004)– acaba de cumplir 78 años y sigue con más energía, ganas y lucidez que cualquiera de los ya-no-tan-jóvenes escritores que se jactan de ser el próximo Gran Novelista Americano, como Jonathan Franzen, Foster Wallace o Jeffrey Eugenides.
Cordial y sonriente (si te fijas bien verás que sus dientes están llenos de oro), Wolfe me recibe en su hotel preferido de un barrio recoleto y exclusivo de Miami llamado Coconut Grove (está preparando una nueva novela situada en Miami), y no defraudó. Revivió el debate con su Némesis, el difunto pugilista literario de
Brooklyn, Norman Mailer: “Mailer no sabía escribir diálogos porque no escuchaba. Sólo sabía escribir sobre Norman Mailer”. Me contó el secreto que hay detrás de su traje blanco: “Durante cinco años me sirvió como sustituto de una personalidad”. Confesó algunas intimidades existenciales: “La gran decepción en mi vida fue no ser jugador de béisbol profesional. Si me hubieran ofrecido un contrato, aunque fuera para la cuarta división, felizmente no hubiera escrito una sola palabra”. Y me entretuvo con descripciones de tramas inéditas de su próxima novela, Back to Blood (De regreso a la sangre) que promete que se publicará el año que viene y que tiene como historia central la temática social de los Estados Unidos en este nuevo siglo: sus inmigrantes. Fueron solamente dos horas que en el comedor del Hotel Mayfair, inundado de música funcional a todo volumen (Shakira, Sting, Peter Gabriel, etcétera. ¡Todos tus hits favoritos, nostálgicos y bailables, de los ochenta, los noventa y hoy!), pero dieron mucho para contar.
Entonces, no perdamos más tiempo con preliminares en clave de Wolfe. ¡Empecemos de una vez!
La entrevista comienza así, en el salón de desayuno del hotel: “¿Quieres tomar café?”. Como no hay nadie atendiendo a este tesoro nacional viviente en este hotel de cinco estrellas, Wolfe se va solo a la cocina, sonriendo. "Hello! Hello? Could we have some coffee, please? Hellooooo?". Vuelve, momentos después, cargando un gigantesco termo de aluminio. Nos sirve dos tazones (al cronista y al fotógrafo) y a sí mismo. Sonríe sinceramente, se reclina, y comenzamos.
Estamos en Miami, es bueno recordarlo pues aquí, Wolfe vivió una experiencia inolvidable para un estadounidense: en su propio país se sintió un sapo de otro pozo. Veamos.
¿Está en Miami investigando su próxima novela?
Sí, y ya tengo título, algo que no me pasa siempre. Pero cuando lo tengo me siento mejor. Tuve el de The Right Stuff (Lo que hay que tener) desde el comienzo, y también el de La hoguera de las vanidades. En ese caso, estaba en un tour de American Express por Florencia. Paramos en la Piazza de la Signoria, donde Savonarola tuvo su famosa hoguera de las vanidades y, allí mismo, me dije “¡Qué frase! Ese es el título de un libro”. No sabía de qué se trataría, pero tenía el título.
¿Y la próxima novela?
Esta nueva novela se llama Back to Blood; sangre en el sentido de linaje. Aquí en Miami, por ejemplo, hay una confluencia de distintas nacionalidades y de grupos étnicos. No son solamente los cubanos. Hay haitianos, nicaragüenses; ahora están entrando los rusos. Lo que me fascina es que Miami es el único lugar donde más de 50% de la población –hasta lo que yo he podido averiguar– son inmigrantes recientes. Estados Unidos está lleno de inmigrantes, pero en este caso me refiero a inmigrantes que han llegado desde 1960. Y lo increíble es que controlan el Gobierno local. Ha sido muy interesante estar con las autoridades cubanas porque me han tratado muy, pero muy bien. ¡Pero de golpe te das cuenta! Están haciendo el esfuerzo de ser gentil contigo porque tú perteneces a una minoría. Nunca había tenido esa sensación.
Ayer, en un taxi, en plena autopista, vi un tipo bajarse de un Mercedes y ponerse a gritar: “¡Vuélvanse todos a su país, cabrones de mierda!” ¿Es algo que está por explotar?
No sé si tanto. Pero uno escucha muchos casos como ese relacionados con la inmigración. Por ejemplo, te cuento una, que forma parte de la novela. Una mujer con su marido llega tarde a un restaurante y justo ve que se está desocupando un lugar para aparcar. Pero cuando se queda libre entra un Porsche convertible, así ¡zweeeeeng-grang!, y toma el lugar. Resulta que es una mujer latina. Se arma un gran despelote entre los dos, una gritando en inglés y otra en español, diciéndose barbaridades. La americana se enfurece y empieza a gritar: “Hable en inglés, carajo. ¡Está en los Estados Unidos! Y la otra responde, en un inglés acentuado: “Sí. Pero tú estás en MI-AM-I”. Con esto quiero decir que, a pesar de todo lo que puedan decir sobre los Estados Unidos, éste sigue siendo el único lugar en el mundo al que pueden llegar personas de otro país, que hablan otro idioma, que tienen otra cultura, y que hasta parecen drásticamente diferentes y aun así, pueden lograr tomar el control de una metrópolis en poco más de una generación. Es lo que han hecho los cubanos en Miami.
Aunque Wolfe consiguió un doctorado en Estudios americanos en la prestigiosísima Universidad de Yale, descubrió luego que su pasión era el periodismo. Ese periodismo romántico que ya no existe, de máquinas de escribir y redacciones llenas de humo y whisky. Decidido a ser un reportero en la Gran Ciudad pasó primero por un diario pequeño, el Springfield Union. Después, entre 1959 y 1962, trabajó en The Washington Post como cronista de la ciudad (y también, durante seis meses, reporteó desde Cuba tras la toma del poder por Fidel Castro). Allí comenzó a cultivar su estilo de prosa idiosincrática llena de onomatopeyas, perspectivas inusuales y metáforas rimbombantes. Ese estilo, por accidente, terminó siendo una de las características del Nuevo Periodismo, un género de reportaje literario que, según la leyenda, inventó Wolfe casi sin querer. En 1963 estaba trabado en una historia para la revista Esquire sobre gente que modificaba sus coches convirtiéndolos en Hot Rods. Trabado y desesperado por el cierre, mandó 49 páginas de sus apuntes –escritas de una manera casi automática– a su editor para que él escribiera la crónica. Pero el editor publicó los apuntes tal cual. Allí nació la leyenda.
Desde 1987, cuando publicó La hoguera de las vanidades, Wolfe se ha dedicado mayormente a la ficción. Sus tiempos de gestación son larguísimos, en parte porque documenta sus novelas minuciosamente y con el rigor de un periodista de investigación. La novela Todo un hombre le llevó 11 años. Su intención declarada públicamente –en un artículo titulado Cazando la Bestia de un Mil Millón de Pies, publicado en 1989 en la revista Harpers– era devolver la novela estadounidense a la tradición del realismo: “En este momento débil, pálido y desgastado de la historia de la literatura americana necesitamos que un batallón de Zolas se lancen a este país salvaje, barroco y desopilante y que lo reclamen como propiedad literaria.”
Aunque sus tres novelas han sido best-sellers y lo han convertido en millonario, las críticas fueron matizadas, y colegas como Updike y Mailer y John Irving lo insultaron públicamente: era un periodista que no tiene por qué o con qué meterse en la Literatura. Wolfe, fanático de una buena disputa, respondió con un ensayo llamado Mis tres chiflados despachando a sus tres atacantes.
Escribió ‘Cazando la Bestia de un Mil Millón de Pies’ hace más de 20 años ya. ¿Alguien le tomó la palabra? ¿Algún escritor siguió ese manifiesto?
No. Yo creo que nadie me hizo caso. Bueno, hubo uno. Uno que es terriblemente bueno que se llama Richard Price. No sé si necesariamente estaba respondiendo a lo que yo escribí en ese ensayo pero de alguna manera, cogió la idea de salir a la calle y conseguir material trabajando. Su primera novela estaba basada en su adolescencia en el barrio del Bronx y su experiencia en ser parte de una pandilla. Es una novela muy graciosa y en momentos conmovedora. Después escribió dos novelas más basadas en su experiencia personal. En ese ensayo que mencionas, escribí que Emerson dijo que cada persona tiene una gran autobiografía dentro de ella, si simplemente sabe entender lo que es único de su propia experiencia.
¿Su método de escribir cambia cuando es para una novela?
No. Es el mismo. Yo pensé que iba a ser mucho más fácil escribir ficción porque, buen, lo inventas. Pero para mí no lo fue. Terminé trabajando tanto para La hoguera de las vanidades como lo hice para Lo que hay que tener.
Si mira su carrera objetivamente, ¿qué le parece más importante: su trabajo en el Nuevo Periodismo o sus novelas?
No me gusta hacer eso porque me hace sentir más cercano a la muerte. Yo no miro para atrás. No pienso en mi carrera. No me gusta hacer eso.
Entonces, podría preguntar: ¿nunca dudó al investigar para una de las novelas de que, en realidad, el material sería mejor usado en una obra de no ficción?
Sospecho que mi obra de no-ficción al final es más importante, desde el punto de vista literario, que mis novelas. Lo que pasó originariamente es que yo iba a hacer un trabajo de no-ficción sobre Nueva York. Algo siguiendo la línea de Vanity Fair del novelista inglés del siglo XIX, Thackeray. Yo había escuchado que el compositor Leonard Bernstein iba a dar una fiesta en su departamento de Park Avenue para los Black Panthers. “¡Dios mío!” pensé, “¡Los Black Panthers en Park Avenue!”. Quería una invitación. Mi mujer trabajaba en la revista Harpers y una tarde en que pasé a buscarla, entré en la oficina de David Halberstam –que no había nadie– ¡y allí estaba la invitación para la fiesta en Park Avenue en el dúplex de Bernstein con los Black Panthers! Entonces llamé y di mi nombre diciendo que aceptaba.
Eso fue la acción de un reportero intrépido. No me imagino un escritor debilucho de ficciones haciendo algo semejante.
Es que es considerado indigno hacer algo así. Mira, un reportero es alguien con una taza de mendigo que está esperando una contribución a la cual no tiene derecho. Pero simplemente tienes que quitarte la vergüenza y el pudor de encima y meterte en las vidas de los otros. Y estar a la merced de sus agendas y sus horarios. Y es ponerse en una posición social terriblemente inferior.
¿Pero en qué momento se dio cuenta de que lo que iba a escribir era una novela y no un reportaje?
Primero fui a esta fiesta y era tan increíble que tenía terror que otra persona lo fuera a escribir. Había un periodista más, un tipo de The New York Times, que había sido invitado oficialmente y que tenía simpatía por lo que estaban haciendo.
Entonces le tuve que ganar. Me dije: tengo que escribir esto ya, no puedo guardarlo para la novela.
Y le terminó complicando la vida. ¿Pero ya entonces le gustaba provocar?
Me gustó decir “Miren. ¡Todos ustedes son idiotas!”. Simplemente fue un evento muy gracioso, en mi opinión. Pero, al escribirlo perdí lo que iba a ser un gran capítulo en mi novela de no-ficción. Y en ese momento me di cuenta de algo. Tienes que entender que en ese momento tenía 50 años. ¿O era más tarde? No recuerdo cuándo era exactamente. De todas formas, yo sabía que había mucha gente que me estaba observando atentamente, estaba provocando un gran alboroto con una nueva forma de arte, una nueva forma de narrar –el Nuevo Periodismo–, pero sabía que había personas que pensaban: “Dios mío. Qué manera tan complicada de no escribir la Grande
(The Big One).” Es decir, de escribir una novela.
¿Se sentía culpable por no haber escrito una novela?
Sí. Porque para todas las personas en este país que empezaban en la universidad con la intención de ser un escritor serio, la novela es la única meta. Era la cosa más seria, el logro más codiciado. Pero, para mí, en un momento determinado el periodismo se convirtió en algo muy interesante y me dediqué a eso. Pero siempre estaban las personas que decían: “¡Cuántas vueltas más tienes que dar para escribir una novela!”. Entonces me dije: “Tú puedes hacer eso”. Y me costó una barbaridad al comienzo.
¿Sufría escribiéndolo?
Simplemente me quedaba sentado frente a mi escritorio en un estado catatónico. Sabía que se iba a tratar de Nueva York, sabía que iba a tratar de clases altas y bajas. Pero no arrancaba. Hasta que, durante unas vacaciones, conocí al juez Burt Roberts. Era un gran raconteur que terminó siendo el juez principal en el Bronx. Entonces comencé a ir a los juzgados. Tomaba notas. Y allí estaba todo. Era un lugar donde, por definición, se juntaban las clases altas y las clases bajas. Allí, trabajando como reportero, me espabilé.
¿Usa el traje blanco siempre, aun cuando está investigando?
No, no. Nunca intento pasar desapercibido porque no me sale. Si estoy trabajando suelo usar un blazer azul. Pero sí uso corbata. Y eso, en este país, hace que llames la atención.
Sabes, muchas veces cuando voy a un restaurante se me acercan personas y me preguntan si hay mesas disponibles.
Como la capa de Superman, las orejas de Mickey Mouse o ese vestido alzado por los vientos del metro de Marilyn Monroe, el traje de Wolfe ya es parte de la iconografía de la cultura popular de los Estados Unidos. Verlo bajar las escaleras del hotel a la hora de la entrevista fue algo extraño y asombroso, fue como ver a Batman o Darth Vader. Es muy posible que haya viajado a Miami tanto para ver ese traje como para entrevistar al escritor. Buscando por Internet, encontré al sastre italiano de Nueva York, Vincent Nicolosi, que le hace la ropa a medida a Wolfe desde más de 30 años. Pero no fue una conversación muy fluida.
Le pregunté a Nicolosi: ¿Cómo describiría usted el corte de los trajes del señor Wolfe? “¿Corte? ¿Qué corte? [la voz del sastre grita en un inglés con un fuerte acento italiano]. Tú vienes a mi tienda, te hago un traje. Mr. Wolfe viene a mi tienda, yo le hago un traje. Cada hombre tiene un traje. Corte, no. ¿Qué corte?”. No conseguimos ningún secreto. ¿Cuánto cuestan sus trajes? No, no. Eso no lo digo por teléfono. Ven a mi tienda y te digo. ¿Lee los libros de Wolfe? ¿Leer? ¿Qué corno? Sí, sí. Tengo sus libros. El me regala los libros. Eh. ¿De dónde eres? ¿Vas a venir a mi tienda…?
Mejor ir directo a la fuente.
Señor Wolfe, llamamos a su sastre antes de venir, para entrevistarlo.
No me digas. ¿Pudiste entender una palabra de lo que hablaba?
Fue bastante complicado. Pero quería preguntarle, aunque parezca frívolo: ¿piensa que hubiera sido el mismo escritor sin el traje blanco?
Lo que pasó es que yo siempre quise ser reportero en Nueva York. Ese era el lugar. Trabajaba para The Washington Post cuando me llamaron, en 1962, para un trabajo en Nueva York. En esos días los reporteros tenían que usar chaqueta y corbata. Y yo tenía, exactamente, dos muy viejas. Así que me fui a una tienda y compré un traje blanco. En Virginia, de donde soy, no es nada fuera de lo común vestir un traje blanco en el verano. Pero este traje, por más que fuera blanco, estaba hecho de un tejido parecido a la lana. Así que lo empecé a usar en noviembre, con el frío, porque tampoco tenía mucha ropa. Y desde el primer día me di cuenta que le molestaba a la gente sobremanera. Era de un corte convencional, pero el maldito era blanco. Bueno, esto habla más de mí que de ellos, pero por primera vez en mi vida me empezó a producir un gran placer vestirme por la mañana. No tengo el número directo para las consultas nocturnas del doctor Freud, sino le preguntaría de qué se trata. Pero poco después publiqué mi primer libro, The Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby, una antología de artículos de revista. Y por primera vez, alguien me entrevistaba. Me sentía muy incómodo y estaba seguro de que iba a ser malísima. Pero leí la nota al día siguiente y decía: “Qué hombre tan interesante. ¡Y se viste con trajes blancos!”.
Durante cinco años, el traje sirvió como sustituto para una personalidad. Me ha servido bien.
¿Cómo ve a los escritores jóvenes de hoy en los EEUU?
Mire. Estaba hablando con un chico de Harvard, editor de la revista The Lampoon. Se supone que esa posición la ocupa una persona con mucho potencial. Y yo le pregunté qué quería hacer. Y me dijo: “Me encantaría escribir para Los Simpson.” ¡Los Simpson! Yo le insistí: “Tu sabes que no hay más de 20 personas en este país que puedan recordar a un escritor de televisión”. Pero eso no le preocupaba. Claramente, su idea de lo que es una carrera literaria era muy distinta a la mía.
Su archienemigo Norman Mailer dijo, antes de morir, que consideraba que la serie Los Soprano estaba logrando, en términos narrativos, cosas ninguna novela estaba logrando. ¿Compra ese argumento?
Lo compro en el sentido de que son las personas que trabajan en el cine las que están saliendo a descubrir cosas. Mailer nunca habría escrito Los Soprano porque nunca se hubiera acercado a personas como esas. Te tienes que ensuciar las manos. Y tienes que ponerte en una posición inferior a ellos para hacerles preguntas. ¿Leyó su última novela, El castillo en el bosque? Yo la empecé. Pero no, no pude. El sólo tiene un libro. Si vuelves a leer Los desnudos y los muertos te darás cuenta que no es una buena novela. Los diálogos no son buenos. Mailer nunca pudo escribir diálogos. Y es porque no escuchaba a la gente. Su único personaje siempre fue él mismo.
¿Es optimista sobre el futuro de la literatura en los Estados Unidos y en el mundo?
No. Sólo la no-ficción. La novela, realmente, murió. La novela seria.
¿Entonces, qué le diría a una persona joven que quiere desesperadamente ser escritor?
Le diría: ¿Quieres escribir ficción o no-ficción? E inevitablemente la respuesta es ficción. Entonces le diría: olvídate de la ficción en tus primeros años. Si quieres publicar cosas, es fácil si tienes algo para contar. No tiene que ser algo tuyo personal. Podría ser algo en tu barrio, en tu ciudad, algo sobre lo que nadie haya escrito y a lo que tienes acceso exclusivo. Y cuando hayas terminado, pídeles sugerencias. Si les pides consejos, estarán de tu parte porque los estás teniendo en cuenta. Te juro que es realmente fácil. Puedes aparecer de la nada.
El artista periodista y el hombre que amaba (también) el béisbol
Nacido en Richmond, Virginia, en 1930, desde sus primeros años escolares Tom Wolfe mostró un fuerte interés por escribir. En su adolescencia fue editor del diario del colegio y escribió una biografía original de Napoleón. Como alumno de Washington Lee University compartía su pasión por escribir con su amor por el béisbol. Jugaba de lanzador y hasta tuvo una prueba con un equipo profesional, pero fue rechazado.
Tras su doctorado en Yale en Estudios Americanos, decidió meterse en el mundo del periodismo y escaló rápidamente del Springfield Union al Washington Post y The New York Herald Tribune. Pero fue escribiendo artículos de freelance para la revista Esquire donde encontró su estilo y su voz, que lo convertirían en la figura principal del llamado Nuevo Periodismo; básicamente un intento de infundir los reportajes periodísticos con novedosos estilos literarios. En la primera etapa de su carrera Wolfe se convirtió en uno de los más admirados cronistas de la década de los 60. También cobró fama por artículos ácidos y satíricos.
12 Comentarios
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qué bueno que la entrevista la hizo un periodista argentino
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Te equivocas clareta, no es un cretino prepotente, es un gran escritor e intelectual que se puede permitir el lujo de parecer cretino y prepotente ... y aunque te pueda parecer lo mismo, te aseguro que no lo es.
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Magnífica entrevista, creo quela sección de cultura de est periódico supera al resto. Gracias
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Verdaderamente es un cretino integral. O a mí me lo parece. Es en lo que suelen acabar los periodistas con ínfulas: no tener ni una idea, y expresarlo... he ahí el periodismo q este pobre diablo confunde con la Alta Literatura... Sus trajes son casi tan marcianos como sus ideas sobre la sociedad norteamericana. La entrevista, en cambio, está bien: retrata ese ego vestido con traje blanco
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Me parece que Wolfe es un gran artista y su impronta es muy potente. Un idiota no puede reflejar una impronta luminosa. Y la mejor excusa de quienes lo odian y no podrian ser mejores que él es decir que es un "cretino", lo que supone que es un estafador o alguien que aparenta ser algo que no es. Los que le dicen cretino lo leyeron? Bastante tiempo se han tomado para leer alguna de sus largas novelas y sacar esa conclusión, o quizás la han sacado gratis.
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Si dos escritores se odian a muerte, ¿es obligatorio para el lector tomar partido indiscriminadamente por las novelas de uno o de otro? De ser así, tendré que pensar qué libros quemo esta noche...
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Lo malo de La hoguera de las vanidades, Todo un hombre y Soy Charlotte Simmons es que son exactamente iguales. Y me gustan, pero vamos, pasa lo mismo en diferentes escenarios.
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jajajajaja. Y todos los que dejáis comentarios imbéciles NO tenéis ego. Qué va. Jajajajajaja.
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Wolfe escribió lo que hay que tener, un grandísimo trabajo. Y es verdad, en mi opinión, que Mailer combinaba grandes libros, como La canción del verdugo con otros muy flojos. Los desnudos y los muertos está sobrevalorado. En cualquier caso, tiene pinta de que WOlfe y Mailer no se tenían mucho aprecio. Egos
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Un tipo que viste así tiene que tener más ego que una Prima Donna
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dime de que presumes y te diré de que careces, me parece este tipo un reprimido que espera con sus poses y diálogos esconder lo que verdaderamente es en realidad, UN CRETINO
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Qué idiotez. Este tipo vanidoso no se leyó "El fantasma de Harlot", habla desde el rencor y la estupidez sobre Norman Mailer.



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